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841 m
637 m
0
28
56
112,42 km

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cerca de Zamora, Castilla y León (España)

Resulta que el otro día quise ir al Lago de Sanabria en bici, pero después de pegarme el madrugón y preparar todo, la rueda recién tubelizada se había quedado en el suelo y tuve que abortar la misión. Al día siguiente, simplemente con rodar quince minutos, el líquido se repartió por el interior de la rueda y asunto arreglado. Total, que esa espinita la tenía que compensar de alguna manera, y este es el resultado. Es una ruta bonita, que recorre paisajes (salvo en la primera parte) no tan llanos como de costumbre. He disfrutado y he sufrido mucho, y eso no precisamente por la distancia, sino por el castigo del viento al regresar. Al comienzo salí por la cuesta del Bolón, con incidente incluido con un energúmeno al que supuestamente había estorbado en la minirrotonda de la plaza de toros por no abrirme y dejarle paso (lo hice nada más salir de ella). Se puso a insultarme y a frenar completamente el coche en mitad de la cuesta para que me estampara con él. Luego en la rotonda grande junto a la Vaguada, me adelantó a toda pastilla y fin de la historia. Un cretino. El primer tramo hasta pasado Montamarta lo conozco bien y llegué a la Encomienda a una media de 31 km/h -un lujo para mí en solitario- lo que dejaba claro que, aunque soplaba de lado tal y como indicaban los aerogeneradores, el viento me ayudaba ligeramente. Hasta ahí, la carretera no estaba mal. A partir de entonces he pasado por tramos de vergüenza, de abandono total, de dejadez y de olvido de montones de años de nuestros políticos de medio pelo, pendientes siempre de lo suyo y de nada de lo de los demás. A ver, que me pierdo. Que digo que iba bien, muy bien; llevaba ya 28 km y no aparecía la fatiga por ningún sitio. Giré a la izquierda por la carretera (creo que esta todavía era de las buenas, no lo recuerdo) hacia Perilla de Castro. Entonces sí que el viento me llevaba. Desde allí hasta San Martín de Tábara son 13 kilómetros de subida, pasando por Navianos de Alba. Ni me enteré, así de dopado iba (pero si he hecho un KOM. Yo, un KOM yo, el de las patículas. En cuanto me lo vean los pro, me lo arrebatan -eso sí, que me quiten lo 'bailao'). Por esos pueblos ya asoman los montes de las estribaciones de la Sierra de la Culebra, así que la parte más sinuosa y con más desnivel venía ahora: 23 km. Cayeron cuatro gotas que no me estorbaban, pero mis cambios de dirección, obligados por las eses de la carretera, me hicieron catar los primeros estragos que el viento de cara iba a causarme después. Llevaba entonces unos cuantos kilómetros por carreteras indecentes, con la bici traqueteando por los baches y con mi cuello sufriendo las consecuencias, así que hice mi primera parada en el km 62, tras pasar Vide de Alba, para tomar un gel y beber un poco de agua. Estaba feliz de haber llegado así de bien hasta ese punto. Unos pocos kilómetros después llegué a Fonfría, lo que significaba dos cosas, una buena y una mala. La buena, que la carretera era -por fin- lisa. La mala ya la sabéis: el viento... Antes de enfrentarme a él decidí meterme otro chute, esta vez en forma de media barrita energética. Me temo que no sirvió de mucho. Los siguientes 27 km fueron durísimos, porque muscularmente no valgo para nada, y subir y llanear con ese vendaval me dejó fundido. Solo los peligrosísimos camiones que me adelantaban me daban algo de moral, porque con el aire que desplazan (y lo cerca que pasaban) la velocidad aumenta en 4 o 5 km/h. La maravillosa media que tenía entonces iba cayendo tan rápido como mis fuerzas menguantes. Paré tres veces en 8 km a beber agua para recuperar, hasta que decidí que las paradas eran mucho peores que pedalear despacio. Por fin en el kilómetro 82 llegó el desvío a Ricobayo. Fin del tráfico intenso y premio en forma de bajada. Me deje caer pedaleando lo justo hasta pasar las compuertas de la presa: cayó la otra media barrita. Cabeza bien, piernas mal. Tocaba subir a Muelas. A la altura del Tomasita me encontré con una cara familiar (y tanto): mi primo Jose Mª. Había que parar otra vez. Aproveché para rellenar un bote de agua, beber un Aquarius y charlar diez minutos. Los disfruté. Sabía que me quedaba todavía mucha tela que cortar: 25 km. Retomé la cosa subiendo a Muelas a paso de tortuga. El desvío a Almaraz solo traía malas noticias: carretera horrible y el mismo viento. Pero acabé llegando. Subí el repecho de 500 metros que llevaba por fin a la gloria: la bajada sinuosa, suave y pronunciada hasta cerca del Duero. Luego asfalto infernal y algunos repechos que se me hicieron montañas antes de llegar a la penúltima subida: la cuesta de la Barrosa. Ufff, me dolían las piernas pese a haberme metido otro gel unos minutos antes, así que no me quedó más remedio que parar un par de veces a recuperar fuerzas. A continuación otra pequeña subida y casi estaba. La llanura hasta la ciudad también me costó con el viento (claro, echaba de menos a Sergio para que me lo quitara como hace siempre) pero finalmente llegué. Muy contento y muy muy cansado entré en Zamora tras 42 km de lucha. Solo restaba darse una vueltecilla muy suave para oxigenar el cuerpo. Feliz y, aunque parezca increíble, ya con ganas de más.

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