Tiempo  4 horas 53 minutos

Coordenadas 944

Fecha de subida 12 de marzo de 2015

Fecha de realización febrero 2015

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949 m
296 m
0
8,6
17
34,4 km

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cerca de Dos Aguas, Valencia (España)

La sección de las crónicas de El Perro Verde BTT están subiendo el nivel. Ya sé que este rincón de la web no ganará nunca un Pulitzer. Ni tan siquiera el butanito de oro al mejor artículo deportivo. Pero ya empieza a haber signos de prestigio… Ya tenemos firmas invitadas. Andrés, de forma desinteresada escribió la crónica de nuestro viaje al Dos Aguas y al Pico del Ave. Entre medias yo también iré comentando alguna de las impresiones de la ruta.
¡Gracias, amigo!

El día comenzó un poco raro, había una probabilidad del 80% de lluvia y se pronosticaba mucho frío. Además, conforme me acercaba a Dos aguas sentía más que estaba yendo a esquiar que a montar en bici. Cuando al final llegué al pueblo en cuestión me encontré una grata sorpresa: Miguel nos invitaba a un café por su cumpleaños (gracias Miguel, necesitaba cafeína), pensé que esas extrañas sensaciones eran cosa mía a causa del sueño.

Al terminar el café comenzamos la ruta y qué mejor forma de empezar que con una bajada de un kilómetro por asfalto. Así el viento quitaría las lagañas de mis ojos adormecidos, pero como la alegría dura poco en la casa del pobre, al poco me veo a Rafa indicando que girara a la izquierda donde nos esperaba un muro de asfalto y entendí porque gritaba ¡mételo todo!, aún con esas se inició una larga subida bordeando el barranco de la Umbría, donde a lo lejos, muy a lo lejos veía un cortavientos amarillo chillón, que no era otra cosa sino la indicación de mi falta de forma. Quien lo llevaba puesto era Víctor, que por lo menos ya me había sacado un kilómetro de ventaja. La subida continuó y continuó hasta llegar a las Casas del Collado.

Fue allí donde iniciamos la subida al pico del ave a través de una senda donde no se necesitaba mucha técnica pero si muchos cojones y un buen estado físico, porque desnivel a parte, el viento fue el invitado sorpresa y de honor a la ruta. Dado que suelo subir el último le pedí a los demás que al llegar a lo más alto no me esperasen. Tras subir, subir y subir, en la soledad del farolillo rojo, vi como un grupo de 5 o 6 cabras me salían al paso a unos 20 metros de distancia. Bajaron a través de la falda de la montaña, pararon en la senda, me miraron —a saber qué pensaron— y continuaron su descenso por en medio de la montaña, por cuestas que ni el mismísimo Sam Hill descendería. Mientras tanto cuando llegaba a lo que parecía ser la última curva (sí, parecía, porque esa sensación la viví muchas veces a lo largo del ascenso) vi a Jorge bajar a toda velocidad y a Alberto justo detrás quien me dijo: «Andrés, no te ha quedado nada». Así que me giré y comencé a descender. Entre el hambre y el frio solo deseábamos llegar lo más pronto posible a un lugar resguardado para almorzar y lo único que teníamos a mano fue el establo abandonado de las Casas del Collado.

*INCISO*
Cuando andrés dice que hacía viento, nos estamos refiriendo a que cuando llegamos a la cima, al dejar las bicis tumbadas en el suelo, llegaban incluso a moverse arrastradas. Así que imaginaréis la tremenda gracia que provocaba subir los últimos metros, que a la mínima de un bufido te ahostiabas en el guardarraíl en el mejor de los casos.
*FIN DEL INCISO*

Tras almorzar continuamos subiendo en compañía de Eolo, primero un pequeño trozo por la carretera para luego adentrarnos a una senda que no sé como se llama, pero creo que Damián es el más indicado para bautizarla si hiciese falta: La resbaladiza. Tras pasar innumerables barrizales iniciamos el único tramo de trialera de la ruta que aunque no era muy largo tenía su dificultad en lo destrozado que estaba a causa de las lluvias de los últimos días. Al terminarlo, una bajada bastante cómoda hasta un tanque de agua y a partir de ahí dijimos adiós al barro —pero no al viento— y empezamos la enésima subida del día, pero ahora por asfalto.

*INCISO*
Hola. Hago un inciso de algo que me gustaría comentar. Justo en este momento dejamos atrás a Andres y a Rafa. Teniendo en cuenta que el camino no era demasiado empinado y que no hacía apenas cinco minutos estábamos todos juntos, nos extrañó mucho. Pensando en problemas mecánicos doy media vuelta para ver que ha pasado. Sí, llevábamos los Walkies, pero los dos estaban delante.

Tras un instante pedaleando me los veo a lo lejos. Las bicis apartadas de malas maneras en el arcén. Rafa tumbado de costado sobre el asfalto, sin moverse y con la cabeza apoyada en el suelo. Andrés de pie, a su lado y con cara de circunstancias. No, que me ha dado una rampa y estoy esperando a que se me pase… ¿¡En serio!? ¿Hace falta aparentar que te has pegado la ostia del siglo y estás en el suelo inconsciente para aliviar el dolor de un calambre?
*FIN DEL INCISO*

Tras llegar al final de esta penúltima subida nos esperaba una bajada espectacular de unos 3 kilómetros que todos disfrutamos como enanos. Al final de este suculento descenso sólo nos quedaba un kilómetro para volver al bar donde iniciamos la ruta… Y ¡cómo no! ese último kilómetro era de subida. ¡Qué bien! (guiño, guiño)

Después de reponer fuerzas bebiendo zumo de cebada y de comprobar que mi instinto mañanero no había fallado, que esas extrañas sensaciones tenían el nombre «viento de cojones», nos despedimos alegrándonos de dejar de sentir esa sensación de que una mano invisible te tire del camino en cualquier momento. Y como dijo Mikey Mouse cada uno para su House.

Valoración de la ruta

No nos engañemos, la ruta tiene unas cuestas muy largas. Hay momentos en que las ruedas se ponen al límite de la tracción y empiezas a dar mandobles con el manillar que como no estés habilidoso a la hora de descalarte, te la pegas. Pero momentos duros de verdad, de los que es imposible subir montado —como ocurría a veces en la ruta de La Vall— ninguno. El recorrido es muy sencillo, excepto un tramo de trescientos metros en el que me tocó ir a pie. Por lo demás, unas vistas preciosas.



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