Dificultad técnica   Moderado

Tiempo  10 horas 57 minutos

Coordenadas 2928

Fecha de subida 18 de enero de 2017

Fecha de realización agosto 2015

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1.052 m
524 m
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41
82
163,18 km

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cerca de Teruel, Aragón (España)

Para el tercer día de nuestro viaje tenemos delante de nosotros el recorrido más largo de todos: para ir de Teruel a Calatayud nos tocará recorrer 160 kilómetros. Teniendo en cuenta que la N-234 te lleva directo sin subir ni la cuesta de un garaje y en sólo 130 kilómetros, sería de tontos no usarla. ¿Verdad?

Pues más bien no. Primero, porque a partir de Calamocha la autovía se dirige directamente a Zaragoza, así que presumiblemente la carretera puede llevar un tráfico considerable. Y segundo, ir directo no tendría gracia. Así que lo que haremos será seguir el valle del Jiloca hasta Calamocha, y a partir de ahí, por las pistas asfaltadas más dejadas de la mano de Dios llegaremos al valle del río Huerva siguiendo someramente el trazado del ferrocarril Caminreal-Zaragoza. Por último, tras subir hasta la falda de la Sierra del Espigar, bajaremos echando chispas hasta Calatayud por la carretera que sigue el río Perejiles.

Empezamos el día desayunando en el bar del hostal, mientras le comentábamos al dueño lo que íbamos a hacer ese día. Poca cosa… ¡Id por la carretera, que es muy fácil y no hay apenas coches! No nos conoce aún. En un momento nos acompañó a la planta baja donde guardábamos las bicis y nos pusimos a rodar.

Para salir de Teruel iremos por la avenida de Zaragoza —que realmente es una calle sin más— hasta llegar a la N-234. Aquí deberemos llevar mucho cuidado porque en los siguientes seiscientos metros hay bastante tráfico hasta el desvío que conduce a la autovía. Además la carretera está desdoblada, hay carriles de aceleración y da bastante canguelo. Sin embargo, tras pasar el enlace con la autovía simplemente atravesaremos el polígono industrial de La Paz… Y desde entonces, la carretera para nosotros solos. Vale que fuera agosto. Vale que era temprano, pero faltaba ver coches abandonados en mitad de la calzada para que aquello pareciera «The Walking Dead». Hasta Cella, que es donde nace el río Jiloca, la carretera es un falso llano según los mapas, pero en realidad se va a mínimo de treinta por hora.

Al poco de pedalear dejaremos Caudé a nuestra derecha. De todos modos ni nos daremos cuenta porque es difícil dejar de mirar a la izquierda, donde se extiende la plataforma aeroportuaria de Teruel, llena de aviones hasta reventar. Y no pequeños Cessna, estamos hablando de aviones de fuselaje ancho, entre los que destacaban varios 747-400. Como la pista de aterrizaje tiene casi tres kilómetros de longitud tardaremos en dejar atrás el aeródromo, tanto es así que en un momento, al llegar a la estación de Cella abandonaremos la carretera con la sensación de no haber visto otra cosa.

En vez de entrar en el pueblo aprovecharemos que la vía verde está asfaltada para atajar hasta el Camino Viejo de Alba. Fue en este momento, antes de haber recorrido la cuarta parte del viaje cuando mi padre dijo que ya no podía más con el sillín. Yo sé perfectamente lo que eso puede significar: yo he tenido que hacer porrones de kilómetros de pie sobre los pedales para evitar el dolor. He recorrido pueblos buscando cartones en la basura para ponerlos sobre el sillín —ya os digo yo que no sirve de mucho—. Incluso sé lo que es arrancarte las costras de un tirón al quitarte el culotte, tras pasar todo el día maldiciendo la ampolla que se te ha reventado justo debajo de los isquiones. Por eso me temía que el problema, cuando ya empieza a ser doloroso, tuviera mala solución. Teníamos que encontrar una farmacia.

Finalmente paramos en Villafranca para, de paso, almorzar. Si en la anterior crónica comenté dos tipos de personajes inevitables, hoy hablaré de dos tipos de bares que también son inevitables: el bar de la clavada con saña y el bar de la clavada con descaro. Paramos en el bar «La plaza», debajo de un enorme reloj de sol, en una esquina del ayuntamiento. Hice hasta fotos del lugar porque pensé «si hago la crónica del viaje, no quiero que se me olvide ningún detalle sobre el crimen aquí perpetrado». No habían sacado las mesas, así que las sacamos nosotros. Fuimos nuestros propios camareros. Los bocadillos hechos con un pan aún peor que el de Carrefour —si es que eso puede ser posible— y sólo de cosas que no fuera necesario cocinar. El mío, directamente de atún con aceitunas, que era lo más barato que podías comer en la cafetería de la universidad. Pues la dolorosa ascendió a 25 euros. ¡Pedimos cuatro banderillas en salmuera y nos cobraron un euro por cada una!

Pero el día continúa, así que mi padre se puso su crema recién comprada que no valía ni como placebo y seguimos pedaleando hacia Monreal y Torrijo. Para ahondar más en la sensación de estafa, en Monreal encontramos un mercado ambulante con un montón de puestos de fruta que nos comimos en la plaza del siguiente pueblo. Nos podíamos haber ahorrado el almuerzo perfectamente. El calor despuntaba y apetecía comer melocotón y sandía tras varios días a bocadillos y platos fríos.

Tras mucho camino asfaltado entre inabarcables campos de cultivo, durante los siguientes veinte minutos volvemos de nuevo a la carretera donde pasaremos rápidamente por Caminreal y Fuentes Claras. Tenemos que llegar a Calamocha, la capital de la comarca del Jiloca. Pretendía parar en el pueblo, pero el tiempo apremiaba. Total, el lugar verdaderamente bonito para visitar con tiempo es sin duda Daroca, pero la ruta se desvía mucho antes de llegar. A partir de Calamocha nos apartamos del corredor del Jiloca para descubrir el «Teruel profundo». También tenemos que comenzar a subir un poco, pero nada destacable. Al fin y al cabo vamos siguiendo el ferrocarril Caminreal-Zaragoza. El Itinerario tras salir de Calamocha pasa por Navarrete del Río, Lechago, Cuencabuena, Ferreruela de Huerva, Cucalón, Villahermosa del Campo, Badules, Villadoz, Villareal de Huerva y Mainar. Las carreteras que unen estos diminutos pueblos pasan entre las categorías de pista asfaltada, camino vecinal, sendero, vericueto y «Por favor que al menos no esté embarrado». Pero una de las cosas que más me sorprendió de estos caminos es lo bien indicados que están. Todos los pueblos, en todas sus entradas, tienen carteles indicando si hay farmacia, si hay ambulatorio, los monumentos importantes y su siglo, si hay lugar donde hospedarse… Y en la plaza de los pueblos hay indicaciones para llegar a todos los demás que tengan conexión directa con ellos.

El sol y el calor eran insoportables, y además el paisaje no ayudaba demasiado. La sombra de los árboles caía bastante lejos de los caminos, y a finales de agosto de los campos de cereales ya no queda ni la paja. Para aliviarnos un poco nos parábamos en la fuente de cada pueblo excepto en Ferreruela, donde acabamos de nuevo en un bar. Otro tipo de bar inevitable. Local castizo, de labradores calzándose sol y sombras, fichas de dominó y cartel de Teleclub en la pared. Único punto de interacción social en la plaza de un pueblo de setenta habitantes censados. Pedimos dos cervezas acompañadas de unas patatas fritas rancias y escasas. Vemos como a todo el mundo le cobra euro y medio por cada cerveza. Al final vamos a pagar y cuando la encargada estaba empezando a pronunciar el precio, en una pirueta vocal digna de una soprano nos hizo el timo de la sangría en el paseo de Gracia: «Treeeee…¡Cinco euros!» Absolutamente desarmado, sin tener a la vista la lista de precios —en un pueblo la legalidad es un concepto fluido— y sin ganas de discutir, pagamos y nos fuimos. Moraleja: para estafar a un turista no hace falta que sea chino. Con que quede claro que no vaya a volver, puedes tirar a la yugular con todo el descaro del mundo.

Mientras el aire del camino poco a poco nos borraba la cara de gilipollas, sin darnos cuenta llegamos a Mainar, final de la segunda parte de la ruta. Abandonabamos el cauce del Huerva para acercarnos a la sierra del Espigar a una hora más que razonable para comer. Aunque Villareal y Mainar estén a setecientos metros el uno del otro y sean de tamaño considerable, el único lugar que encontramos para comer tuvo que ser… El bar de la piscina. Lo que se dice cocina de autor: bocadillo de hamburguesa con tomate, lechuga, cebolla y mucho ketchup, que le va estupendamente bien si la carne está ya en las últimas y se le nota un poquito en el sabor. Aún así, me supo a gloria bendita.

El «restaurante» era un cobertizo con el tejado de un material similar a la Uralita y sillas de plástico. En la televisión unos indios estaban dejando como un colador a un sheriff en el western de las tardes de Aragón TV. A escasos metros sonaban las aguadillas y las risas de los niños en la piscina, sin madres que dijesen esa frase tan manida de «hasta que no pasen dos hora no te metes dentro». Era el momento perfecto para echarse a dormir, o al menos ponerse el bañador y remojarse un poco. Pero como ni nos sobraba tiempo, ni teníamos bañador, nos tocó seguir.

En menos de un kilómetro nos adelantaron varios camiones cargados de cerdos hasta los topes. El olor cada vez era más penetrante y en el horizonte se oteaban varios camiones más. Afortunadamente dejamos la carretera a Codos para desviarnos a Torralbilla y Langa del Castillo. Era comprensible habernos topado con tanto camión, puesto que más tarde pude comprobar en un mapa que en trece kilómetros hay catorce parideras de gorrinos. A salvo de tanto camión, nuestra prioridad ahora era subir hasta la falda de la Sierra del Espigar. Es un lugar extraño. La carretera avanza recta sobre un llano hasta girar de forma abrupta al borde de un barranco de 140 metros de profundidado donde va encajonado el río. Las vistas merecían muchas fotos.

El siguiente pueblo es Miedes de Aragón, que está junto al río. Eso supone bajar desde lo alto del barranco en menos de tres kilómetros. Básicamente lo que sale en este vídeo. Miedes tampoco es un sitio muy especial para quedarse, pero tuvimos que parar. La carretera estaba cortada por un obrero que con un walkie dirigía a las apisonadoras que estaban reasfaltando la carretera. Me quedé blanco. ¡Debíamos llegar a Calatayud! Ir por un camino alternativo implicaba hacer 35 kilómetros más —¡y subiendo todo lo bajado!— para llegar con doscientos kilómetros a las espaldas. Estábamos reventados. O conseguíamos que alguien nos acercase a Calatayud en una furgoneta o tendríamos que quedarnos a dormir allí. Pero como aunque sea una vez en la vida, alguna vez hay que tener suerte, nos avisaron de que la carretera quedaría abierta en cuestión de media hora.

Tras un helado bajo un sol de espanto continuamos el camino. La combinación de unas ruedas finas, un calor horrible y el asfalto fresco se puso en nuestra contra. Parecía que las ruedas se hundieran y quedasen frenadas en la carretera. Tenía la sensación de estar llenándome la espalda de alquitrán como cuando el barro de la rueda trasera te salpica. Igual nuestra rodada aún está allí, como las manos de las estrellas en el Teatro Chino de Hollywood. Fuimos los primeros en inaugurar la obra.

El suave desnivel del río Perejiles nos acompañó por Belmonte de Gracián, Villalba y Torres hasta desembocar en el Jalón, a un suspiro aguas abajo de Calatayud. Me encantó la ciudad. Recogida, acogedora y agradable. La hubiesemos recorrido un poco más si no nos hubiéramos perdido. No conseguimos encontrar el albergue —o igual no lo recordé bien, puesto que perdí el papel con las reservas— y nos tocó encontrar otro sobre la marcha. El especialito del viaje casi me come cuando vio que le tocaba compartir el baño con otros huéspedes. ¡Tan rústico y de pueblo para unas cosas y tan señorito para otras!

El papeo

  • Desayuno: Bar Serruchi, Teruel. Facebook. TripAdvisor.
    Un café con leche con un par de Madalenas y nos despedimos del dueño hasta la próxima. Cuando volvamos a Teruel, seguro que acabaremos allí.
  • Almuerzo: Bar La Plaza, Villafranca del Campo.
    Probablemente sea el almuerzo ciclista más caro y más malo que haya tenido el «privilegio» de meterme entre pecho y espalda. Una litrona, dos bocadillos, dos cafés, dos chupitos y cuatro banderillas de bote de supermercado. Bocadillos de pan malo y de lata de conserva. 25 euros.
  • Aperitivo: No recuerdo el nombre, pero es el único bar del pueblo, enfrente del atrio de la iglesia, en Ferreruela de Huerva.
    A ninguno nos gusta sentirnos estafado. A ninguno nos gusta que se nos pitorreen en la cara. Puedes llegar acalorado. Y el bar tiene una terraza a la sombra muy tentadora, pero olvídalo. Sal corriendo. Bebe y remójate en la fuente que hay justo en frente. Tu autoestima te lo agradecerá.
  • Comida: Bar de la Piscina, Mainar.
    Bar de batalla para tomar unas bravas y un tercio en bañador mientras tu hijo está intentando ahogar a su prima de Zaragoza que está pasando el verano en casa de los abuelos. Pero tras las inmejorables experiencias gastronómicas de hoy, como para ponerse exquisito. El bocadillo y la cerveza cuando estaba muerto de hambre y sed me devolvió a la vida.
  • El heladito de media tarde: Bar Casino, Miedes de Aragón. Facebook.
    A la sombra de la escalera que hay en la fachada pasamos el rato hasta que abrieron la carretera tomando un helado, mientras poníamos la oreja a las conversaciones de la gente del pueblo. Hay cosas que el mundo no está preparado para saber, así que mejor no ponerlo aquí.
  • Cena: Bar Cafetería Anyelo. Facebook. Yelp.
    En el privilegiado paseo de las Cortes de Aragón, a cien metros del cauce del Jalón, este bar cafetería no destaca por su imagen. Su rótulo luminoso parece que sea de lo poco que no se llevó por delante la heroína en los 80: está igual. Pero como estábamos hartos de pasear y la competencia no mejoraba, decidimos quedarnos allí, en la terraza al fresco en mitad del paseo. La sorpresa fue agradable. Las tapas, generosas y los bocadillos, grandes. A cuadros me quedé cuando oí que pronunciaban el nombre del bar como «Ánllelo» y no como «Añelo». ¡Están locos estos bilbilitanos!

¡A dormir!

  • Pensión Santa Marta, Calatayud. Web. TripAdvisor.
    Enfrente de la plaza de plaza de San Benito, en un estrecho edificio de tres plantas pintado de azul está situada esta humilde pensión. Los dueños nos recibieron amablemente y no nos pusieron pegas en subir las bicis a nuestra habitación (tampoco era una fat bike llena de barro, todo hay que decirlo). El precio más barato del viaje. Los pasillos, y sobre todo la escalera están decorados con multitud de plantas, cuadros y cerámica colgadas de las paredes. La habitación es espartana a más no poder. Una lámpara colgada del techo, una repisa para dejar el móvil cargando entre dos camas, un armario pequeño con una tele de tubo de catorce pulgadas encima y una pequeña pila. Un pequeño balcón con vistas a la plaza era lo único que alegraba un poco la estancia. Para ducharse o usar el inodoro había que ir al cuarto de baño, que estaba fuera de la habitación. Puntos a favor: Estaba puerta con puerta, limpísimo, recién reformado y al no haber otros inquilinos en la planta, prácticamente lo teníamos en exclusiva. Puntos en contra: Los remilgos de mi padre al comprobar que tendría que ducharse fuera de la habitación. Proferidos por una persona que de pequeño se lavaba en una palangana suenan como un poco exagerados.

Otras crónicas del viaje:

Ver más external

  • Foto de Paso inferior de la vía verde, Cella
  • Foto de Mirador de El Olmo sobre el río Perejiles
  • Foto de Mirador de El Olmo sobre el río Perejiles
  • Foto de Mirador de El Olmo sobre el río Perejiles
  • Foto de Mirador de El Olmo sobre el río Perejiles
  • Foto de El Jalón pasando por Calatayud
  • Foto de Bar Teleclub, Ferreruela de Huerva
  • Foto de Comprando fruta en el mercado ambulante, Monreal del Campo
  • Foto de Comiendo fruta en la plaza, Torrijo del Campo
  • Foto de Almorzando en el Bar La Plaza, Villafranca del Campo
  • Foto de Área de Recreo, Monreal del Campo
  • Foto de Área de Recreo, Monreal del Campo
  • Foto de Área de Recreo, Monreal del Campo
  • Foto de En la entrada de Alba

Comentarios

    Si quieres, puedes o esta ruta