Tiempo  3 horas 58 minutos

Coordenadas 1362

Fecha de subida 7 de diciembre de 2015

Fecha de realización diciembre 2015

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596 m
3 m
0
18
35
70,1 km

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cerca de Benimaclet, Valencia (España)

Hoy Juan y yo, en nuestra serie de aventuras domingueras carreteriles teníamos pensado hacer algo grande —lo que viene siendo habitual— pero los planes se han torcido. Debíamos estar en Valencia a las doce del mediodía, así que necesitábamos un reto modesto en cuanto a distancia pero grande el el terreno deportivo. Esto no son los típicos paseos del Comando Patraix, donde se acumulan más calorías que las que se gastan. Aquí se pedalea, aquí se intenta salir de la zona de confort cardiovascular, aquí se sube, aquí se suda… Bueno, y también se almuerza, pero con mesura. Nada de salir a la carretera borrachos como hacen muchos, que si algún día me ahostio no quiero que el seguro de responsabilidad civil de la federación se lave las manos.

Al final, nos hemos decidido por un camino que no conocíamos, y además en el sentido verdaderamente complicado. Hemos ido a subir La Frontera desde Estivella.

La cuestión es que hemos salido a las siete de Valencia, bien de noche, a esas horas en las que rezas para que ningún borracho de esos a los que le encienden las luces del garito te atropelle por la Gran Vía. Tan pronto que ni siquiera me ha dado tiempo a almorzar en condiciones. Tras llegar a la vía churra nos hemos perdido. Con la oscuridad no veía el GPS y hemos dado una pequeña vuelta para llegar de Alboraya a Albalat. Lo típico, intentas evitar el camino de siempre y acabas tardando el doble. Pero total, no hay problema ya que vamos todo el rato a más de 30 km/h, y eso que Juan hasta que no calienta no rinde.

Cuando hemos empezado a subir por la N-234 es donde he notado que desayunar tan sólo un trago de zumo me ha pasado factura y me he empezado a doblegar. Si ya voy así, ¿cómo pretendo subir a Segart? Además, me conozco lo suficiente para saber que en mi caso, del «necesito ir más despacio» al «como no pare me desmayo» puede pasar como una media hora. Pero Juan llevaba geles sabor a naranja que me han salvado la mañana. Incluso me atrevería a decir que demasiado.

Nada más abandonar la carretera en Estivella y cruzar el paso subterráneo bajo las vías del tren ha empezado la cuesta. Había oído muchas leyendas: que si es la carretera más dura de Valencia, que si al bajarla quemas las zapatas del freno, que si hay que estar muy en forma… Todo es, en buena parte, mentira.

No hay que llevarse a engaño, la carretera se las trae. Siempre intento dejar la corona de 28 para casos de extrema necesidad, pero a los cien metros el 34x28 ha caído y no lo he quitado hasta la cima. Una carretera —que yo más bien diría que es una pista pavimentada— con un asfalto espantoso, llano pero plagado de charcos de gravilla, y con los kilómetros que quedan para llegar a la cima pintados de blanco por algún club ciclista anónimo.

Pero sin embargo no he sentido la necesidad de bajar de la bici e ir a pie en ningún momento. Tentación, si. Necesidad… no era para tanto. Vale que a veces necesitaba ir haciendo eses. Vale que un par de veces la rueda delantera se me ha despegado del suelo. Incluso he estado a punto de meterme un tortazo derrapando casi parado en la gravilla, pero cualquier persona con bielas compact y en una forma aceptable, ya sea tardando poco o bien parando de ven en cuando lo puede afrontar. Además, en los momentos en que la pendiente no era insultantemente pronunciada me atrevía a sobrepasar a Juan silbando y cantando mientras el resoplaba como una locomotora vieja subiendo Pajares.

Los poco más de cinco kilómetros se nos han puesto por montera y el bar ha tardado tanto en aparecer que ya pensaba que nos habíamos perdido. Por eso cuando hemos llegado al restaurante El Chaparral la satisfacción ha sido doble. Por el reto superado y por las ganas que teníamos de llegar.

Prácticamente no había nadie, pero cuando hemos comenzado el camino de vuelta a Valencia por Náquera y Serra la subida parecía una autovía de ciclistas subiendo. Plena hora punta y piques de rivalidad sobre ruedas. Para poner la guinda en la ruta faltaba el toque colorido que ofrece la carretera de las canteras de Porta Coeli (CV-328) pero ya sería con el tiempo demasiado justo, así que hemos llegado a Bétera a toda velocidad para bajar a Valencia por Burjassot.

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  • Foto de Cima de La Frontera
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