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cerca de Sedaví, Valencia (España)

La mañana del lunes de San Vicente ya había salido con algunos de los integrantes de El Perro Verde BTT para subir a Calicanto. Sin embargo, a las doce y media ya estábamos en casa. Parecía un expediente X que una ruta con almuerzo en bar y de cuarenta kilómetros se acabase tan rápido. ¿Y ahora?

Prácticamente acabábamos de almorzar y hasta que el hambre apretase aún faltaban horas, así que me puse a pensar… Tenía muchas ganas de coger la bici de carretera, y ahora llevaba la equipación puesta. También tenía la bici a punto. Igual me daba comer un plato de arroz hervido en casa a las dos, viendo un programa infecto en la tele o comerme un bocadillo a las tres en la cima de Cullera. Decidido. ¡Vamos a salir!

Dado que iba a ir sólo, no tenía problemas de quedarme atrás o tener que esperar a nadie, así que intenté en todo momento cumplir con las dos normas:

  • Llevar una velocidad aceptable. Cuando voy yo solo tiendo a ir mucho más lento de lo que un ciclista de carretera iría, así que NUNCA bajaría de 30 km/h. Cualquier mirada de reojo al velocímetro deberá indicar una cantidad mayor. Sí, es una velocidad de llanear muy mala para un ciclista, pero es lo que hay. Luego me apunto a una marcha cicloturista, me pico en el pelotón y a los cuarenta kilómetros estoy para el arrastre.
  • Y mantener una cadencia adecuada. Con el plato grande jamás poner las cuatro coronas pequeñas. Y aún así, creo que me quedo corto. Debería ir a un mínimo de 80 rpm.

¡Salimos! Para acercarnos a la zona de El Saler iremos por Sedaví para coger la CV-401, que nos evitará todo el tramo extremadamente dominguero de Pinedo y las playas de El Saler. Pero ojo con pasarse la calle. En el track se puede ver que tuve que callejear por el centro comercial hasta poder tomar la carretera por el paso subterráneo.

Los kilómetros pasan a toda velocidad y en un momento atravesamos las golas de El Perellonet y El Perelló. Desafortunadamente dejaremos atrás la CV-500 en la rotonda de la barca. Decimos adiós a las horrorosas fachadas de los edificios de apartamentos de la zona, el culmen del feísmo setentero, pero también decimos adiós a unos generosos arcenes que se convierten en una parodia de arcén. Al menos a partir de aquí el tráfico es más escaso, pero ojo con arrimarse demasiado a la derecha, porque puedes caer en una acequia.

Tras pasar los innumerables Marenys de la zona llegamos al barrio del Faro de Cullera y con ello, la primera cuesta del día. Nada. Sólo con poner el plato pequeño y subes perfectamente. El problema llega a la hora de subir hasta el radar. ¡Eso son palabras mayores!

Ten miedo de tus expectativas. Aunque la primera calle parece que pueda subirse sin meter el 34-28, la cuesta no hará nada más que empeorar. Mejor llegar a la parte realmente dura con un poco de aliento.

La subida tiene una media del 7,5 %. Es una media, por supuesto. Hay momentos de ligero —ligerísimo, más bien— respiro y zonas donde el corazón va a tope, las piernas más tensas que haciendo sentadillas e incluso con la sensación de que vas a perder el equilibrio y te vas a dar de bruces por no poder descalarte y ponerte en pie en una cuesta tan inclinada.

Y aunque con un plato compact y un entrenamiento normal no deberías tener problemas en subir, el último repecho sí es digno de mérito. Para subir los últimos veinte metros hay que tomar todo el impulso posible de una ligera bajada anterior ¡Y a darlo todo! Yo aún no he conseguido subirlo, pero esta vez estuve a punto. A diez escasos pasos. Lo malo es que poner el pie en el suelo con las calas de carretera no facilitan el ascenso lo más mínimo.

Tras las fotos de rigor y la «copiosa comida» consistente en una bolsa de rosquilletas destrozada a base de empotrarla en el bidón portaherramientas, comienza la vuelta.

Bajar desde ahí no tiene ningún misterio, aunque los frenos y las llantas se pongan al rojo. Lo malo fue que intenté volver por la parte trasera de la montaña, por la carretera que pasa por el parque acuático. A la ida vi que estaba vallada, pero me pasé de listo. «Esto será para que pase la mínima cantidad de gente mientras estén de obras, pero en bici se podrá transitar».

Así que tras pasar el núcleo antiguo del pueblo enfilo a la estación, donde a mano derecha empieza la carretera. Más vallas y un cartel: sólo vecinos. «Ya, claro, claro…»

Pero al llegar a Aqualandia hay una valla que corta totalmente la carretera, y delante… La nada. No había carretera. Habían quitado todo el pavimento y la base, dejando la explanada al aire.

Podía haber intentado meterme por alguna urbanización, pero la probabilidad de éxito era escasa. Tampoco quería llegar demasiado tarde a casa y el rodeo ya me había costado media hora.

La vuelta, además de la sorpresa de subir al faro, mucho más inclinado que a la ida, no tiene más complicaciones, pero el cansancio de Calicanto y de la subida al radar hacen mella en mí, así que en la fuente de la plaza de Mareny de Barraquetes paro a beber mucho y de paso me como la barra de gel que me ofreció Juan Deler en su tienda. No sé a ciencia cierta que llevará esa especie de gelatina de mermelada, pero el caso es que te da un subidón tremendo. Hasta Pinedo sin apenas dificultades. Pero al llegar a los puentes de Nazaret el cuerpo pide ya descanso…

Afortunadamente apenas queda nada para llegar a casa. A las seis ya estoy comiendo un plato de arroz en el sofá, pensando en lo mucho que está cundiendo el día, en la cantidad de sitios que he estado y en los lugares que quedan por explorar.

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  • Foto de Radar de Cullera
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