Dificultad técnica   Moderado

Tiempo  10 horas 33 minutos

Coordenadas 3072

Fecha de subida 8 de febrero de 2017

Fecha de realización mayo 2016

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694 m
2 m
0
35
70
140,07 km

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cerca de Gandia, Valencia (España)

Cuando diseño rutas por zonas a las que no suelo ir a menudo, me gusta hacerlo a conciencia. Quiero explorarlo todo, parar en cada pueblo y subir cada puerto. Y claro, el día es finito y mi capacidad, más limitada aún. Había leído muy buenos comentarios del puerto del Alto de Ebo. Carretera revirada, curvas de herradura, vistas espectaculares y muy pocos coches. ¿Pero luego qué? ¿Llegar a la cima y volver para casa?

Si de todos modos habrá que coger el tren hasta Gandia, mejor planear algo más completo que diese la vuelta a la zona. Recorreremos las comarcas de la Safor, el Comtat y la Marina Alta. Y para hacerlo realmente memorable subiremos tres puertos: el Alto de Ebo desde Pego, el Coll de la Safor desde L'Orxa y como colofón, el puerto de La Llacuna desde Villalonga, el más alto de todos.

Me las prometía muy felices porque por fin dejaba atrás los típicos 1600 metros de desnivel e iba directamente a los tres mil metros sobre el mapa (que en el Strava se han quedado en 2650). Aún así, como no las tenía todas conmigo, en Villalonga tenía una manera de escapar dignamente llevando a las espaldas dos tercios del trayecto y la mitad del desnivel. Pero el orgullo ganó la batalla al sentido común y si lo llego a saber, iba a subir hasta Benissili mi tía abuela haciendo el pinopuente.

Tras bajar del tren y liarme —¡Cómo no!— buscando el camino para salir de Gandia, recorrimos todo el camino de Torre dels Pares entre cercados de naranjos hasta llegar a Bellreguard, donde entraremos en la CV-670. A partir de ahí iría hasta Pego acompañado por los miembros de varios grupos ciclistas de la zona. Sin embargo ellos se dirigían hacia Sagra y el valle del río Girona mientras yo empecé con el primer puerto del día.

Los ocho kilómetros de subida se hacen largos, pero a primera hora no llegan a ser interminables. Eso será más tarde. El puerto asciende por una carretera estrecha de las que siempre ves por delante los siguientes tramos en la falda de la montaña de enfrente. Como guardarraíles, una hilera interminable de bloques de hormigón pintados de blanco.

Tras un tira y afloja con otro ciclista para ver quién llegaba antes a la cima, fácilmente reconocible al tener en lo alto un pesebre de burros, comienza una bajada hasta llegar a la Vall d'Ebo. Sólo llevamos doce kilómetros, pero hay que aprovechar a beber agua y tomar un gel o una barrita, porque nada más salir en dirección a Alcalà de la Jobada hay otro puerto, el de Alcalà. Algo menos espectacular y duro como los tres principales, pero con un primer tramo con un porcentaje demoledor.

Poco antes de llegar a Alcalà, cuando la carretera gana más altura, es el mejor momento para observar la Penya Foradada. Una extraña formación en la Serra de la Forada a la que da el nombre. En la montaña de enfrente del valle podemos ver un enorme boquete en lo alto de uno de sus picos. Esta «ventana» que conecta metafóricamente el valle de Alcalà con el de Gallinera tiene un pequeño secreto guardado: el cuatro de octubre y el nueve de marzo (san Francisco y santa Francisca Romana) los rayos del sol al atarceder pasan por el hueco e inciden directamente sobre las ruinas del convento de san Francisco, en Benitaia. Evidentemente, ni el lugar del convento ni el día es fruto de la casualidad.

El paso por Alcalà de la Jovada marca afortunadamente el inicio de la bajada hasta el embalse de Beniarrés. Antes de llegar a Planes tomaremos la carretera al embalse que rodea el pueblo, desde la que se ve como el castillo preside la ciudad y defiende el paso del Serpis. La bajada al embalse tiene un par de momentos que asustan de verdad, pues aunque la carretera esté en buenas condiciones, el cambio de rasante es tan exagerado hace que parezca que te estés tirando desde un tobogán con la bici.

A cuatro kilómetros del dique de la presa y tan sólo a 1.500 metros desde que nos alejamos del embalse llegaremos a Beniarrés tras una pequeña subidita. Recomiendo encarecidamente hacer aquí la parada para almorzar. Comer en L'Orxa implicaría subir el Coll de la Safor con el estómago lleno, para seguramente vaciarlo por la salida de arriba a mitad de camino. Y desde luego, no se contempla llegar hasta Vilallonga. Te habría dado un chungo por el camino debido al agotamiento y te habrías caído ladera abajo.

Además, detenerse en Beniarrés el último domingo de mayo antes del Corpus significa vivir el día grande de comuniones. Porque desde luego, las comuniones en un pueblo son fiestas de verdad, donde todos los vecinos parecen una familia. Todos los niños desfilando con su banda de música, sus tracas y las calles adornadas con pétalos de flores. Así da gusto. Te sientes especial, no como en una ciudad en la que hay que comprar la voluntad de los comunioneros con regalos que parecen sacados de una lista de bodas y banquetes en los que sólo falta el número de cuenta. Porque aún no se da el número de cuenta en una comunión, ¿verdad?

Bajando sin parar a más de cuarenta siguiendo el Serpis llegamos a L'Orxa, pero cuidado con pasarnos de frenada porque antes de llegar, a nuestra izquierda, más allá de la vía verde y la antigua fábrica de papel está el castillo de Perputxent, donde gente con aún más tiempo libre que yo dice que se pueden grabar psicofonías de antiguos caballeros templarios. De entrar al recinto, me asustaría más el hecho de quedar despachurrado por los cascotes que caen de los muros antes que oír supuestas voces de ultratumba que se graban en un walkman sobreescribiendo una cinta del Verano Mix '98.

Después de pasear un poco por el barranc dels Bassiets emprendemos camino a Villalonga por el Coll de la Safor. Sin dudarlo, este es el peor puerto de los tres. Del firme, por ahora no hay ninguna queja. De hecho, es sorprendente que esté asfaltado, aquí en el culo del mundo, aunque sea con ese asfalto granujiento. Las vistas, fantásticas, pero sabes que pintan bastos cuando vas con el 34x28 y el GPS indica que por cada cinco pedaladas estás subiendo dos metros.

A mitad de subida caí exhausto. Pero en plan no puedo más y soltando la bici en mitad del camino como caiga. Aún me quedaba comida y era buena idea sacarla. Total, ya quedaba poco para llegar a la cima… Y casi hubiera preferido seguir subiendo. El asfalto se convirtió en cemento llegando a bajar a un ritmo de hasta el 21%. Los frenos olían a goma quemada, las llantas se pusieron al rojo y para colmo, la rueda daba unos bandazos en las juntas de las lechadas de cemento que parecía que de un momento a otro iban a reventar. Intentaba ir más lento, pero no podía. Esa rampa es territorio de ruedas de montaña con frenos de disco. ¡Y pensar que hay gente que lo sube!

Al llegar a Villalonga, tras los dos puertos grandes, el pequeño, el horrible calor de final de mayo y con las pocas ganas que tenía de continuar nos hace pensar que lo lógico hubiera sido usar la escapatoria planificada y tirar a Gandia, pero el calor a veces te nubla el conocimiento y justo a las dos de la tarde empezaría a subir el puerto de La Llacuna. Por vigesimoquinta vez en lo que llevábamos de mañana me embadurné de protector solar factor cincuenta y metí la cabeza bajo la fuente.

No llevaba ni veinte minutos y ya me tocó parar. Aquello era inhumano. En un claro entre los pinos, sobre un tocón, acabé con los últimos sandwiches que llevaba. —Bueno, al menos lo he intentado. Mejor bajar a Gandia y ya recorreré el Vall de Gallinera otra vez —me consolaba. Y en eso que pasa un chaval con la bici cuesta arriba igual de ligero que si estuviera bajando. Se ve que para picarme no necesito adelantar o ir a la zaga de alguien que sea mejor ciclista que yo. A veces, con saber que alguien lo está pudiendo hacer, tengo suficiente.

Y esta fue mi decisión, la de subir al infierno. Sin comida, cortito de agua y sufriendo para alcanzar los diez kilómetros por hora. Por supuesto acabé quedándome sin agua, parando en cobertizos buscando sombra, un abrevadero para remojarme o algo para comer. En esa zona son típicos los cerezos y a final de mayo es cuando hay que cogerlos… ¡Pues no había ni uno! Cuando ya quedaban trescientos metros para llegar a la cima, tuve que bajar de la bici y hacerlos andando.

En Alpatró paré en un bar a comer algo. Quería bajar el valle sin la sensación de ir absolutamente zombie. Además, en esta carretera el tráfico pasa de ser testimonial a ser ya un elemento a tomar en cuenta. Cualquier rampita de nada implicaba poner el plato pequeño. Hasta los resaltos de los pasos de cebra me exigían darlo todo. Para cuando la bajada acabó, al llegar a Oliva, aún me quedaban por delante diez kilómetros para acabar. A paso de tortuga y bajo mínimos llegué a Gandia. Me salvó que encontré una panadería donde vendían colosales raciones de pizza un domingo a las seis de la tarde. Gracias a esos dos trozos que compré pude tomar el tren de vuelta a Valencia pareciendo una persona. No quería repetir aquella vuelta a Valencia del día que me desmayé y me meé encima. Lo estoy intentando olvidar, pero seguro que los que estaban cerca de mí en aquel tren tardarán en olvidarlo.

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