Tiempo  3 horas 12 minutos

Coordenadas 3466

Fecha de subida 1 de octubre de 2017

Fecha de realización octubre 2017

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42,79 km

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cerca de Arroka, País Vasco (España)

El grupo de amigos que este verano habíamos realizado las dos excursiones al valle de Labetxu (conocido también como valle de los Colores) y al Laberinto Blanco, en los acantilados del monte Jaizkibel, teníamos pendiente de contemplar desde el mar estas joyas de la naturaleza.
Así que junto a más amigos y familiares (42 en total) nos hemos animado y atrevido (a pesar del mal tiempo) a realizar la travesía un 1 de octubre, “Día Internacional de las Personas Mayores”, y de paso trasladar el mensaje de que las personas mayores no somos lo que fuimos, sino que somos lo que somos, y para reivindicar que envejecer no es ninguna limitación para seguir aportando nuestro granito de arena a la sociedad.
En esta fecha tan significativa, los excursionistas “Mayores” (pero aún no tanto, jeje) y más jóvenes, tuvimos la suerte y honor de contar en la travesía con la compañía de la activa dinamizadora y siempre animosa Eva, responsable de Participación Ciudadana del ayuntamiento donostiarra, que ha puesto en marcha el Proyecto “Bagara-Somos”, en el que han participado 80 hombres y mujeres (5 de nuestro grupo habitual) a los que los años no nos han convertido en pasado, y nuestro presente sigue lleno de retos, inquietudes, sueños y deseos.
En el barco teníamos de guía a “otro nunca mayor” JM Alquézar, gran conocedor y enamorado de este litoral que tan bien conoce, que junto a Javier también del CVCE y nuestra amiga Carmen, son los autores del texto que a continuación describe esta extraordinaria travesía, que ni la meteorología adversa pudo con los ánimos y buen humor de sus pasajeros, que luego terminamos con una comida como en ocasiones anteriores, en buen ambiente y camaradería, en la sociedad del Club Náutico hondarribitarra, gracias al arrantzale Joxe Beñardo, quién en el barco también aportó, micrófono en mano, sus conocimientos del litoral y sus gentes.
En el reportaje fotográfico agradecer especialmente al amigo Rafa por la aportación de sus magníficas fotos.

La montaña de Pasaia y Hondarribia –Jaizkibel- es un museo natural al aire libre que es necesario conocer, para así, en consecuencia y en conciencia, valorar, conservar y proteger. Ha estado a punto a desaparecer si se hubiera hecho realidad un proyecto endemoniado de un puerto exterior, que no tenía justificación real, actualmente paralizado temporalmente.
Para evitar sorpresas hay que lograr la protección con la reserva marina integral y la ampliación del Geoparque del Flysch de Zumaia hasta aquí. La naturaleza no es nuestra, somos parte de ella y en nuestras manos tenemos el pasado como el presente e incluso el futuro de este legado “ Jaizkibel Amaharri.
Y luego está el monte Ulia, otro escenario salvaje, no amenazado, pero que necesita igualmente la protección marítima.
Para poder ejercer una oposición con conocimiento de causa hay que conocer muy bien los montes Jaizkibel y Ulia, en todo su esplendor. Para ello hay que recorrerlo caminando, explorando y descubriendo sus valles colgados, sus rasas mareales, grietas, ensenadas, farallones catedrales de piedra donde se desarrollan múltiples y diferentes geoformas con luces y colores diferentes, un espectáculo considerado, para muchos, como el más impresionante del mundo a nivel de litorales, de manera que los altos y verticales acantilados como los de Morkotx/Labetxu rivalizan con espacios naturales de los Parques Nacionales del Oeste Americano, pero en miniatura. Ningún sector tiene desperdicio, todos son diferentes, a pesar de que algunos para justificar lo que hubiera sido uno de los mayores atentados ecológicos de la naturaleza, afirmaban que no tenía valor, que era muy uniforme.
Jaizkibel y Ulia son dos obras maestras de la naturaleza. Con un entorno submarino en peligro, que contiene un alto nivel de diversidad, tanto en especies que allí viven como por los tipos de fondo, de gran riqueza natural por su buen estado de conservación.
El monte Jaizkibel se desarrolla entre dos bahías, la de Txingudi en Hondarribia y la de Pasaia, y Ulia entre la de Pasaia y Urumea y sus franjas marítimo- terrestres, que se recorre siguiendo una ruta conocida como “senda del litoral-ruta de los acantilados de Ulia y Jaizkibel” La travesía se ha convertido en objeto de deseo y vienen a conocerlo de toda Europa. Para entusiasmarse con sus diferentes paisajes diferentes a todo lo conocido. Completarla en integral supone un reto, un desafío, y especialmente uniendo los dos montes en plena autonomía, durmiendo allí, en el terreno, disfrutando minuto a minuto, observando y fotografiando este escenario, que se considera como uno de los trekkings más bellos del mundo a nivel de litorales.
Es el último eslabón de la costa guipuzcoana sobre el cambiante y eterno océano. La formación Jaizkibel (desde Hondarribia hasta Zumaia) nos desvela la historia de la tierra en un viaje por el tiempo. Si el monte Ulia es la introducción a paisajes diferentes, es en Jaizkibel cuando el espectáculo alcanza la obra maestra, gracias a una orografía compuesta de cuencas en acordeón, valles colgados, (valles en chevron) por donde navegan cascadas cargadas de aguas saltarinas que en ocasiones terminan en cascadas. Jaizkibel y Ulia son muy ricas en manantiales cuyas aguas se han utilizado para abastecer a la población en otras épocas distantes.
En esos valles y en la costa se desarrollan fantásticas y caprichosas geoformas, producto de la erosión de la tierra en millones de años que con aspectos extraños, enigmáticos, insospechados e insólitos son únicos en el mundo, y a ello hay que añadir sus tonos y colores. Además el océano, extensión eterna, es el socio y compañero insustituible en nuestras andadas en el trayecto más asombroso que nos podemos imaginar.
Reconozco que las laderas norte y, especialmente, la franja litoral de Jaizkibel y de Ulía siguen sorprendiéndome y emocionándome como el primer día que descubrí las exquisitas obras de arte con las que la naturaleza nos obsequia en dicho entorno. No en vano encontraremos en él, una amplia sucesión de formas y colores esculpidos en roca arenisca por la erosión del viento y del agua a lo largo de muchísimos años y que además, cuenta con unas zonas de interés geológico calificadas por Aranzadi como únicas a nivel mundial.
Pero la asignatura pendiente, la de la mayoría de los aficionados es conocer el litoral desde el mar. Otro ejercicio diferente y muy recomendable. Es otra visión, desde otro ángulo, otro encuadre y por ello organizamos una travesía en “Catamarán desde Hondarribia a Donostia y regreso”, siguiendo la línea marítima y a pocos metros de la franja terrestre.
Con una sola idea en mente, que el día de la travesía fuera brillante, soleado, para que la función fuera perfecta y el recuerdo inolvidable por la sinfonía de luces y colores (tierra, mar y cielo).
Pero eso siempre no es posible y así ocurrió. La previsión meteorológica que, salvo raras ocasiones, no falla, en esta ocasión, empeoró. Ya desde primeras horas de la mañana un cielo plomizo dio paso a un pertinaz sirimiri.
Pero a pesar de las inclemencias meteorológicas, realizamos una salida inédita y, al tiempo, altamente interesante, embarcando en el puerto deportivo de Hondarribia, en el catamarán Higer, al mando del capitán Imanol.
Así que, enfundados en nuestros chubasqueros, la mayoría de nosotros nos distribuimos por las dos cubiertas del barco para ir reconociendo y disfrutando de nuestro entorno.
Jesus Mari Alquézar, perfecto conocedor de los secretos de Jaizkibel y Ulía, micrófono en mano, nos ayuda a situar y a identificar todos los puntos de interés.
El arrantzale hondarribitarra Joxe Beñardo, realiza también sus aportaciones sobre estos recovecos del monte Jaizkibel, que conoce como la palma de su mano.
El capitán inicia la singladura poniendo proa hacia el océano. Enseguida contemplamos el fuerte de San Telmo y el puerto pesquero de la localidad y rápidamente flanqueamos el cabo de Higer coronado por su esbelto faro. Una vez superado el islote de Amuaitz, el capitán pone rumbo hacia la bocana del puerto de Pasaia. Pronto avistamos las instalaciones del camping y de la depuradora de aguas residuales. A partir de aquí vamos a visionar un paisaje mucho menos humanizado. Enseguida avistamos las pequeñas ensenadas de la zona de Kapelaundi donde tratamos de adivinar, entre la bruma, los puntos de control de captaciones de agua para el consumo de las poblaciones de Irún y Hondarribia.
Seguidamente observamos cómo el mar gana terreno a la montaña formando el entrante conocido como Artzuko Portua, al tiempo que tratamos de situar, en medio de la vegetación, el punto exacto donde se situaba el otrora prohibido molino de Artzu.
Acto seguido nos situamos frente a las campas siempre verdes de Marla y Txortxipi, aunque en verano se ven salpicadas de blanco y amarillo por la abundancia de flores de manzanilla silvestre que proliferan en las mismas y que, en la actualidad, casi nadie recoge. Es aquí donde, hace menos de diez años, encalló el carguero MARO que la mar lo partió en dos y finalmente fue desguazado.
Y retornando en el tiempo, en esta campa de Marla hay un panel informativo que cuenta una anécdota muy curiosa del experimentado piloto francés Roland Garros.
En mayo de 1911, durante la 2nda etapa Angoulême-San Sebastian de la carrera París-Madrid, el piloto francés se quedó sin combustible pero pudo afortunadamente aterrizar en esta campa.
Gracias a la ayuda de un destacamento de artilleros del fuerte de Guadalupe y de los baserritarras de la zona que le suministraron gasolina, el intrépido piloto pudo despegar su aeroplano tras rodar por la plataforma lanzándose al vacío sobre el mar, para aterrizar posteriormente en la playa de Ondarreta.
Murió en 1918 durante la 1era Guerra Mundial combatiendo en el cielo de las Ardenas.
Rápidamente un nuevo punto capta nuestra atención. Una especie de aguja gigante parece querer pinchar el mar. Se trata de Punta Biosnar, hoy remontada en su gran parte por las olas que saltan sobre ella. Todo un espectáculo.
Cuando todavía estamos disfrutando de esta última imagen, nuestra vista se centra en una espectacular cavidad que se adentra en el mar. Se trata de la popularmente conocida como “la cueva de Mari” que, desde el barco, aparenta ser mayor de lo que nos parece visto desde tierra firme. Esta cavidad nos indica que estamos frente al paraje denominado Eraintzintxabaleta justo donde se pone de manifiesto ese fenómeno geológico de interés mundial conocido como “paramoudras” (rocas que se crean en el fondo marino, de formas variadas, pero extraordinariamente hermosas, que cuentan con un orificio circular formado por galerías originadas por organismos excavadores); algo que resulta imposible apreciar desde donde nos encontramos, pero que en la siguiente excursión prevista para este otoño visitaremos, a ser posible con marea baja.
Sin solución de continuidad, advertimos cómo el mar forma una nueva ensenada, ahora más amplia, y escuchamos el estrépito de las olas al chocar contra los grandes muros que la cierran por el este.
Estamos frente al muro que parece inexpugnable de Erentzin, aparecen ante nuestros ojos los farallones de Turroia con su blanca concha y después el “Laberinto blanco”, que da paso a los frontones rojos, amarillos y ocres de Morkotx.
De ahí el nombre de “La playa Roja” que es como se le conoce en el entorno montañero. Un pequeño riachuelo divide la playa en dos que termina en una gran cueva natural excavada en el propio acantilado y que en su interior pétreo, como ya lo tenemos comprobado, es posible distinguir, al menos, el mismo número de colores de los del arco iris. Lástima que hoy no podamos apreciarlo.
Estamos frente a Labetxu, un lugar verdaderamente mágico. A duras penas, las nubes nos permiten vislumbrar el Valle de Gaztarrotz donde, estoy seguro, todavía quedan rincones con muchos secretos pendientes de descubrir.
Mientras tanto un nuevo fenómeno natural se presenta ante nosotros, Se trata de la gran grieta de Akarregi que secciona la montaña al borde del mar. El fondo de la grieta es un caos de rocas desprendidas de sus paredes por efecto de la erosión.
Casi sin solución de continuidad nos vemos frente a la playa de Azabaratza, refugio de pescadores y recolectores de algas marinas. Junto a ella, a poniente, se sitúa una gran laja pétrea que se precipita al mar. Sobre la misma se ha esculpido una especie de sendero que con las condiciones meteorológicas de esta mañana seguro que estaría bastante peligroso.
Como el barco no para, enseguida divisamos la mole de Sanjuanarri, un gran peñasco que, visto desde tierra, se asemeja a un gran martillo que quiere golpear al océano. Al otro lado, solo separado por un arroyo, adivinamos otra de las grandes maravillas con las que cuenta Jaizkibel.
Se trata de lo que Jesus Mari denomina, con razón, “la gran ola pétrea” de Grankanto. Una más que alargada formación rocosa, situada paralela al riachuelo, que contiene gran cantidad de diferentes y espectaculares, geoformas, filigranas, colores, formas y ventanas cuya belleza cautivó al mismo Victor Hugo, quien describe el lugar en su libro PIRINEOS.
Pero ahora nos encontramos ya frente a las moles rocosas de Arandoaundi, ello indica que estamos casi en la bocana del puerto de Pasaia.
Entonces el capitán nos obsequia con una vuelta por su interior, y la amiga paisaitarra Carmen toma el micrófono para hablarnos de la historia y curiosidades de Pasaia, mientras nosotros disfrutamos de las vistas que tenemos, tanto a babor como a estribor.

Dos faros señalan la salida al Cantábrico del Puerto de Pasajes: El Faro de La Plata al Occidente de la Bocana, en el monte Ulía, y el Faro de Senokozulua en la parte oriental, hacia mar abierto.
Pasajes (en euskera Pasaia), es un municipio formado por 4 distritos o pueblos: Pasajes San Pedro, Pasajes San Juan o Donibane, Pasajes Ancho y Trincherpe, todos en torno al Puerto.
Es en la década de 1980 cuando pasó a denominarse Pasaia (Pasaje), conservando el carácter del topónimo. Es un puerto natural, aislado de los embates del mar Cantábrico.
En Pasai San Pedro (en las faldas de Ulía), hasta los años 60, el mar alcanzaba las fachadas de las casas, como hoy todavía en Donibane.
Pasajes Ancho o Pasai Antxo, en el lado opuesto, limita con Errenteria. En el siglo XIX, Pasajes era una marisma pantanosa.
Pasai Trintxerpe se encuentra entre Pasai San Pedro y Bidebieta, barrio de San Sebastián.
Los monumentos religiosos y civiles que destacan en Pasai San Pedro, son la Iglesia parroquial (siglo XVIII), la Escuela de Formación Profesional Náutico-Pesquera (“monumento al cemento”), el astillero ALBAOLA donde se construye una réplica de la Nao San Juan que en su día viajó hasta Terranova, y la escultura de Néstor Basterretxea (sobre un pilote metálico como los usados para ampliar el muelle).
En Trintxerpe, la Iglesia Ntra. Sra. Del Carmen, con el Retablo Mayor de Aránzazu. Esculturas de Ricardo Ugarte de Zuriarrain, como la gigantesca ancla (en la rotonda de entrada a Trintxerpe).
En Donibane, la Iglesia de San Juan Bautista (con urna de Santa Faustinita,/ hija de un rey moro,/ que mató a su padre con un cuchillo de oro. / Ni era de oro,/ ni era de plata, / que era un cuchillito / de pelar patatas), la Ermita de Santa Ana en la ladera (hoy Albergue del Peregrino).
Al final de la calle San Juan está la Ermita del Santo Cristo de Bonanza. La Plaza fue rehabilitada por Luis Peña Ganchegui en 1999. Desde ahí, si sigues caminando junto al agua, hacia la salida de la bahía, tras pasar bajo el arco de sillería de Bonanza, y bajo los soportales de un caserón, y junto a la “casita” construida sobre restos del castillo de Santa Isabel, se llega al merendero-cantina de Puntas, junto a Alabortza (con vistas y sardinas muy apetecibles).
La representación civil se observa en “Casa Cámara” y “Casa Gaviria” conocida como “Casa Víctor Hugo” (pasó ahí alguna noche). Otros edificios son el Palacio de Villaviciosa y Palacio Arizabalo, sede actual del Ayuntamiento de Pasaia.
Además de los cuatro edificios administrativos del puerto, a la altura de Buenavista, ejemplos de buena arquitectura racionalista.
Mientras atendemos las explicaciones de Carmen, vemos los acantilados de Arandotxiki con su pequeño faro, el castillo de Santa Isabel, la Iglesia de Santo Cristo de Bonanza, la ermita de Santa Ana, los edificios emblemáticos de Donibane y San Pedro, así como el astillero de Albaola
De vuelta al océano, pasamos de nuevo junto a los grandes muros de Arandotxiki en cuya parte más alta se sitúa el almenado faro de La Plata.
Poco después observamos los altos frontones de roca de Putakio. Se trata de unas paredes completamente lisas que se internan en el mar y que, de acuerdo con los entendidos, junto a los de la zona del faro de La Plata, son los más verticales de la costa vasca.
Sin embargo, la orografía cambia rápidamente y, acto seguido, divisamos la cala Illurgita con su playa de cantos rodados de diversos colores y formas y que en su extremo occidental cuenta también con un grupo de pequeñas "paramoudras".
Es en este punto donde el capitán del barco da un giro completo y pone proa en dirección a Hondarribia, pues el horizonte marino sigue grisáceo y el agua del cielo no arrecia y toca regresar.
Ahora alejándonos del litoral para en alegre y combativa navegación retornar al puerto deportivo de Hondarribia.
¡¡¡Hay que volver!!! pero con mejor tiempo. Nueva asignatura pendiente.

1 comentario

  • [email protected] 12-oct-2017

    Travesía maravillosa por el impacto visual envuelto en la lluvia, y en explicaciones de sus geoformas, puro Cantábrico añadiendo "cĺima" de relación entre viajeros para terminar celebrandolo con una apetitosa comida. ¡Para repetir!

Si quieres, puedes o esta ruta