Tiempo  6 horas 6 minutos

Coordenadas 1152

Fecha de subida 13 de noviembre de 2014

Fecha de realización noviembre 2014

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1.096 m
559 m
0
9,9
20
39,65 km

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cerca de Titaguas, Valencia (España)

Este sábado nos hemos desplazado a Titaguas, prácticamente en la frontera de la provincia de Cuenca una pequeña comitiva de El Perro Verde BTT —Alicia, Jorge, Juan Lozano, Damián y yo— para realizar la marcha BTT de Titaguas una semana más tarde que la prueba oficial.

Hacer estas rutas de modo «extraoficial» tiene sus desventajas. En vez de recibirnos los organizadores, con un buen avituallamiento preparado para poder comer algo tras el viaje, lo único que nos recibió fue un frío espantoso. Menos mal que Jorge pudo dejarme una chaqueta, que si no, igual salgo de allí con una pulmonía triple.

La ruta tenía muy buena pinta, pero lo que nos encontramos fue mucho más duro de lo que podíamos esperar: bajadas imposibles, terreno blando y resbaladizo, subidas en un zig-zag tan cerrado que era imposible de trazar y un escalón tras otro.

Al menos, el paraje, verde y distinto al secarral al que nos tiene acostumbrados Valencia merecía mucho la pena. Pero no podías despistarte, porque a la mínima te podías caer en un barranco de esos que en vez de rescatarte con helicóptero, lo hacen con una rasqueta.

Tras unas sendas divertidísimas, salvo por alguna pequeña rampa cabrona que era resbaladiza incluso a pie, llegó el momento de cruzar valle del Túria. ¡Perfectamente ciclable los huevos! Para bajar al río nos encontramos con una senda inclinadísima con unas seis o siete contracurvas en las que desmontando de la bici se iba mucho más rápido. Aún así, peor fue la subida… No sé si será por el mastodonte de bicicleta que llevo, o que trazando las curvas soy «todo un fiera» —más concretamente, un hipopótamo— pero fue un suplicio de esos en los que piensas que el cuentakilómetros se ha desconfigurado porque pasan minutos y el número no sube ni un decimal.

También he de decir que aunque siga teniendo problemas cuando las pendientes se inclinan demasiado, me estoy haciendo un crack bajando escalones y eligiendo trazadas difíciles. Tanto es así que hay momentos que pienso que «la primera gran hostia de cuando ya has cogido confianza» está a punto de llegarme. Y sé que no soy tan duro como Rafa…

Tras la subida desde el valle del Túria por el terrible camino del molino paramos a almorzar. Fue entonces cuando se cumplió una de las máximas campestres: Aunque estés en un puñetero desierto poblacional, en mitad de la más absoluta nada, si te pones a mear de pronto vendrán justo de frente un grupo de al menos siete u ocho ciclistas.

Sin cafés ni nada volvimos a ponernos en marcha hasta llegar a la zona de acampada de «El Molinillo». Pero antes de llegar tuvimos que sortear una prueba más: atravesar un charco de unos diez metros y tan profundo que casi llegaba el agua al eje del pedalier. Nada por la izquierda, nada por la derecha… —Pues habrá que hacersa a la idea —dije mientras me encaraba al lago en miniatura—. No quería ir demasiado rápido para no salpicarme, ni demasiado lento para no tener que pedalear y acabar hundiendo las zapatillas en el agua. Total, que acabé parando en mitad, mojándome hasta los tobillos. Estuve media mañana meditando las palabras del «Teniente Dan» en Forrest Gump: «La diferencia entre un soldado vivo y uno muerto es que el primero lleva siempre los calcetines secos». Aunque pensándolo bien, la película donde una persona con más limitaciones que el Regional de Cuenca acaba siendo héroe de guerra, empresario de éxito, deportista de élite, rentista y mojabragas no tiene por qué estar diciendo la verdad.

A Damián le faltaron las fuerzas y tuvo que retirarse cuando ya llevábamos tres cuartos de la ruta. El incipiente catarro y el cabreo de verse superado por un recorrido que a cada kilómetro empeoraba le hizo tomar la decisión al cruzar la CV-10. Yo intenté convencerle para que acabase la ruta con nosotros. Últimamente no hay ruta que no tengamos que recortar por falta de tiempo y me apetecía acabar ésta… Pero al cabo de un rato quien empezó a pensar en que hubiese sido buena idea desertar era yo. ¡Suerte que Damián pudo usar esa escapatoria!

Y es que si algo puede definir bien la ruta es que es endurera a decir basta. Y si estábamos Alicia, Damián y yo, que hacemos cross country, rally y poquito más, lo normal es que nos sintiéramos más desubicados que Belén Esteban en Saber y Ganar.

Lo que aún quedaba no era moco de pavo. La última subida, un par de sendas con mayor o menor fortuna y la traca final: una senda plagada de escalones que acababa en una cornisa suicida con Titaguas a vista de pájaro.

Para afrontar este último tramo tuve que poner mi cabeza en «modo automático» porque si me ponía a pensar en el cansancio que llevaba encima, lo que hubiera hecho es darme media vuelta y bajar a Titaguas por la carretera. Poco detrás de mí, Alicia no lo estaba pasando mucho mejor. Incluso hubo momentos en los que nos tuvimos que bajar y arrastrar la bici con pose de «walking deads». Pero cuando llegamos a la fuente de Hontanar empezó la brutalidad. ¡Vaya sendas! ¡Qué precipicio! El camino del Benicadell acojonaba, pero esto ni era una senda. ¡Casi no llegaba ni a vericueto!

Por fin llegué al final de la ruta, en la plaza del pueblo. Pero los demás no llegaban. ¿Habrán pinchado? ¿Habrán practicado vuelo sin motor desde lo alto de la colina? No, sólo habían sido más inteligentes y habían acudido directamente a los coches, donde Damián nos estaba esperando muerto de frío.

La próxima la acabaremos todos. ¡Seguro! Porque de eso se trata… ¡Y porque no va a haber una carretera para escapar a mitad!



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