Tiempo  3 días 9 horas 57 minutos

Coordenadas 26769

Fecha de subida 24 de abril de 2019

Fecha de realización abril 2019

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cerca de Minuto de Dios, Distrito Capital de Bogotá (Republic of Colombia)

Puebliando en la Nación Muisca, 10 Años después; Bogotá a Santander, Recordando Mi Primer Viaje de Cicloturismo. Abril 2019

La nostalgia, es una aceptable máquina del tiempo, que incluye tristeza, tan necesaria como cualquier felicidad pasajera, para aprender y depurar el alma, un lamento por un tiempo que se fue de las manos como agua entre los dedos, pero viene también con esa extraña alegría que se mezcla con lo que ya fue, e impulsa el querer conmemorar y recordar con anhelo, volver a sentir ciertos pasajes, releer ciertos capítulos, aplicar lo aprendido, aunque ya se sepa, que no sería jamás lo mismo y esa es justo la gracia de ella.

No es del todo mala, no es aferrarse al pasado ni anclarse a lo irreversible, sino querer nuevamente y disfrutar, aquello que se creía perdido. No es esperar una copia exacta, no es resignarse a que antes todo fue mejor. Pintar este presente con algunos matices de lo que ya fue, tras un puñado de años y un océano de momentos, recuerdos, aniversarios, década, dolor, alegrías, satisfacciones y tantos otros tonos con los que inicié esta pequeña historia, de la semana santa del 2019.

Apelé a mi voluntad, de salir corriendo de la última suerte, que no permitía vivir bien y me postraba en un presente estéril y quise recordar un viaje sencillo, pero inolvidable, por ser el primer viaje de ciclo turismo, impulsado en 2009, con mi vieja bicicleta negra de hierro, La Poderosa y con un equipaje rudimentario, pero muy efectivo a la hora de llevar mis ganas de atravesar la nación Muisca, desde Bogotá, hasta el sur de Santander.

Con cada pedaleada, me sentía orgulloso, feliz y asustado, por estar a punto de leer el mismo libro, pero una década después, volviéndolo irremediablemente, un texto diferente. A diferencia de hace diez años, no salí en la tarde de la gran ciudad y ya había tenido la visita de Edwin, mi entrañable amigo de una temprana y fugaz juventud de colegio, en mi trabajo pocos días antes de iniciar. Tan solo fue intercambiarle a él mi secreto de querer salir por esa misma ruta de diez años atrás, por su sonrisa, que me ayudó tanto, como su apoyo con el equipaje y la bicicleta, en aquel primer viaje.

Mi siempre protectora y querida hermana mayor, su esposo y mis sobrinas, me despedían y emprendí lo que había sido otrora, una de las mejores travesías de mi vida. Tantas cosas pasan en diez años, tantos logros, que antes solían vestirse de utopía, tantas pesadillas hechas realidad, que pensé que al suceder, me matarían, tanta sorpresa por ver una vida que no imaginaba, porque sucedió mil veces mejor de lo que pensaba, pues ya todo lo pasado bueno y malo, fue ganancia y esperaba despedir esa década, como más me gusta, tal cual como cuando celebré mi viaje a China, mi regreso a Rumania o como me desahogué, por haber perdido a mi madre a mi nana Carmen o a mi tío Héctor, protector, padre y amigo en mis tiempos más difíciles, simplemente evocando una línea, recorrerla en un mapa y todo con la magia de la bicicleta.

Me sentía más seguro, con cada dejavú en forma de paisaje y poco a poco fui recordando las escenas de diez años, no sólo las de aquel primer viaje. La banda sonora, era la misma que llevaba el argentino Damián López, quien me enseñó esta manera de viajar, o de vivir más bien y entonces con Jorge Drexler, Mercedes Sosa, León Gieco, Fito Paez y Gustavo Cerati, ya no en un mp3, sino en la cabeza y con mi voz, seguía atravesando veredas, pueblitos y parajes lacustres, al compás de mis pedales y el auspicio de la curiosa y amable gente, descendiente del pueblo Muisca.

Disfruté de una salida tranquila de Bogotá y un buen desayuno en Sopó, con una visita al hotel Camelia Real y preguntar por la dueña, para agradecerle una vez más, por ese nuevo testamento que luego le di a mi mamá; salía del pueblo con una buena lluvia, que me refrescó la frustración de no poder ver ni a la señora, ni a los ángeles de la iglesia. Que sea lo que sea, como dice la canción y luego de ascender y de un saludo a otro ciclo turista que pasaba en sentido contrario, me adentro en los bosques de Tominé, para al final, redescubrir la bella Guatavita y los reflejos de los arreboles en sus aguas vecinas, que cada vez más, poco a poco, devoraba la oscuridad, hasta hacerlos desaparecer.

Allí recuesto mi cabeza, con ese paisaje, no sin antes recorrer sus calles blancas, ya no para buscar un taller y soldar mi vieja bicicleta, o beber agua, sino para disfrutar de un lugar sagrado, que una década después, estaba atiborrado de turismo y suvenires. Me voy a repasar la historia sagrada muisca en el museo, mientras mi bici, la libélula, reposa en el teatro y así descanso del primer día, donde alivié la frustración de no poder tomar ni una foto en 2009, obturando una y otra vez, la vieja cámara réflex de mi mamá.

Levanto mi carpa antes que me sorprendiese el sol, al día siguiente, pues sería el día más difícil y exigente, pero ya en camino, me vi sonriente, feliz, descendiendo a Sesquilé, Suesca y el naciente cristalino, Río Bogotá, para con toda la calma y goce del mundo, subir la montaña que antes fue un completo báratro y esta vez como si nada, para llegar al páramo del crucero. El sol me sonrió cínicamente todo el día y la montaña no me regaló aquel paisaje de neblina fresca que me arropaba, como en esa primera vez, aunque pude ver con más claridad, aquel horizonte que abandonaba y aquel, al que alegre, me dirigía. Llegué al Crucero sin darme cuenta, entre un camino de tierra, adornado con viacrucis de flores, habituales de aquel viernes santo y luego de suspirar con la evocación de viejas vías del tren a Tunja y ver un paisaje que apenas cambió con el paso de los años, me reencontré con la laguna de Suesca, en donde miles de imágenes, regresaron a mi cabeza.

La tarde agonizante me mostraba aquella arquitectura extraña de las casas anteriores a Cucunubá; fue como si estuviese pedaleando en los mismísimos Cárpatos y mientras tomaba fotos como loco, para no dejar escapar la coincidencia, descendía acompañado de dos niños pelirrojos, también en bicicleta, que me sonreían con bella timidez, hasta llegar a aquel bonito pueblo colonial.

Llego a Ubaté, con las últimas luces del día y resuelvo continuar hasta Chiquinquirá, por la vía nacional, pero el tráfico me ha hecho desistir, más exacta o irónicamente un conductor de taxi, que a pesar de su embriaguez, me convence de parar en aquel próximo pequeño pueblo, uno de los últimos de Cundinamarca, mientras él me confesaba que tenía miedo por conducir así, hasta su Ubaté natal, no por un eventual accidente, sino por la muy posible paliza de su esposa, al verlo llegar así.

Espantando así la estupidez de perderme la laguna de Fúquene por pasar de noche, hace diez años, donde caí de la bicicleta por la fuerza de un tracto camión que me sacó de la vía al pasar a centímetros, llegaría con la cómplice luz de la luna, hasta Capellanía, donde culminaba mi segunda jornada, que no fue tan dura como creía o como lo fuese años atrás y a la mañana siguiente, sin soslayar nada de lo ya hecho con mi conciencia, disfrutaría con la luz de la mañana, a la bella madre del Río Saravita, que también baña a mi tierra y le da vida, la Laguna de Fúquene, quien sufre por la estupidez humana y sin embargo me ofrecía la mejor despedida de Cundinamarca.

Entre viejos túneles y la abandonada callejuela de la vía del tren, llego a Boyacá, para cumplir con otro capítulo más, de aquellos difíciles, de la aventura original, el famoso Alto de la Palestina, donde me asfixió el cansancio, las fuerzas me abandonaron y la oscuridad, que al menos esta vez ya no estaría, me eclipsaba mi optimismo de llegar a Chiquinquirá aquella noche. Despinché a un amigo que viajaba con su novia en bicicletas de ruta para después ascender dicho alto en un parpadeo, sin sentir una milésima del averno que fue en el pasado, el cual terminaba con la aparición de una Virgen diáfana y luminosa, que ahora, reverenciaba agradecido, bajo la luz del brillante sol.

Volví a leer uno a uno los carteles con la oración a la Virgen, a mi diestra “Llena eres de gracia…” hasta que me vi envuelto por las calles de Chiquinquirá y la sonrisa de la señora Blanquita, quien ahora con su esposo en nuestro corazón, nuestro recordado Don Julio, me sonreía y me daba una vez más la bienvenida. El medio día fue fresco y pude disfrutar de su mirada llena de paz, la misma de hace diez años, cuando por fin llegaba tarde en la noche, a resguardarme con el abrazo de Don Julio y ella, después de un día inolvidable en bicicleta, por lo duro que fue.

Villa de Leyva fue el lugar donde llegué esa tarde a descansar, luego de cruzar por el desierto y los bellos pueblos intermedios, como Tinjacá y su hermosa iglesia a la que de nuevo entré a bañarme con la tenue y colorida luz de sus mágicas ventanas. La música en vivo y una agradable cena, junto a la gente que disfrutaba de ese lugar, fueron el epílogo de un día más, de viaje maravilloso. Armando mi carpa antes de un torrencial aguacero, en el mismo lugar donde lo había hecho aquella ya lejana vez en el tiempo, pude descansar con el arrullo musical de una lluvia que tal vez cesó, poco antes de salir el sol. Un pequeño paseo por aquel lugar tan visitado, sirvió de antesala para el último día de esta nueva y al mismo tiempo antigua aventura.

Ya mis madres, mi tío, Don Julio y muchos recuerdos en el corazón me acompañaban; ya no me esperarían en casa, pero emprendía así, más feliz que hace una década, el regreso. Ascendía con facilidad a Guatoque o Santa Sofía, último pueblo de Boyacá, con sus hermosas y extrañas iglesias que sirvieron de fantasía en breves visitas a este lugar en mi niñez, su gente amable, sus orquídeas y clavellinos (...) La misma señora en la misma tienda me sonreía mientras lograba recordarme. Abandono este pueblito porque me espera el mío, pero antes, la cordillera más dura para poder llegar a casa, me esperaba para conquistarla una vez más. El obelisco me esperaba para adornar la triunfante escena que bajo la lluvia tuve cuando llegué allí por primera vez.

La misteriosa neblina de la montaña, bañaba mi alegría y acentuaba el ritmo del corazón, mientras adornaba todo alrededor, aunque aquel señor quien sabía que aún vivía, don Carlos Sotelo, que apareció con su ruana negra, ojos brillantes como estrellas y caballo blanco en medio de la lluvia, en mi primer paso por estas tierras, no se dejó ver, ni me echó esta vez sus fantásticas coplas. Vi su caballo tranquilo pastando a mi izquierda y allí entendiendo que no sería una réplica exacta de mi primer viaje, evoqué su alegría y salvadora presencia, con una buena sonrisa y uno de sus versos, que guardo como un tesoro en el viejo baúl de mis memorias.

Entonces seguí hasta por fin coronar la cima, que marca el límite entre Boyacá y mi Santander; en homenaje limpié el lugar de basura y descendí a mi pueblo que ya brillaba en el oeste. Lleno de la misma alegría y alzando los brazos, sólo agradecía. Ni una avería, ni un pinchazo, ni un momento duro de travesía. Disfrute pleno y un viaje no solo a mi casa, sino a un bonito pasado, como antesala a un gran presente de buena salud y más sabiduría, donde soy feliz.

Esta vez no llego de noche ni con lluvia torrencial y luego de quitar una gran roca que no daba paso en el camino de herradura que enlaza a mi Puente Nacional con la hermosa Boyacá, llego al parque y frente a la iglesia de mi pueblo, me toman la última foto. La bella Juliana, una amiga con quien a veces caminaba y con quien gozo de su gran compañía, detiene el curso del GPS y así pongo fin a esta nueva, vieja travesía. Esta vez no me esperaban en casa mis pequeños sobrinos que al llegar esculcaban curiosos el predecible regalo en mis maletas, ni mucho menos mi madre que me brindaba su abrazo y bendición, pero mi hermano Juanito me abre la puerta y me hace ver lo afortunado que sigo siendo por gozar de familia.

Posiblemente la nostalgia sea incurable y me dedique ahora a pedalear lugares ya recorridos, pues mi esencia es evocar y adornar mi presente con aquel álbum de fotos, llamado pasado, que me enseñó a vivir. Si mi presente es hermoso, se lo debo a mi pasado y no puedo pasar como si nada sin agradecerle. Tal vez pase de nuevo por las sabanas del Cesar, refresque mi felicidad en las playas de la Guajira, suba a la sierra a ver los hermanos mayores y las estrellas, vuelva a vivir como niño un bosque en Transilvania, recuerde a mis ojitos de gato, cuando pasee solo por los Hutongs de Beijing, o cuando caminábamos de la mano en el parque Houhai, saboree el horizonte infinito del llano o vaya a Turmequé y me convenza, que todo solo fue un sueño que no pudo ser, e ir en son de paz, cuando el tiempo siga enseñando a escuchar, a entender a los demás, a no verles cómo desechables y a curar. Entonces, Medellín, a donde llegué hace seis años, para pasar el luto por la muerte de mi madre, me espera y allí en absoluta revancha, estaré próximamente.

Sin duda fue un viaje mágico, igual que el primero, pero más fácil y esto hizo que volviese a escribir, a soñar y a desear visitar lugares nuevos, porque el presente, a pesar de todo, se dibuja mejor que el pasado, incluso cuando en él, lo tenía todo.
Guatavita Cundinamarca
Campamento
Sesquilé Cundinamarca
Ascenso al Crucero
El Crucero
Laguna de Suesca
Cucunubá Cundinamarca
Ubaté Cundinamarca
Notibarro informa

8 comentarios

  • Foto de Oscar Upegui

    Oscar Upegui 12-ago-2019

    Tremenda travesia compañero y tremenda crónica cargada de buenos recuerdos y sentimientos que producen nostalgia sin duda alguna al leer y recordar ese gran sentimiento de amor por tu Madre y tu tío que estoy seguro te acompañan dia a dia, el registro fotográfico sencillamente espectacular, lo felicito compañero por este excelente trazado acompañado de los mejores recuerdos.
    Un Abrazo DXMARIUS y gracias por compartir el trazado.

  • Foto de DXMARIUS

    DXMARIUS 12-ago-2019

    Gracias Oscar, si todo sale bien, nos veremos en Medellín.

  • Foto de Oscar Upegui

    Oscar Upegui 13-ago-2019

    Claro que sí compañero, cuando este por aqui me hace saber para acompañarlo un rato en cualquier ruta, espero estar bien para ese día, pues hace más de un mes y medio que me accidente y me fracture una mano, eso hace que no monto en bici, ya perdí el nivel.
    Después del 20 de este mes cumplo la incapacidad.

  • Foto de DXMARIUS

    DXMARIUS 13-ago-2019

    No tenía ni idea porque no he podido ver rutas, pero deseo que se recupere pronto. Para aproximadamente finales de este mes o principios o mediados de septiembre estoy allá. Iré en bicicleta y me gustaría principalmente conocer la zona de Guatapé y hay una que otra ruta que tengo grabada para seguirla allá, de su autoría, pero prefiero llegar primero allá y charlarlo. Ojalá Liliwhale 🐳 también pueda estar o al menos saludarla. Ya le comenté a @Diegono también. Ojalá siga recuperándose mi amigo.

  • Foto de DXMARIUS

    DXMARIUS 13-ago-2019

    Una ruta al menos y ojalá estén los demás amigos de allá como Esneider Román, Diegono, Lili entre muchos otros. No sé aún la fecha pero voy a cuadrar eso y avisar con tiempo

  • Foto de Oscar Upegui

    Oscar Upegui 13-ago-2019

    Claro que si amigo, me va contando yo trato de unirlos a todos para hacer la ruta que le apetezca por estas tierras, esa zona de Guatapé es muy bonita y hay mucho que ver y que conocer, espero estar recuperado para la fecha.

  • Foto de Josep Mª Dalmau

    Josep Mª Dalmau 06-sep-2019

    Sencillamente impresionante... vaya rutón, el poder revivir todos estos deliciosos paisajes es una alimento para el alma.
    Felicidades DXMARIUS por esta gran ruta.

  • Foto de DXMARIUS

    DXMARIUS 06-sep-2019

    moltes gràcies meu amic

Si quieres, puedes o esta ruta