Tiempo  12 horas 14 minutos

Coordenadas 3002

Fecha de subida 22 de junio de 2016

Fecha de realización junio 2016

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1.669 m
470 m
0
38
77
153,25 km

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cerca de Caudiel, Valencia (España)

Hoy he ido otra semana más con Juan a hacer una ruta de estas que está bastante claro desde un principio que no se va a acabar. Es eso o reventar como un huevo en un microondas. 160 kilómetros y un desnivel que está más cerca de los cuatro mil que de los tres mil metros. Afortunadamente no ha sido así y hemos tenido el privilegio de llegar a meta enteros y sin necesidad de hacer autostop ni haber pasado la noche por el camino.

Algo más tarde de lo recomendable hemos salido de Caudiel rumbo a Montán y Montanejos. Así, arrancando en quinta, sin calentar ni nada nos enfrentamos con el puerto de Arenillas, el primero que subiríamos hoy. Cinco kilómetros y medio y 250 metros de desnivel que se suben de una forma muy suave. Pero la bajada a Montanejos da pavor. Doce kilómetros dejándote caer a toda velocidad hasta cruzar el río Millares. Primero, esto se supone que a última hora —cuando no podamos con nuestra vida— nos tocará volverlo a subir. Y lo más inquietante, ¿Cómo un puerto de montaña tan enorme en el perfil de la ruta parece en comparación a los demás un pequeño bache?

Mucho antes de llegar a Zucaina abandonamos al fin la CV-195 —que si ya de por sí tiene poco tráfico, tras pasar Montanejos queda prácticamente desierta— para dirigirnos a San Vicente de Piedrahita, un pequeño pueblo perteneciente al municipio de Cortes de Arenoso. Aunque la carretera se llame CV-196 no hay que llevarse a error, puesto que es en realidad una pista forestal que fue asfaltada hace relativamente poco. Curvas muy cerradas y rampas más pensadas en pastores guiando rebaños que en vehículos.

A estas alturas de la mañana, de las madalenas que había desayunado a las seis y media no quedaba ni el recuerdo. Me había tomado un gel y estaba en trámites de tomarme otro, pero mi estómago es más listo que el hambre (nunca mejor dicho) y cuando se pone a rugir lo que precisa es comer algo sólido que necesite digerirse. Las piernas cada vez me pesaban más pero pronto íbamos a llegar al Llano de la Cañada, desde donde empieza la bajada al valle del río Villahermosa. Allí podría comprar algo en la panadería de la plaza, pero… ¡Ese pueblo parece que esté construído sobre la rampa de un garaje! Encima con la vista del Peñagolosa al fondo aún parece más inalcanzable. Como para subir iba a necesitar piolet, arnés y crampones, sin parar empezamos a subir a Puertomingalvo. Al fin y al cabo sólo eran doce kilómetros. ¡No se puede tardar tanto!

Desde luego no soy un genio de las matemáticas… En esos doce kilómetros había que subir ¡750 metros! Como para empezar ya toca escalar un 11% lo único que se me ha ocurrido es poner el piñón más grande y olvidar lo que queda por delante. Como mínimo, una hora y veinte no nos la quitaba nadie.

Oculto tras la última curva nos esperaba Puertomingalvo y la verdad es que me ha sorprendido muy gratamente. En la entrada lucía un pequeño indicador con el lema «Uno de los pueblos más bonitos de España», pero claro… Nadie dice lo contrario de su propio pueblo. Sin embargo, era bien creíble. Ya desde lejos se veía un pequeño pueblo en lo alto de un cerro formado por casas de dos o tres alturas, con tejas marrones y fachadas de piedra. A la derecha, en un saliente de la montaña se elevaba sobre el resto del pueblo un castillo amurallado del siglo XII. Y en el centro, la iglesia de San Blas. Un templo barroco con una nave tan alta y de un aspecto tan sólido que no es de extrañar que se usara como fortaleza.

Para entrar se debe pasar por el portal de San Antón, que te sumerge en un pueblo turístico, pero que no se ha convertido en un parque temático. Muy cuidado, limpio y con casas prácticamente uniformadas. Salvando las distancias, me ha recordado a Albarracín. Un Albarracín de andar por casa.

Tras comer por fin en condiciones, con un sopor de caerse de la silla y con la digestión a toda máquina no nos quedó otra que salir en dirección a Valdelinares, pero no sería fácil. Para empezar, ya era tarde. La carretera volvía a encaramarse de las laderas y ya estábamos un poco para el arrastre. Juan estaba a punto de caer rendido y yo no tenía ningunas ganas de seguir. Con la excusa de que Valdelinares no tiene nada para ver y que sólo pretendíamos llegar para poder decir que habíamos subido al pueblo más de alto de España, nos hemos envainado la excusa de la ruta en menos que canta un gallo. A escasos diez kilómetros de llegar, en el último desvío hemos girado directos en dirección a Linares de Mora.

Bajar hasta el cauce del río Linares es toda una experiencia. Sientes que vas volando por encima del valle y llega un momento en el que te fundes con la bicicleta, dejando de tener consciencia de que a ciertas velocidades eso es más inestable que un Seat Panda. Pero no es ni punto de comparación con respecto a bajar a Nogueruelas y Rubielos de Mora. Te sientes solo en un absoluto páramo poblacional, rodeado de montañas altísimas repletas de pinos hasta donde se alza la vista. Una carretera desierta y curvas que se trazan sin necesidad de frenar.

Parados de nuevo en Ruebielos a reponer energías analizamos la situación. Es tarde, no tenemos fuerzas para subir gran cosa, que se nos haga de noche es algo que ni siquiera se contempla y estamos más cerca de Teruel que de Caudiel. Al final llegamos a la conclusión de que más vale pedalear algunos kilómetros más mientras el perfil nos sea más favorable. Lo mejor será ir a Venta del Aire y bajar por la nacional. El problema es que tenemos que ir por una carretera que une la comarca de Gúdar con la autovía. En términos absolutos no supone transitar por una carretera ni mucho menos agobiante, pero en esos quince kilómetros nos toca aguantar más coches que durante los cien kilómetros que ya llevábamos. Un tramo a evitar totalmente.

Los diez kilómetros por la N-234 se nos pasan volando. Está claro que los romanos sabían perfectamente por dónde trazar carreteras. Por fin un rato sin necesidad de poner el plato pequeño. Pero aún tengo un as debajo de la manga para redondear la tarde. He convencido a Juan para que en vez de bajar por el clásico puerto del Ragudo lo hagamos por la CV-209, más conocida como la carretera de Pina de Montalgrao. Que más bien parece una pista forestal. Con ese apestoso asfalto granujiento lleno de gravilla, duro para subir y peligroso para bajar.

Para acabar sólo teníamos que subir de nuevo a Caudiel. Se me ha pasado el atajo de Binéfar y hemos tenido que subir desde Jérica, con un Juan tambaleante en una clara dicotomía entre no tomar geles ni barritas y quedarse sin energía ni para subir un escalón o tomárselos y comprobar en sus tripas por qué en los envases pone que no es recomendable tomar más de tres en un día.

Para la próxima estaría bien llegar a Valdelinares o subir a Castelvispal, pero por hoy hemos tenido Sierra de Gúdar para los restos. ¡A saber!

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  • Foto de Merendero de la Fuente de la Penilla
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  • Foto de Portal de San Antón
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  • Foto de Puertomingalvo
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  • Foto de Mirador del valle del río Villahermosa
  • Foto de Mirador del valle del río Villahermosa
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  • Foto de Ermita de Santa Bárbara
  • Foto de Puerto de Linares
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