Tiempo  6 horas 32 minutos

Coordenadas 1505

Fecha de subida 15 de mayo de 2014

Fecha de realización mayo 2014

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799 m
151 m
0
13
27
53,96 km

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cerca de Llíria, Valencia (España)

Otra semana más la manada de El Perro Verde BTT ha salido a rodar, esta vez por Olocau, Tristán, el Gorgo y el Pico del Águila. Lo cual me hace pensar que es casi obligado que en cada sierra haya un pico del Águila, porque he perdido la cuenta de la cantidad de montañas con picos «del Águila» que he subido.

Aunque la semana la pasé con un catarro de impresión no iba a quedarme el sábado en casa, así que aprovechando que pasé la noche sin fiebre me desperté pronto para dirigirme al metro. Habíamos quedado en Llíria para empezar una ruta bastante exigente. No sabía hasta qué punto iba a sufrir.

Ya en el tren, tras una pequeña cabezada, nos encontramos Vicente, Guillermo y yo. Los viajes a Llíria son inacabables. Trayectos con veintiséis paradas en un tren al que le cuesta llegar cerca de una hora deberían contar con un coche cafetería. Teníamos el tren para nosotros solos —¿Quién iba a ir a Llíria un sábado a esas horas?— con la única compañía de una mujer con un carro de compra. Fue en la estación de Benaguasil cuando pasan este tipo de cosas que te hacen pensar que te están gastando una broma de cámara oculta. Sube al tren un hombre, aparentemente joven, con la capucha de la sudadera puesta, manos en los bolsillos y una máscara de V de Vendetta. Al verlo la mujer sale escopetada, como si hubiese visto un fantasma. Al llegar a Llíria salimos los cinco del tren, mientras nuestro misterioso enmascarado se marcha entre las sombras envuelto en un halo de misterio… Y de hilaridad por mi parte. Dado que en la película «V» destruye el parlamento británico, me quedé con las ganas de preguntarle si pensaba volar el Palau de la Generalitat.

En el aparcamiento de la estación ya estaban los demás esperando. Alicia aprovechó para meterme su plátano… En la alforja. Bueno, su plátano y el resto de su almuerzo. No, no hubo strap-on ni nada parecido. Estamos hablando de un plátano en su sentido más literal. También estuve con Jorge hablando sobre nuestras sendas adquisiciones… ¡Bicis de carretera! Manda tela que la bici de carretera, capricho caro que llevo arrastrando durante años, no demasiado útil a priori, me la acabe comprando cuando llevo saliendo cinco meses con este grupo de montaña y tenga una MTB que pesará unos 17 Kg… Pero como dijo Pascal, «El corazón tiene razones que la razón no entiende».

Por fin salimos hacia Olocau por la carretera CV-25. Una subida suave y contínua que nos permite desentumecernos para afrontar los retos que superaremos más tarde. Excepto Jorge, que como ha llegado a Llíria en bici, viene desentumecido de hace rato. A pocos metros de Olocau nos encontramos con un grupo de ciclistas de carretera a los cuales no podemos evitar darnos el gustazo de adelantarlos en los últimos metros de subida. Sí, es absurdo e infantil picarse de esa forma, pero ya forma parte de nuestra idiosincrasia como grupo.

Tras atravesar Olocau comprando algo de almuerzo comienza la ruta «de verdad», la que teníamos marcada en el GPS. Comienza la tierra, comienzan las piedras y un desnivel bastante exigente. Pero no tanto como para tener la necesidad de meter el plato pequeño. No me parece una subida tan bestia. Sin embargo, mi nivel de cansancio y la necesidad de sonarme y toser cada pocos metros demuestran la causa: Que estoy para el arrastre.

Pronto hay un motivo por el que parar. La bici de José Vicente se niega a seguir subiendo y se rompe la cadena. Afortunadamente, con el uso de los eslabones rápidos se arregla en un instante. Parece mentira pensar que las dos bicis cuyas cadenas más problemas nos dan sean las que mejores componentes montan. Sin embargo, el «Rockrider Team» hasta entonces, cero problemas. «Hasta entonces».

A continuación llegó la primera bajada-trialera de la mañana, y me sorprendí a mí mismo bajándola con la bici. Sé perfectamente que meses atrás no habría podido bajar ni los cincuenta primeros metros, pero parece ser que poco a poco se va progresando en estos menesteres. Eso sí, tuvieron que esperarme tanto tiempo que podrían haberse hecho una ronda de cafés mientras tanto. Incluso Juan, que venía detrás de mí sin prisas ninguna, acabó adelantándome. Y menos mal, porque con los frenazos que pego a la mínima, lo más normal es que nos hubiésemos caído los dos barranco abajo.

Hasta casi acabar el día, toda la ruta se resume en: Llega todo el mundo, luego Alicia junto con Vicente, que estaba algo desentrenado, y por último yo. Aunque siendo positivos, es un puesto muy bueno a la hora de hacer fotos. La parada en la fuente de Tormo, llenando bidones y remojándose la cabeza era el pistoletazo de salida a una cuesta inacabable para llegar almorzar a la Masía de Tristán. Y como Valencia no es que tenga muchas montañas cerca, y las pocas que hay las están quemando, no es difícil encontrarse por el camino con otros grupos, como los Espartanos BTT, con los que he tenido el gusto de rodar en algunas ocasiones.

Al ponerse en marcha tras el almuerzo las calas de Raúl le juegan una mala pasada y se va al suelo, con tan mala suerte que se da contra una piedra. Más tarde pincha la cámara trasera con una piedra tan afilada que consigue hacer un boquete en la cubierta, que tardamos varias paradas en reparar… Y por si fuera poco, en la última bajada de la ruta, el calor y el cansancio provocó que trazara mal una curva y saliese, literalmente, volando por encima de su bicicleta.

Juan Moya nos trazó un camino de locura. Durante un tramo el track indicaba que había que pasar por una senda plagada de zarzas, en la que cada pedalada era un nuevo rascón en los brazos. A partir de ahí, mi hastío provocó que desconectase el cerebro y comencé a avanzar únicamente por instinto, de forma automática. Los demás están muy por delante… ¡Ya me esperarán!

Pero el calor y la insuficiete hidratación estaban haciendo aún más mella en mí. Casi acabando la ruta, la cadena de José Vicente se volvió a romper. Con el Walkie sin batería y el móvil con la cobertura bajo mínimos conseguimos avisar a Jorge, pero las herramientas no las llevaba él. Andando hacia la sombra donde estaban los demás, arrastrando los pies, empecé a perder el contacto con la realidad. Mientras arreglaban la cadena yo estaba tumbado mientras resollaba como un gorrino cebado. Me costaba creer que sólo quedase una gran bajada hasta Olocau, teniendo en cuenta que llevaba media hora subiendo cuestas y oyendo lo mismo. Necesitaba beber. Medio litro de cocacola por lo menos. Y comer algo. A las horas que eran ya, para mi alegría, acabaría con José Vicente, Raúl, Rafa y Vicente tomando un bocadillo con su sangría y sus cafés en Llíria.

Hora y media más tarde Raúl iría a los 15 kilómetros de Massamagrell. Sí, tras caerse de la bici dos veces en un día tan duro como fue. Magullado y dolorido. Si no llega a enviarnos fotos, hubiese sido muy difícil de creer.

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