Tiempo  5 horas un minuto

Coordenadas 1871

Fecha de subida 1 de agosto de 2018

Fecha de realización agosto 2018

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467 m
-1 m
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11
21
42,26 km

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cerca de Castelldefels, Catalunya (España)

La Ermita de la Trinidad (180mts), es un rincón encantador enclavado en el parque natural del Garraf, antigua capilla marinera que constituye un pequeño mirador sobre la costa, su fachada y sus pilares inclinados con piedra, nos recuerdan la obra de Gaudi, la panorámica es espectacular con el mar de fondo y rodeado por pinos.
Recorrido
Salimos del castillo por una pequeña trialera que nos deja en el campo de tenis, atravesamos la ciudad buscando la carretera antigua de Sitges, antes de empezar las costas, giramos a la derecha hacia Rat Penat, entrando en el parque de Garraf, dos vueltas de España han sufrido estas pendientes de mas del 20%, seguimos la carretera como si fuéramos a Palau Novella, a la altura de Vallgrasa, giramos a la izquierda y nos adentramos en una pista en dirección a les Planes, a partir de aquí la ruta ya es con una ligera bajada, administramos los 470 metros de altura que hemos tenido que afrontar desde el nivel del mar para llanear entre la cima de montañas, la pista está protegida por pequeños bosques de árboles, pinos blancos, encinas y matorrales, margalló (palmito), goza de vistas panorámicas y está en muy buen estado, se pasa por la Masía Maiol conocida por el Cassal dels Caçadors, dónde hay una pista de tiro al plato, en una explanada abierta al valle, en donde se puede comer y beber bastante bien , proseguimos por la pista, hay que prestar atención en la bajada algo incómoda por muchas piedras sueltas, llegaremos a una antena gigante y luego se baja hasta la ermita que es muy peculiar y dispone de varios miradores, para volver bajamos hasta la antigua carretera de las costas de Garraf, pasamos la cementera de Garraf, al acabar entramos a la izquierda para entrar por un tunel a Port Ginesta para seguir tranquilamente por el Paseo Marítimo, enlazamos en la parte de atrás de la estación de RENFE en Castelldefels, hasta la plaza Juan 23 y subimos al castillo por la Av. Manuel Girona.

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Salimos desde la torre de Guaita
Una trialera interurbana, para empezar a calentar, (me parece que es la única que queda)
Posiblemente es uno de los puertos mas duros cercanos a Barcelona, no en vano han pasado 2 vueltas a España por aqui. Su nombre se lo da la urbanización en si inicio.
Un fugado ...
zonas escalables y zonas NO escalables
Edificio información del parque, helipuerto para vigilancia incendios
Al lado de la carretera, una sima
A lo largo de la subida se va viendo una radar en forma de bola, a la que familiarmente llamamos la bola del mundo, el punto mas alto (un buen entreno por cierto). Dicho radar forma parte de la estación aeronáutica que AENA tiene en las inmediaciones del aeropuerto del Prat, está situado en el Cerro de la Encina Fría (591 mts., dos menos que el CIMET de la Morella, punto más alto del macizo). Pasamos de largo el desvío para acceder, pero si se quiere ver mas de cerca, prácticamente ya estamos.
Es el último de los tres miradores, quizás el mas alto antes de adentrarnos en las montañas
Vallgrasa es un centro de información acerca del parque de Garraf
Hay que dirigirse hacia Can Planes PR37
Indicado en el PR37
Es curioso encontrarse esta casa en este paraje
Marco este wp por lo agradable de este tramo del camino, lleno de árboles y cantos de grillos y pájaros
Nos encontramos con la pista de Sitges, este cruce nos permite 3 posibilidades Hay que ir en dirección a Sitges, a la iquierda.
Mas Maiol, Campo de tiro al plato y restaurante con unas buenas vistas panorámicas.
Puig d'en Baronet 315 mts.
La parte superior goza de muy buenas vistas
Hay una camino para ver la fachada principal, que es lo que realmente impacta.
Se baja hasta la carretera, en Vallcarca hay posibilidad de bañarse en la playa en una cala muy apartada. Existe la posibilidad de volver por la montaña. La magia del cambio de paisaje postapocalíptico tras la incursión del ser humano y la fábrica de cemento entre las montañas, los silos de la zona costera y la estación de tren abandonada proporciona un relato de ciencia ficción, un pueblo abandonado pero escondido detrás de la fábrica. Los árboles secos, las puertas y ventanas tapiadas, la naturaleza apropiándose del espacio. Muy fantasmagórico, dándole todavía más peso a esa sensación de ciencia ficción que da la fábrica cuando la ves en su entorno natural desgastado pero por desgracia futurista. Primeras víctimas de la burbuja inmobiliaria, la inmigración, la explotación laboral, lugares levantados como grandes centros de ocio para una sociedad acomodada que se han quedado vacíos y en ruinas, ahí tenemos un parque acuático en la misma entrada de Sitges, Terra Mítica o la Ciudad de la luz. ¿Pero qué pasó en Vallcarca? A principios de siglo, Butsems y Fradera abrieron una fábrica en las costas del Garraf por su excelente ubicación, con salida al mar y materia prima abundante procedente de las montañas cercanas. Pronto empezaron a llegar obreros de toda España que se fueron agrupando en una colonia al lado de la fábrica. Con los años y el desarrollo de la región cada vez fueron llegando más trabajos y la colonia empezó a ser un pueblo. Un enviado del patrón iba recorriendo zonas deprimidas de España, que eran casi todas a principios de siglo, buscando trabajadores a los que ofrecía salario y casa. Fueron llegando familias enteras de Murcia, de Castilla-La Mancha, de Andalucía, de Extremadura… Una epidemia de gripe en 1918 diezmó la colonia matando a decenas de personas. En 1936, al estallar la Guerra Civil, la primera decisión que tomó el comité revolucionario constituido fue fusilar a los encargados de la fábrica. Después llegaron los bombardeos aéreos —la zona fue un importante objetivo de los ataques de la aviación fascista por la fábrica y la conexión marítima del puerto— y la ofensiva franquista de 1938. En la colonia no se libraron de la estricta vida que impuso el nuevo régimen. Cuando había misa, la Guardia Civil vaciaba los bares y mandaba a todo el mundo a la iglesia. En las décadas de los cincuenta y sesenta el desarrollismo trajo cada vez más gente. En la colonia fueron abriéndose escuelas, bares, iglesia, campo de fútbol, un cine. La fábrica proveía de cemento a los lugareños de forma gratuita así que «no se escatimaba», cuenta un testigo de aquellos años, y el pueblo fue creciendo a toda velocidad calle a calle, una detrás de otra hasta llegar a catorce y seiscientas doce viviendas para cinco mil quinientas personas. Pero eran pisos de cincuenta metros cuadrados y calles sin asfaltar, nada distinto al resto de barrios obreros del país durante aquel entonces. Samit explica que, aunque pudiera haber habido tensión con los diferentes regímenes de poder que se fueron sucediendo, entre los trabajadores la convivencia era máxima. De hecho, aunque todavía haya quien hable de los fusilamientos de los patrones en el 36, los relatos que perduran están más relacionados con las malas condiciones de vida: «Los vecinos que todavía viven recuerdan con mayor pesar los accidentes por la falta de medidas de seguridad; accidentes en los que amigos resultaron fallecidos. O historias como las de sacar a sus hijos a escondidas fuera de la fábrica porque ahí no se trabajaba en condiciones o porque de quedarse allí estaban condenados a una vida casi de claustro, o eran los jóvenes directamente los que se escapan para no tener que trabajar allí. A veces los pillaban y otras lo lograban. Ahí estaba el mayor drama para los habitantes del pueblo». Pese a todo, la mayoría de los testigos de aquellos días recuerdan sus años allí con nostalgia: «La gente era pobre, pero era humilde, muy familiar. Los críos teníamos poca cosa pero éramos felices, si no tenías juguetes te los fabricabas, cogías cojinetes de la fábrica y te hacías un carro», expresa uno de ellos. Todos siguen con un recuerdo muy presente, precisa Samit, «como si todavía estuvieran allí, como si su vida estuviera confinada a esa infancia entre el ruido de la fábrica y el canto de los pájaros». Los momentos en el bar con los amigos, las funciones de teatro, las tardes en la discoteca Kansas City, las comuniones en la iglesia, los partidos de fútbol o las fiestas populares son los acontecimientos de los que no paran de hablar los que vivieron en ese pueblo; un pueblo que ya no existe. El principio del fin fue la crisis del petróleo en los setenta. Y después, cuando España salió del aislamiento y de la autarquía, gran parte de su industria se había quedado obsoleta tras el confort de la inexistente competencia exterior. Con la entrada de oferta extranjera al llegar la democracia, la fábrica empezó a ver cómo bajaban sus ventas de cemento. «La demolición del pueblo comienza cuando la fábrica se moderniza; se necesitan menos trabajadores, todo se va automatizando y los hogares pasan a ser terreno baldío, prestos a ser parte de la ampliación de la fábrica. Pero esta no los podía echar por las buenas, tendrían sus sindicato de trabajadores y ciertas regulaciones», explica el autor. Ahí surgió la controversia. En 1973 comenzó el goteo de despidos, acompañado por el aludido derribo de las casas de los obreros. Para los que habían pasado toda su vida en la colonia, especialmente los que habían nacido o se habían criado allí, fue un trauma ver cómo se iba demoliendo toda su vida. Para obligar a irse los que quedaban, los dueños de la fábrica empezaron a «crear psicosis», advirtiendo que era peligroso vivir allí por la contaminación, pero llevaban cincuenta años junto a las chimeneas y nunca les había pasado nada. Ni un solo caso de silicosis. Sin embargo, con esa excusa destruyeron los huertos que tenían los trabajadores para que las sucesivas ampliaciones de la fábrica tuvieran espacio. Después de las presiones al menos llegaron suculentas compensaciones económicas para sacarlos a todos de allí. «Los indemnizaba con una cantidad considerable para la época y podían comenzar una nueva vida en otro lugar. Otras personas consideran esa cantidad una limosna», precisa Samit. Vallcarca desapareció y se quedó solo en sus «recuerdos y sueños», como sentencia uno de los entrevistados. Ahora Vallcarca y su estación son pasto de los curiosos, los fotógrafos y los artistas. De todos aquellos que sienten algo al explorar lugares congelados en el tiempo, con publicidad en las paredes y periódicos por el suelo de hace un cuarto de siglo.
La vuelta es por las costas de Garraf

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