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cerca de Guadarrama, Madrid (España)

ÍNDICE DE DIFICULTAD IBP = 86
A mediados del siglo XIX, cuando los únicos que andaban confiadamente por las soledades del Guadarrama eran tipos con trabuco y barba carcelaria, había un señor con cazamariposas y luengas patillas plateadas llamado Mariano de la Paz Graells, catedrático de Zoología en el Museo de Ciencias Naturales, que invitaba a tomar café en lo más alto de la sierra a sus colegas de la Société Entomologique de France y, entre tacita y tacita, los deslumbraba presentándoles algún inédito bichejo descubierto allí mismo en fecha reciente por él: "Voilà, monsieurs, la bête en question".

Fue durante una de esas finas giras entomológicas, en la primavera de 1849, cuando don Mariano hizo el hallazgo de su vida. El verano anteriorhabía encontrado en los Pinares Llanos de Peguerinos (Ávila) una oruga inclasificable, que lo inquietaba. Ahora era Curicus, su perrito de lanas, el que capturaba aquí de un limpio bocado, para aumento de la ciencia y gloria de su amo, una nueva especie de mariposa de la familia de los satúrnidos, de unos ocho centímetros de longitud, con sus cuatro alas de color pistacho, oceladas, venas alares de grueso trazo castaño y largas colas curvas rematando las traseras. Muy pajarera, como se ve, para ser nocturna.

Siglo y medio más tarde, la Graellsia Isabelae -Graellsia, por su descubridor, e Isabelae, por habérsela dedicado éste a Isabel II- sigue siendo la criatura más bella y esquiva de la sierra. Una Cenicienta que se esfuma tras su amoroso baile nocturnal sin dejar más rastro que alguna ala rota, cuya propietaria resulta tan difícil de encontrar como el mural de bronce que fue instalado hace 30 años en su honor sobre una peña como hay tantas en esta altiplanicie pinariega donde lindan Ávila, Madrid y Segovia, objetivo de la nuestra ruta veraniega. Inaugurado en 1973, el mural de bronce mide unos dos metros de ancho por uno de alto, representa una Graellsia desplegando todos sus encantos -menos el color, claro está- sobre los riscos de la Cueva y, cosa rara, carece de inscripciones lapidarias del tipo "Descubrióse esta placa..." u "¡Oh, tú, Graellsia...!", con lo cual parece mucho más moderno de lo que en realidad es.

Un recorrido que no llega a los 47 Km. de distancia, pudiendose acortar a 40 Km. según como se este de fuerzas, donde se superará el kilómetro vertical.

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