Coordenadas 1618

Fecha de subida 27 de enero de 2014

Fecha de realización enero 2014

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789 m
30 m
0
20
40
80,13 km

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cerca de Llíria, Valencia (España)

Algunos de los componentes de nuestra manada de perros verdes se han ido este fin de semana a tierras edetanas a luchar contra el viento, las sendas y las piedras. Pero eso no es todo. ¡Tampoco teníamos guía! Como el único que llevaba GPS era yo, el día anterior cargué el track, me encomendé al destino... ¡Y a la aventura! A día de hoy me sigo perdiendo por mi ciudad, así que más me valía estar atento. ¡Un grupo de personas a mi cargo! Aquello podía acabar como en la película de "Viven" en cuanto se acabasen las barritas de cereales.

Como la ruta pintaba larga y cargada de sendas -y Llíria no está precisamente cerca- para evitar cansarme antes de tiempo, esta vez sucumbí al metro para llegar. Caro y desesperantemente lento, pero en muy buena compañía. Desgraciadamente empezar el fin de semana bajo tierra -literalmente- no es algo que ofrezca perspectivas optimistas, pero ¡que demonios!, tras la ruta frustrada de la semana pasada, esta prometía mucho.

Cuando por fin llegamos a la estación nos encontramos con el resto del grupo, y sorprendidos del poco poder de convocatoria de esta semana, empezamos a callejear para llegar al camino. Tenemos la hipótesis de que si no hay bar a mitad de ruta la gente se queda en casa. ¡Al final tendré que llevar en la alforja el camping gas, un par de sartenes y ponerme a hacer bocadillos de tortilla a mitad de ruta para que la gente se anime!

Por fin llegamos al camino. No llevábamos ni cien metros cuando nos asaltó la duda. Esa sensación de que se nos había olvidado algo. ¿Hemos cerrado la puerta con llave? ¿Nos hemos dejado encendida la estufa? Un momento... ¿No venía Roberto? Sí amigos, nos habíamos ido sin esperarle. Media vuelta y en un momento nos encontramos con él. Le acompañaba un amigo suyo. No sabía dónde se metía.

Los primeros kilómetros no tienen complicación ninguna. Son tan sólo un formalismo para llegar a las primeras subidas. En mitad del camino nos encontramos con un grupo de ciclistas esperando, mientras uno de ellos cambiaba una cámara. Tras una breve conversación nos invitan a unirnos con ellos en su ruta. Se estaban preparando para una competición. Finalmente decidimos seguir nuestro camino porque no queríamos hacerles bajar su ritmo. ¡Menos mal! Si llegamos a ir con ellos igual ni lo contamos.

Empezamos a subir. El firme empieza a romperse un poco, pero se podía rodar perfectamente. Sin embargo el amigo de Roberto empieza a quedarse atrás. Se oye la expresión "pedalea más con los huevos que con las piernas". A medida que vamos ascendiendo empieza a soplar un viento frío muy desagradable y lejos de lo que parecía, la cima de la montaña no ha llegado. Es complicado subir mientras el aire te está empujando ladera abajo constantemente.

Al ver que nos estábamos distanciando demasiado, decidimos hacer un descanso en un pequeño foso cementado que se había llenado de agua. Tumbados al resguardo del viento, al lado de esa pequeña charca parecía que estábamos en la playa. Un absoluto relax. Cuando llegaron los rezagados el contraste con nosotros era tan tremendo que era imperativo parar a comer.

Como buen guía rutero saqué la torta de calabaza que llevaba para que todos comiésemos. Menos sofisticado que los bombones de la Preysler, pero efectivo. Así, cuando nada más acabar de comer tuvimos que bajar (y volver a subir) cerca de kilómetro y medio de cuesta por un error mío, la calabaza les dió algo de energía adicional. A punto estuvimos de perdernos todas las senditas que llegarían un rato más tarde, tras subir las últimas cuestas del día.

Enseguida llegaron las trialeras. Estrechas, plagadas de piedras y con poco margen para no caer ladera abajo. Pese a que al menos ya voy haciéndolas sin bajarme de la bici, voy a paso de tortuga. Así que a mi marcha me voy acercando al resto de la gente que veo que se ha parado muy adelante. Veo que Roberto, con cara de coentor, tiene tierra en la chaqueta y un raspón en el culotte. Se ve que el porrazo ha sido gordo pero está animado para continuar. Seguimos pedaleando y en un instante me vuelvo a quedar muy atrás. ¡No ha sido grave!

Justo antes de bajar una cuesta muy peliaguda, llega el amigo de Roberto y ¡Zas! Segundo batacazo del día. No hay nada mejor cuando estás exhausto y agobiado que caerte prácticamente parado, de bruces, en lo alto y delante de todo el mundo para darte energía y subirte la moral. Pero no se ha acabado... A los cien metros de salir de allí, una cuesta algo traicionera hace tambalear y caerse a Vicente. Y a la vez, yo detrás intentando frenar y mis frenos pasando de mi. Al suelo también. De la galleta que me dí perdí la luz y ni me dí cuenta. Está claro que estábamos gafados. Había que salir de allí cuanto antes... Pues justo entoces, pinchazo.

Con unas ganas tremendas de llegar a Llíria, con cerca de dos horas de retraso y con algún que otro tubo de glucosa con el que evitar caer desfallecido tomamos la determinación de tomar la carretera durante lo poco que faltaba por llegar. ¡Prueba superada!

Tras despedirnos de los demás, Jorge y yo nos volvemos a casa en bici. Lo que parecía que era rutina se torció, nos perdimos y acabamos en Bétera. Cuando llegué a casa a las cinco de la tarde parecía que hubiesen pasado años. ¡Qué ganas de que llegue de nuevo el sábado!

Recuento de bajas: Cuatro caídas. Teniendo en cuenta que éramos siete, no me atrevería a decir que esta ruta es de dificultad fácil. Ni moderada.

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Esperando

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A punto de subir

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En mitad de la subida

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Bajando

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Subida pedregosa

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Sierra

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Almuerzo

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Repecho

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Charca

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Algunas fotos más

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¡Vivos!

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Por la cima

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