Dificultad técnica   Moderado

Tiempo  10 horas 8 minutos

Coordenadas 2146

Fecha de subida 11 de enero de 2017

Fecha de realización agosto 2015

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1.009 m
14 m
0
28
55
110,68 km

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cerca de Valencia, Valencia (España)

Bienvenidos a esta aventura que enfrontará a un padre y a un hijo ante 890 kilómetros de caminos vecinales buenos, malos y espantosos, 9.000 metros de desnivel, carreteras que se acaban sin previo aviso, problemas mecánicos, pensiones de mala muerte, bares que cobran en efectivo, en tarjeta o con recochineo, sin olvidar de los problemas de convivencia surgidos por estar con una misma persona durante siete días sin descanso en situaciónes de estrés.

Teniendo la experiencia del pasado año recorriendo el sur de la provincia de Cuenca, sabíamos que podríamos afrontar un viaje más largo. Seis días, acabando en Tortosa, que cambiamos la noche antes de salir. Ahora el plan era acabar en Castellón añadiendo una etapa más.

Una ruta planificada durante días. Horas y horas delante del Mapa Topográfico Nacional y el Street View de Google (¿Cómo se planificaba un viaje en bici de carretera antes de esta herramienta?) en los que debía encontrar etapas que cumplieran las siguientes condiciones:

  • Cada día se pedaleará un mínimo de 110 o 120 kilómetros, que podrá alargarse si la jornada no tiene demasiado desnivel acumulado.
  • Las carreteras deben estar mínimamente asfaltadas, pero se evitará cualquier carretera nacional o autonómica de primer orden. Sólo iremos por lo general por carreteras comarcales o caminos vecinales. Se puede comprobar en el mapa de IMD de carreteras en caso de dudas.
  • No importa la distancia en línea recta de cada etapa, sino la distancia que hay que recorrer. Al igual que no importa la velocidad, sino el número de pueblos que visitemos o las cervezas que bebamos. Carreteras plagadas de curvas bordeando barrancos: bien. Carreteras rectas en mitad de una planicie: mal.
  • Los puntos de salida y llegada han de ser lo suficientemente poblados como para poder pasar la noche en un albergue o pensión.
  • Sabiendo el perfil de la ruta y la distancia, hay que preveer lugares donde podamos comer en condiciones cuando se haga la hora. No comer antes de un puerto, controlar que no se haga de noche…

Como siempre que me toca organizar los viajes, reservamos los albergues e hicimos el equipaje la noche de antes, a pocas horas de salir. Y para dormir aún menos, decido a última hora afeitarme la cabeza, puesto que no hay momento mejor para probarlo que antes de estar una semana alejado del mundo.

Salimos a primera hora de casa y las responsabilidades del viaje se reparten en los primeros cien metros: yo me encargo de llevar los trastos y guiar con el GPS, mientras que mi padre se encarga de llevar el dinero. Es el reparto perfecto para que uno no pueda sobrevivir sin el otro. Bueno, dicen que con dinero se va a cualquier parte, pero conociendo el sentido de la orientación de mi padre estoy seguro de que yo tenía ventaja.

La ruta del primer día estaba clara: Salir de Valencia por Burjassot y Bétera, llegar a Alcublas y continuar por Sacañet, Bejís, Torás, Viver y llegar a Barracas.

Con no llega a veinte kilómetros recorridos ya empecé a notar que el viaje no iba a ser muy cómodo que digamos. A la mínima los talones me rozaban en las alforjas, y el enganche que tienen éstas tampoco es que sea muy fiable. No es la primera vez que deciden salir volando al tomar un bache, pero por diez euros que me costaron hará ya cinco años tampoco se le puede pedir mucho más. Aunque lo que más me preocupaba era el estado físico del «compa». Hoy subiremos unos 1.800 metros y tenemos por delante el puerto de Alcublas y el de Barracas. Igual es demasiado para ser el primer día, pero para colmo el segundo día tocará subir a Javalambre… Y como lo mejor en estos casos es no pensar demasiado y ver las cosas más adelante en perspectiva, íbamos a despejarnos parando a almorzar en Marines nuevo.

Para ser agosto estábamos teniendo buena suerte con el clima: una mañana con el cielo gris, sin sol y la temperatura contenida. Nos vino muy bien para subir a Alcublas. Tener colgadas las maletas encima de la rueda trasera es un incordio para bajar, pero para subir es todavía peor. Te recuerda a la gente que quiere adelagazar un poco y no está en forma, que siempre dicen: «Imagínate que te ponen unas alforjas con los quince kilos que me sobran. ¿Cómo irías?» Pues ya sé la respuesta. En cuanto llegan las subidas me hace falta subir más coronas de lo que acostumbro. Al principio la subida es moderada, pero nada más pasar «la rotonda de la muerte» me cambió el gesto. Eso que hago de dejar siempre la corona 24 y 28 «para casos de emergencia» se fue al garete bien pronto. En cambio mi padre subía a su ritmo —un ritmo lento, por supuesto— pero subía sin problemas. A saber la cara que estaba poniendo yo en aquel momento para que él decidiera volver a hacer una parada. Otra vez. Antes incluso de llegar a Alcublas.

Eran las doce e hicimos una visita a El Collado de la Seca para tomar un aperitivo que se alargó hasta la hora de comer. Lo ideal para acabar de desajustar el horario. Y con toda la solana del mediodía, otra vez en marcha para subir hasta Sacañet.

Normalmente antes de comenzar un viaje siempre hago una lista con las cosas que he de llevarme y las tacho cuando compruebo a última hora que las llevo encima. Desde objetos tan evidentes como el móvil, el GPS o la cartera, hasta otros no tan evidentes que suelo olvidar, como líquido de lentillas o un paquete de pañuelos. Esto último pude parecer prescindible, pero el día que «te da» cuando no te lo esperas y sólo hay cerca maleza y cantos de aristas vivas, bien que te acuerdas. Pues me olvidé de los tapones para los oídos. Puede parecer supérfluo, pero dormir una sola noche en la misma habitación junto a alguien que ronca hasta el punto de necesitar un respirador para paliar la apnea te convence de que es un objeto imprescindible. Al retraso, une el hecho de buscar una farmacia.

Eran las cuatro menos cuarto de la tarde y realmente no habíamos comido. Demasiado pronto para siquiera merendar y absurdamente tarde para comer, pero desviamos la ruta para llegar a Viver, donde en Casa Eustasio se medio apiadaron de nosotros y aún nos sacaron el menú. Cuando comes con hambre todo te está bien, pero es que encima pudimos elegir entre platos muy buenos sin caer en la moda de la cocina de autor de ración pequeña, plato grande y precio gigante. Mientras comíamos, en carteles pegados de la pared había un calendario de las fiestas de la comarca y estábamos de suerte. Esa noche en Barracas habría algo de vidilla.

Tras reposar un poco la comida, con un ojo desconfiado mirando al cielo y los chubasqueros puestos por lo que pudiese pasar emprendimos la subida al Ragudo, pero a mitad de camino aún nos tocó parar otra vez. ¡Había olvidado en el bar el papel con todos los nombres y direcciones de los hostales en los que habíamos reservado! Como volver a Viver me apetecía lo mismo que hacer una maratón de capítulos de «Ana y los siete», aproveché la marquesina del aparcarmiento del restaurante El Cristo para resguardarnos mientras empezaba a chispear y escribir en el móvil los nombres de los albergues de los cuales pudiese acordarme, y ya buscaría su dirección en Internet más tarde.

En un rato llegamos al puente que cruza las vías del tren en la estación de Masadas Blancas para empezar a subir lo que es ya en propiedad las cuestas del Ragudo. En realidad la pendiente desde Jérica es prácticamente la misma pero tener los aerogeneradores tan cerca y el barranco de Val de Hurón a nuestra derecha nos hacen creer que es más duro de lo que realmente parece.

En la cima pudimos hacernos alguna que otra foto, pero el tiempo apremiaba. Hacía rato que no paraba de chispear, pero viendo el cielo estaba claro que iba a llover a lo grande. A toda velocidad bajamos la carretera hasta Barracas. En el último segundo antes de que empezara el tormentón dejamos las bicis en el garaje del hostal y descubrimos que en la habitación había más humedad que en la calle… ¡Y eso que estaba lloviendo! La cena fue una clavada bastante curiosa, pero lo peor fue comprobar que pese a la lluvia, las fiestas del pueblo seguían su curso y al amainar… ¡Discomóvil! Ronquidos y reaguetton en Dolby Sensorround. Los tapones para los oídos poco podían hacer. Tendría que haberme llevado las orejeras que llevan los obreros al manejar el martillo neumático.

El papeo

  • Almuerzo: Bar Los Pinos, Marines nuevo. Facebook.
    Típico bar de ciclistas que bajan del Pico del Águila. Nada a destacar. What you see is what you get.
  • Aperitivo: El Collao de la Seca, Alcublas. Facebook.
    Restaurante muy agradable. Personal amable y simpático. Vistas impresionantes a la sierra (aunque aún le falten años para recuperarse del último incendio). Su estufa en invierno es imprescindible tras el frío que se pasa subiendo.
  • Comida: Casa Eustasio, Viver. Web. Facebook. TripAdvisor.
    Platos generosos de cocina tradicional. Un reducto donde comer un plato de caliente en un viaje al que se le vislumbra bastante bocadillo.
  • Cena: El rincón del caracol, Barracas. Web. Facebook. TripAdvisor.
    Vale, no está mal. Pero es un puñetero atraco.

¡A dormir!

  • Hostal Norte, Barracas. Facebook. TripAdvisor.
    Aunque me la bufa para un sitio que voy a estar ocho horas y durmiendo, la habitación haría las delicias de los responsables de atrezzo de Cuéntame. En pleno verano y con una humedad tal que no se secó un maillot en toda la noche. Y más vale no girarse mucho en la cama o acabas en el suelo. Nos dejaron guardar las bicis en el almacén del bar.

Otras crónicas del viaje: En preparación

  • Segunda jornada: Túria. De Barracas a Teruel por El Toro, Alcotas, Manzanera, Puebla Valverde, Javalambre y Camarena.
  • Tercera jornada: Jiloca y Perejiles. De Teruel a Calatayud por Monreal, Calamocha, Ferreruela y Langa del Castillo.
  • Cuarta jornada: Jalón. De Calatayud a Zaragoza por Embid, Sabiñán, Purroy, La Almunia, Morata, Bárboles y Pinseque.
  • Quinta jornada: Huerva y Ebro. De Zaragoza a Escatrón por Botorrita, Fuendetodos, Belchite, Quinto, Gelsa y Sástago.
  • Sexta jornada: Martín y Bergantes. De Escatrón a Morella por Híjar, Albalate, Andorra, Alcorisa y Más de las Matas.
  • Séptima y última jornada: Celumbre y Millares. De Morella a Castellón por Cinctorres, Castellfort, Ares, Atzeneta y Vilafamés.

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  • Foto de Bar Los Pinos
  • Foto de Bar Los Pinos
  • Foto de Bar Los Pinos
  • Foto de Bar Los Pinos
  • Foto de Puerto de Alcublas
  • Foto de Puerto de Alcublas
  • Foto de Puerto de Alcublas
  • Foto de Continuando la ascensión a Alcublas
  • Foto de Continuando la ascensión a Alcublas
  • Foto de Continuando la ascensión a Alcublas
  • Foto de El Collado de la Seca
  • Foto de El Collado de la Seca
  • Foto de El Collado de la Seca
  • Foto de El Collado de la Seca
  • Foto de Fuente en Alcublas
  • Foto de Fuente en Alcublas
  • Foto de Dejando Alcublas atrás
  • Foto de Dejando Alcublas atrás
  • Foto de Refrescándonos en el Abrevadero
  • Foto de Refrescándonos en el Abrevadero
  • Foto de Refrescándonos en el Abrevadero
  • Foto de Refrescándonos en el Abrevadero
  • Foto de Refrescándonos en el Abrevadero
  • Foto de Refrescándonos en el Abrevadero
  • Foto de Bejís
  • Foto de Bejís
  • Foto de Cima del Ragudo
  • Foto de Cima del Ragudo
  • Foto de Cima del Ragudo
  • Foto de Cima del Ragudo
  • Foto de Cima del Ragudo
  • Foto de La habitación de Barracas

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    Si quieres, puedes o esta ruta