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cerca de Jaén, Andalucía (España)

Mi amo parece un niño. Cuando nieva se vuelve loco por subir a la nieve, incluso a pesar de que su Sra., mi ama, le regaña y le dice que “a quien se le ocurre”, y que si es que está mal de la cabeza y cosas así, pero él se hace el loco porque sabe que todo lo que le dice es por su bien, porque lo quiere, y también un poco porque se lo merece. Mi amo sabe que no es un chico jóven y fuerte de 20 años, pero le pone mucha voluntad a los retos que se le presentan o que él mismo se busca, y allí que se levanta temprano, antes de las 7, y con el frío pelón de estas mañanas frías, desayuna fuerte, me apaña, carga la mochila con todo lo necesario, y nos vamos él y yo a correr aventuras, que es lo que a mí me gusta.

Pero perdona. Ya me conoces, ¿no? Soy la bici de mi amo y ya me presenté en la ruta de la semana pasada, y como mi amo sigue perezoso y no tiene mucha gana de escribir, me ha permitido que yo cuente la crónica de esta ruta. Se hace mayor muy deprisa.

Hace una semana calló una gran nevada por todas las sierras que rodean Jaén, y entre ellas, la más afortunada, Sierra Mágina, que por estos días está blanquita y espectacular. Creo que el arrobo que siento por esta sierra me viene influído del que siente mi amo, que como ya sabes, es de Bedmar, así que a lo mejor mi opinión no es demasiado independiente, pero es la mía y creo que es buena.

Como os contaba, decide mi amo que nos vamos a subir al Almadén y yo, desde la
noche anterior ya estoy nerviosa esperando el momento feliz de partir, aunque siento mucho respeto por esta ruta que se puede llegar a poner muy, muy complicada cuando hay nieve. Hasta el inicio de la última parte del camino que sube desde la pista que va desde Mancha Real hasta Torres, no hemos visto el blanco, así que pensábamos que sería como un paseo primaveral, pero tras tomar las primeras curvas llegamos a una mancha de nieve prensada y escurridiza, de unos 50 metros de largo, en la que, nada más pisar, mis ruedas pierden agarre, patinan y casi acaba mi amo en el suelo, así que refunfuñando entre dientes, no le queda más remedio que echar pié al suelo y pasarlo con mucho cuidado. Después viene un largo tramo de tierra despejada, y otra mancha similar de nieve, pero como mi amo ha aprendido de la primera, pasa de nuevo andando, achuchándome. Y así llegamos hasta los 1700 metros más o menos de altitud en que ya se empieza a ver nieve abundante con tramos de camino despejados, otros con mucha nieve, y otros congelados, lo que la hace muy peligrosa. Lo peor de todo es que cuando mi amo pisa la nieve, se le forman bolas de hielo prensado en los pies y en las calas, y después no puede acoplarse en mis pedales automáticos, por lo que de vez en cuando debe sacar un desmotable de plástico de la mochila, y arrancar el hielo de sus botas como Dios le da a entender. Yo casi me hubiera vuelto a casa 3 o 4 kilómetros antes de llegar a la cumbre por la dificultad de avanzar por un camino tan difícil, pero mi amo dice que no ha llegado hasta aquí para volverse y que huir es cosa de cobardes.

Unos 3 kilómetros antes de llegar a la cumbre ya no se ven rodadas de coche, porque la nieve se ha acumulado por montones y es imposible que la pase ningún vehículo de ruedas. Hay sitios por lo que hay más de un metro y se necesitaría un quitanieves para pasar. Conforme vamos avanzando nos metemos en la niebla que es tan espesa que se puede ver sólo a pocos metros delante de nosotros, y mi amo aprovecha algunas ráfagas de viento que aclaran un poco el paisaje para tomar alguna foto con la cámara de bolsillo que lleva.

Cuando llegamos a las antenas hace mucho, mucho frío, y si a eso le sumamos el fuerte viento, la sensación térmica será de 10 o 15 grados bajo cero. Menos mal que esta vez mi amo ha hecho caso a su Sra. (sin que sirva de precedente, dice) y se ha llevado alguna prenda extra para la cumbre, y así saca una especie de impermeable y unos pantaloncitos finos que lleva en la mochila, y se los mete entre tiritones y manos heladas. De vez en cuando se da palmadas con los guantes puestos para que la sangre le circule y se le calienten los dedos, que por mucho guante que lleve no hay modo de que entren en calor.

Me hace gracia mi amo, porque se ha llevado unas barritas de esas energéticas de chocolate, pero las lleva en un bolsillo externo de la mochila y están tan congeladas que cuando las muerde están más duras que un ripio y dice que lo sentía por sus empastes, y cuando se va a echar un trago de agua de la mochila, está tan fría que se le calaban los dientes. Yo me reía a carcajadas de ver la cara que ponía y porque las bicicletas no tenemos problemas de este tipo.

Pocos minutos aguantamos arriba, sobre todo por el viento gélido que ulula entre las rendijas atascadas de hielo de las antenas, así que nos vamos para abajo, lo que supone un reto casi tan importante como la subida, porque el hielo es muy resbaladizo, por los grandes motones de nieve que tenemos que superar andando, por la tensión que soportan los brazos de mi amo que lleva agarrado muy fuerte el manillar, y porque el frío congela sus manos y de vez en cuando se tiene que parar a hacer palmas como si estuviera en un concierto de música de esos que le gustan.

Cuando llegamos a la pista de Mancha Real a Torres ya es tarde, y aunque en un principio había pensado mi amo volverse por Torres por eso de hacer una ruta circular, al final nos tiramos para Mancha Real buscando el camino más corto, porque no sabe lo que le espera cuando llegue a la casa casi a las 3 de la tarde.

Os dejo unas foticos
1.- Árboles congelados en la subida
2.- La niebla se puede cortar con un cuchillo
3.- Mallas metálicas congeladas por la nieve y el viento
4.- Instalaciónes en la cumbre
5.- Por algunos sitios, los "montoncitos" de nieve acumulada son alucinantes
6.- Al fondo, el coloso Pico Mágina cubierto de nubes

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