Tiempo  7 horas 9 minutos

Coordenadas 1589

Fecha de subida 15 de mayo de 2015

Fecha de realización mayo 2015

-
-
1.959 m
1.337 m
0
4,4
8,8
17,51 km

Vista 378 veces, descargada 2 veces

cerca de Las Dehesas, Madrid (España)

Una de las mayores amenazas para la naturaleza madrileña es ese prurito hortera que tienen nuestros gobernantes de poner mono el campo para agradar a la masa de votantes. Así sucede que el valle de la Fuenfría (Cercedilla), cada año que pasa, es menos natural: hay 56 kilómetros de sendas señalizadas con marcas de vivos colores; hay paneles informativos y letreros metálicos por doquier; hay miradores, monumentos, flamantes merenderos, empalizadas ornamentales e incluso se colocan mástiles para celebrar con gran despliegue de banderas el Aurrulaque, que en teoría es una fiesta montañera. Ya sólo falta alicatar las fuentes e instalar hilo musical en las praderas.

Por suerte, no todo el valle está lleno de detalles charros, y en algún escondido rincón aún puede pasearse sin esa sensación agobiante de jardín decorado con macetones en forma de gnomo. El arroyo de la Navazuela, que nace a casi 1.900 metros en los fresquedales del collado Ventoso y baja brincando alocadamente hasta el fondo del valle por una umbría pinariega salpicada de acebos y tejos seculares, es uno de esos pocos lugares que no han sido acondicionados al gusto de la autoridad. Remontar su curso salvaje en verano, mientras la masa se disputa a codazos una mesa a la sombra en los merenderos de las Dehesas, es un placer solitario, sensual, genial.

Desde el aparcamiento de Majavilán, al final de la carretera de las Dehesas, nos echaremos a andar por detrás de la barrera que corta el tráfico hasta dar en cinco minutos con la calzada y el puente del Descalzo, ambos de origen romano aunque totalmente reconstruidos por Felipe V. Cien metros más adelante, se desvía a la derecha el camino Agromán, una ancha pista de tierra y guijo que nos va a conducir en otros cinco minutos hasta el puente sobre la Navazuela. Aquí dejaremos la pista para remontar el arroyo por un nítido sendero que pronto brinda la primera sorpresa de la jornada: un precioso salto de agua semioculto entre peñas, helechos y avellanos.

Nuestro sendero, tras cambiar varias veces de orilla, se decide al fin por la izquierda para enseguida rebasar una espléndida pradera, atravesar después la carretera de la República –pista archifamosa que sube hacia la pradera de Navarrulaque y el puerto de la Fuenfría– y enfilar, poco más arriba, el tramo más bello del regato. Vetustos tejos y musgosos canchos resudados se suceden hasta la Ducha de los Alemanes, chorro vertical de la altura de un hombretón que, incluso en pleno estío, exige un disciplina teutónica para zambullirse sin aspavientos bajo su gélido envión. Llámasele también salto del Árbol Viejo por el tejo que crece a su arrimo.

Por encima de la cascada, un puente de madera invita a cruzar el arroyo para continuar en lo sucesivo por su margen derecha, siguiendo una pina vereda que vuelve a atravesar más arriba la carretera de la República y corona el collado Ventoso como a una hora y media del inicio. En esta encrucijada de montes y caminos, veremos alzarse a poniente el verde lomazo del cerro Ventoso (1.965 metros); a naciente, la mole pétrea del segundo de los Siete Picos (2.093 metros); y al mediodía, el pico Majalasna, que es el primero y más bajito (1.933 metros) de los siete que integran el macizo.

Hacia este último dirigiremos nuestros pasos por la senda de los Alevines, que sale a mano derecha según se arriba al collado Ventoso. Marcada con señales para todos los gustos –trazos blancos y gualdas del sendero PR 7 y círculos amarillos de la ruta verde número 2 del valle de la Fuenfría–, la senda nos llevará en media hora a la pradera de Majalasna, y en media más de descenso, a la de Navarrulaque, inconfundible por sus mástiles, monumentos y empalizadas decorativas. Bajando desde aquí por la carretera de la República, doblaremos en otra media por la vereda de Enmedio –señalizada con un horripilante letrero metálico marrón y con marcas naranjas en los pinos–, que nos devolverá al punto de partida
Una de las mayores amenazas para la naturaleza madrileña es ese prurito hortera que tienen nuestros gobernantes de poner mono el campo para agradar a la masa de votantes. Así sucede que el valle de la Fuenfría (Cercedilla), cada año que pasa, es menos natural: hay 56 kilómetros de sendas señalizadas con marcas de vivos colores; hay paneles informativos y letreros metálicos por doquier; hay miradores, monumentos, flamantes merenderos, empalizadas ornamentales e incluso se colocan mástiles para celebrar con gran despliegue de banderas el Aurrulaque, que en teoría es una fiesta montañera. Ya sólo falta alicatar las fuentes e instalar hilo musical en las praderas. Por suerte, no todo el valle está lleno de detalles charros, y en algún escondido rincón aún puede pasearse sin esa sensación agobiante de jardín decorado con macetones en forma de gnomo. El arroyo de la Navazuela, que nace a casi 1.900 metros en los fresquedales del collado Ventoso y baja brincando alocadamente hasta el fondo del valle por una umbría pinariega salpicada de acebos y tejos seculares, es uno de esos pocos lugares que no han sido acondicionados al gusto de la autoridad. Remontar su curso salvaje en verano, mientras la masa se disputa a codazos una mesa a la sombra en los merenderos de las Dehesas, es un placer solitario, sensual, genial. Desde el aparcamiento de Majavilán, al final de la carretera de las Dehesas, nos echaremos a andar por detrás de la barrera que corta el tráfico hasta dar en cinco minutos con la calzada y el puente del Descalzo, ambos de origen romano aunque totalmente reconstruidos por Felipe V. Cien metros más adelante, se desvía a la derecha el camino Agromán, una ancha pista de tierra y guijo que nos va a conducir en otros cinco minutos hasta el puente sobre la Navazuela. Aquí dejaremos la pista para remontar el arroyo por un nítido sendero que pronto brinda la primera sorpresa de la jornada: un precioso salto de agua semioculto entre peñas, helechos y avellanos. Nuestro sendero, tras cambiar varias veces de orilla, se decide al fin por la izquierda para enseguida rebasar una espléndida pradera, atravesar después la carretera de la República –pista archifamosa que sube hacia la pradera de Navarrulaque y el puerto de la Fuenfría– y enfilar, poco más arriba, el tramo más bello del regato. Vetustos tejos y musgosos canchos resudados se suceden hasta la Ducha de los Alemanes, chorro vertical de la altura de un hombretón que, incluso en pleno estío, exige un disciplina teutónica para zambullirse sin aspavientos bajo su gélido envión. Llámasele también salto del Árbol Viejo por el tejo que crece a su arrimo. Por encima de la cascada, un puente de madera invita a cruzar el arroyo para continuar en lo sucesivo por su margen derecha, siguiendo una pina vereda que vuelve a atravesar más arriba la carretera de la República y corona el collado Ventoso como a una hora y media del inicio. En esta encrucijada de montes y caminos, veremos alzarse a poniente el verde lomazo del cerro Ventoso (1.965 metros); a naciente, la mole pétrea del segundo de los Siete Picos (2.093 metros); y al mediodía, el pico Majalasna, que es el primero y más bajito (1.933 metros) de los siete que integran el macizo. Hacia este último dirigiremos nuestros pasos por la senda de los Alevines, que sale a mano derecha según se arriba al collado Ventoso. Marcada con señales para todos los gustos –trazos blancos y gualdas del sendero PR 7 y círculos amarillos de la ruta verde número 2 del valle de la Fuenfría–, la senda nos llevará en media hora a la pradera de Majalasna, y en media más de descenso, a la de Navarrulaque, inconfundible por sus mástiles, monumentos y empalizadas decorativas. Bajando desde aquí por la carretera de la República, doblaremos en otra media por la vereda de Enmedio –señalizada con un horripilante letrero metálico marrón y con marcas naranjas en los pinos–, que nos devolverá al punto de partida
Una de las mayores amenazas para la naturaleza madrileña es ese prurito hortera que tienen nuestros gobernantes de poner mono el campo para agradar a la masa de votantes. Así sucede que el valle de la Fuenfría (Cercedilla), cada año que pasa, es menos natural: hay 56 kilómetros de sendas señalizadas con marcas de vivos colores; hay paneles informativos y letreros metálicos por doquier; hay miradores, monumentos, flamantes merenderos, empalizadas ornamentales e incluso se colocan mástiles para celebrar con gran despliegue de banderas el Aurrulaque, que en teoría es una fiesta montañera. Ya sólo falta alicatar las fuentes e instalar hilo musical en las praderas. Por suerte, no todo el valle está lleno de detalles charros, y en algún escondido rincón aún puede pasearse sin esa sensación agobiante de jardín decorado con macetones en forma de gnomo. El arroyo de la Navazuela, que nace a casi 1.900 metros en los fresquedales del collado Ventoso y baja brincando alocadamente hasta el fondo del valle por una umbría pinariega salpicada de acebos y tejos seculares, es uno de esos pocos lugares que no han sido acondicionados al gusto de la autoridad. Remontar su curso salvaje en verano, mientras la masa se disputa a codazos una mesa a la sombra en los merenderos de las Dehesas, es un placer solitario, sensual, genial. Desde el aparcamiento de Majavilán, al final de la carretera de las Dehesas, nos echaremos a andar por detrás de la barrera que corta el tráfico hasta dar en cinco minutos con la calzada y el puente del Descalzo, ambos de origen romano aunque totalmente reconstruidos por Felipe V. Cien metros más adelante, se desvía a la derecha el camino Agromán, una ancha pista de tierra y guijo que nos va a conducir en otros cinco minutos hasta el puente sobre la Navazuela. Aquí dejaremos la pista para remontar el arroyo por un nítido sendero que pronto brinda la primera sorpresa de la jornada: un precioso salto de agua semioculto entre peñas, helechos y avellanos. Nuestro sendero, tras cambiar varias veces de orilla, se decide al fin por la izquierda para enseguida rebasar una espléndida pradera, atravesar después la carretera de la República –pista archifamosa que sube hacia la pradera de Navarrulaque y el puerto de la Fuenfría– y enfilar, poco más arriba, el tramo más bello del regato. Vetustos tejos y musgosos canchos resudados se suceden hasta la Ducha de los Alemanes, chorro vertical de la altura de un hombretón que, incluso en pleno estío, exige un disciplina teutónica para zambullirse sin aspavientos bajo su gélido envión. Llámasele también salto del Árbol Viejo por el tejo que crece a su arrimo. Por encima de la cascada, un puente de madera invita a cruzar el arroyo para continuar en lo sucesivo por su margen derecha, siguiendo una pina vereda que vuelve a atravesar más arriba la carretera de la República y corona el collado Ventoso como a una hora y media del inicio. En esta encrucijada de montes y caminos, veremos alzarse a poniente el verde lomazo del cerro Ventoso (1.965 metros); a naciente, la mole pétrea del segundo de los Siete Picos (2.093 metros); y al mediodía, el pico Majalasna, que es el primero y más bajito (1.933 metros) de los siete que integran el macizo. Hacia este último dirigiremos nuestros pasos por la senda de los Alevines, que sale a mano derecha según se arriba al collado Ventoso. Marcada con señales para todos los gustos –trazos blancos y gualdas del sendero PR 7 y círculos amarillos de la ruta verde número 2 del valle de la Fuenfría–, la senda nos llevará en media hora a la pradera de Majalasna, y en media más de descenso, a la de Navarrulaque, inconfundible por sus mástiles, monumentos y empalizadas decorativas. Bajando desde aquí por la carretera de la República, doblaremos en otra media por la vereda de Enmedio –señalizada con un horripilante letrero metálico marrón y con marcas naranjas en los pinos–, que nos devolverá al punto de partida
Una de las mayores amenazas para la naturaleza madrileña es ese prurito hortera que tienen nuestros gobernantes de poner mono el campo para agradar a la masa de votantes. Así sucede que el valle de la Fuenfría (Cercedilla), cada año que pasa, es menos natural: hay 56 kilómetros de sendas señalizadas con marcas de vivos colores; hay paneles informativos y letreros metálicos por doquier; hay miradores, monumentos, flamantes merenderos, empalizadas ornamentales e incluso se colocan mástiles para celebrar con gran despliegue de banderas el Aurrulaque, que en teoría es una fiesta montañera. Ya sólo falta alicatar las fuentes e instalar hilo musical en las praderas. Por suerte, no todo el valle está lleno de detalles charros, y en algún escondido rincón aún puede pasearse sin esa sensación agobiante de jardín decorado con macetones en forma de gnomo. El arroyo de la Navazuela, que nace a casi 1.900 metros en los fresquedales del collado Ventoso y baja brincando alocadamente hasta el fondo del valle por una umbría pinariega salpicada de acebos y tejos seculares, es uno de esos pocos lugares que no han sido acondicionados al gusto de la autoridad. Remontar su curso salvaje en verano, mientras la masa se disputa a codazos una mesa a la sombra en los merenderos de las Dehesas, es un placer solitario, sensual, genial. Desde el aparcamiento de Majavilán, al final de la carretera de las Dehesas, nos echaremos a andar por detrás de la barrera que corta el tráfico hasta dar en cinco minutos con la calzada y el puente del Descalzo, ambos de origen romano aunque totalmente reconstruidos por Felipe V. Cien metros más adelante, se desvía a la derecha el camino Agromán, una ancha pista de tierra y guijo que nos va a conducir en otros cinco minutos hasta el puente sobre la Navazuela. Aquí dejaremos la pista para remontar el arroyo por un nítido sendero que pronto brinda la primera sorpresa de la jornada: un precioso salto de agua semioculto entre peñas, helechos y avellanos. Nuestro sendero, tras cambiar varias veces de orilla, se decide al fin por la izquierda para enseguida rebasar una espléndida pradera, atravesar después la carretera de la República –pista archifamosa que sube hacia la pradera de Navarrulaque y el puerto de la Fuenfría– y enfilar, poco más arriba, el tramo más bello del regato. Vetustos tejos y musgosos canchos resudados se suceden hasta la Ducha de los Alemanes, chorro vertical de la altura de un hombretón que, incluso en pleno estío, exige un disciplina teutónica para zambullirse sin aspavientos bajo su gélido envión. Llámasele también salto del Árbol Viejo por el tejo que crece a su arrimo. Por encima de la cascada, un puente de madera invita a cruzar el arroyo para continuar en lo sucesivo por su margen derecha, siguiendo una pina vereda que vuelve a atravesar más arriba la carretera de la República y corona el collado Ventoso como a una hora y media del inicio. En esta encrucijada de montes y caminos, veremos alzarse a poniente el verde lomazo del cerro Ventoso (1.965 metros); a naciente, la mole pétrea del segundo de los Siete Picos (2.093 metros); y al mediodía, el pico Majalasna, que es el primero y más bajito (1.933 metros) de los siete que integran el macizo. Hacia este último dirigiremos nuestros pasos por la senda de los Alevines, que sale a mano derecha según se arriba al collado Ventoso. Marcada con señales para todos los gustos –trazos blancos y gualdas del sendero PR 7 y círculos amarillos de la ruta verde número 2 del valle de la Fuenfría–, la senda nos llevará en media hora a la pradera de Majalasna, y en media más de descenso, a la de Navarrulaque, inconfundible por sus mástiles, monumentos y empalizadas decorativas. Bajando desde aquí por la carretera de la República, doblaremos en otra media por la vereda de Enmedio –señalizada con un horripilante letrero metálico marrón y con marcas naranjas en los pinos–, que nos devolverá al punto de partida
Una de las mayores amenazas para la naturaleza madrileña es ese prurito hortera que tienen nuestros gobernantes de poner mono el campo para agradar a la masa de votantes. Así sucede que el valle de la Fuenfría (Cercedilla), cada año que pasa, es menos natural: hay 56 kilómetros de sendas señalizadas con marcas de vivos colores; hay paneles informativos y letreros metálicos por doquier; hay miradores, monumentos, flamantes merenderos, empalizadas ornamentales e incluso se colocan mástiles para celebrar con gran despliegue de banderas el Aurrulaque, que en teoría es una fiesta montañera. Ya sólo falta alicatar las fuentes e instalar hilo musical en las praderas. Por suerte, no todo el valle está lleno de detalles charros, y en algún escondido rincón aún puede pasearse sin esa sensación agobiante de jardín decorado con macetones en forma de gnomo. El arroyo de la Navazuela, que nace a casi 1.900 metros en los fresquedales del collado Ventoso y baja brincando alocadamente hasta el fondo del valle por una umbría pinariega salpicada de acebos y tejos seculares, es uno de esos pocos lugares que no han sido acondicionados al gusto de la autoridad. Remontar su curso salvaje en verano, mientras la masa se disputa a codazos una mesa a la sombra en los merenderos de las Dehesas, es un placer solitario, sensual, genial. Desde el aparcamiento de Majavilán, al final de la carretera de las Dehesas, nos echaremos a andar por detrás de la barrera que corta el tráfico hasta dar en cinco minutos con la calzada y el puente del Descalzo, ambos de origen romano aunque totalmente reconstruidos por Felipe V. Cien metros más adelante, se desvía a la derecha el camino Agromán, una ancha pista de tierra y guijo que nos va a conducir en otros cinco minutos hasta el puente sobre la Navazuela. Aquí dejaremos la pista para remontar el arroyo por un nítido sendero que pronto brinda la primera sorpresa de la jornada: un precioso salto de agua semioculto entre peñas, helechos y avellanos. Nuestro sendero, tras cambiar varias veces de orilla, se decide al fin por la izquierda para enseguida rebasar una espléndida pradera, atravesar después la carretera de la República –pista archifamosa que sube hacia la pradera de Navarrulaque y el puerto de la Fuenfría– y enfilar, poco más arriba, el tramo más bello del regato. Vetustos tejos y musgosos canchos resudados se suceden hasta la Ducha de los Alemanes, chorro vertical de la altura de un hombretón que, incluso en pleno estío, exige un disciplina teutónica para zambullirse sin aspavientos bajo su gélido envión. Llámasele también salto del Árbol Viejo por el tejo que crece a su arrimo. Por encima de la cascada, un puente de madera invita a cruzar el arroyo para continuar en lo sucesivo por su margen derecha, siguiendo una pina vereda que vuelve a atravesar más arriba la carretera de la República y corona el collado Ventoso como a una hora y media del inicio. En esta encrucijada de montes y caminos, veremos alzarse a poniente el verde lomazo del cerro Ventoso (1.965 metros); a naciente, la mole pétrea del segundo de los Siete Picos (2.093 metros); y al mediodía, el pico Majalasna, que es el primero y más bajito (1.933 metros) de los siete que integran el macizo. Hacia este último dirigiremos nuestros pasos por la senda de los Alevines, que sale a mano derecha según se arriba al collado Ventoso. Marcada con señales para todos los gustos –trazos blancos y gualdas del sendero PR 7 y círculos amarillos de la ruta verde número 2 del valle de la Fuenfría–, la senda nos llevará en media hora a la pradera de Majalasna, y en media más de descenso, a la de Navarrulaque, inconfundible por sus mástiles, monumentos y empalizadas decorativas. Bajando desde aquí por la carretera de la República, doblaremos en otra media por la vereda de Enmedio –señalizada con un horripilante letrero metálico marrón y con marcas naranjas en los pinos–, que nos devolverá al punto de partida
Una de las mayores amenazas para la naturaleza madrileña es ese prurito hortera que tienen nuestros gobernantes de poner mono el campo para agradar a la masa de votantes. Así sucede que el valle de la Fuenfría (Cercedilla), cada año que pasa, es menos natural: hay 56 kilómetros de sendas señalizadas con marcas de vivos colores; hay paneles informativos y letreros metálicos por doquier; hay miradores, monumentos, flamantes merenderos, empalizadas ornamentales e incluso se colocan mástiles para celebrar con gran despliegue de banderas el Aurrulaque, que en teoría es una fiesta montañera. Ya sólo falta alicatar las fuentes e instalar hilo musical en las praderas. Por suerte, no todo el valle está lleno de detalles charros, y en algún escondido rincón aún puede pasearse sin esa sensación agobiante de jardín decorado con macetones en forma de gnomo. El arroyo de la Navazuela, que nace a casi 1.900 metros en los fresquedales del collado Ventoso y baja brincando alocadamente hasta el fondo del valle por una umbría pinariega salpicada de acebos y tejos seculares, es uno de esos pocos lugares que no han sido acondicionados al gusto de la autoridad. Remontar su curso salvaje en verano, mientras la masa se disputa a codazos una mesa a la sombra en los merenderos de las Dehesas, es un placer solitario, sensual, genial. Desde el aparcamiento de Majavilán, al final de la carretera de las Dehesas, nos echaremos a andar por detrás de la barrera que corta el tráfico hasta dar en cinco minutos con la calzada y el puente del Descalzo, ambos de origen romano aunque totalmente reconstruidos por Felipe V. Cien metros más adelante, se desvía a la derecha el camino Agromán, una ancha pista de tierra y guijo que nos va a conducir en otros cinco minutos hasta el puente sobre la Navazuela. Aquí dejaremos la pista para remontar el arroyo por un nítido sendero que pronto brinda la primera sorpresa de la jornada: un precioso salto de agua semioculto entre peñas, helechos y avellanos. Nuestro sendero, tras cambiar varias veces de orilla, se decide al fin por la izquierda para enseguida rebasar una espléndida pradera, atravesar después la carretera de la República –pista archifamosa que sube hacia la pradera de Navarrulaque y el puerto de la Fuenfría– y enfilar, poco más arriba, el tramo más bello del regato. Vetustos tejos y musgosos canchos resudados se suceden hasta la Ducha de los Alemanes, chorro vertical de la altura de un hombretón que, incluso en pleno estío, exige un disciplina teutónica para zambullirse sin aspavientos bajo su gélido envión. Llámasele también salto del Árbol Viejo por el tejo que crece a su arrimo. Por encima de la cascada, un puente de madera invita a cruzar el arroyo para continuar en lo sucesivo por su margen derecha, siguiendo una pina vereda que vuelve a atravesar más arriba la carretera de la República y corona el collado Ventoso como a una hora y media del inicio. En esta encrucijada de montes y caminos, veremos alzarse a poniente el verde lomazo del cerro Ventoso (1.965 metros); a naciente, la mole pétrea del segundo de los Siete Picos (2.093 metros); y al mediodía, el pico Majalasna, que es el primero y más bajito (1.933 metros) de los siete que integran el macizo. Hacia este último dirigiremos nuestros pasos por la senda de los Alevines, que sale a mano derecha según se arriba al collado Ventoso. Marcada con señales para todos los gustos –trazos blancos y gualdas del sendero PR 7 y círculos amarillos de la ruta verde número 2 del valle de la Fuenfría–, la senda nos llevará en media hora a la pradera de Majalasna, y en media más de descenso, a la de Navarrulaque, inconfundible por sus mástiles, monumentos y empalizadas decorativas. Bajando desde aquí por la carretera de la República, doblaremos en otra media por la vereda de Enmedio –señalizada con un horripilante letrero metálico marrón y con marcas naranjas en los pinos–, que nos devolverá al punto de partida
Una de las mayores amenazas para la naturaleza madrileña es ese prurito hortera que tienen nuestros gobernantes de poner mono el campo para agradar a la masa de votantes. Así sucede que el valle de la Fuenfría (Cercedilla), cada año que pasa, es menos natural: hay 56 kilómetros de sendas señalizadas con marcas de vivos colores; hay paneles informativos y letreros metálicos por doquier; hay miradores, monumentos, flamantes merenderos, empalizadas ornamentales e incluso se colocan mástiles para celebrar con gran despliegue de banderas el Aurrulaque, que en teoría es una fiesta montañera. Ya sólo falta alicatar las fuentes e instalar hilo musical en las praderas. Por suerte, no todo el valle está lleno de detalles charros, y en algún escondido rincón aún puede pasearse sin esa sensación agobiante de jardín decorado con macetones en forma de gnomo. El arroyo de la Navazuela, que nace a casi 1.900 metros en los fresquedales del collado Ventoso y baja brincando alocadamente hasta el fondo del valle por una umbría pinariega salpicada de acebos y tejos seculares, es uno de esos pocos lugares que no han sido acondicionados al gusto de la autoridad. Remontar su curso salvaje en verano, mientras la masa se disputa a codazos una mesa a la sombra en los merenderos de las Dehesas, es un placer solitario, sensual, genial. Desde el aparcamiento de Majavilán, al final de la carretera de las Dehesas, nos echaremos a andar por detrás de la barrera que corta el tráfico hasta dar en cinco minutos con la calzada y el puente del Descalzo, ambos de origen romano aunque totalmente reconstruidos por Felipe V. Cien metros más adelante, se desvía a la derecha el camino Agromán, una ancha pista de tierra y guijo que nos va a conducir en otros cinco minutos hasta el puente sobre la Navazuela. Aquí dejaremos la pista para remontar el arroyo por un nítido sendero que pronto brinda la primera sorpresa de la jornada: un precioso salto de agua semioculto entre peñas, helechos y avellanos. Nuestro sendero, tras cambiar varias veces de orilla, se decide al fin por la izquierda para enseguida rebasar una espléndida pradera, atravesar después la carretera de la República –pista archifamosa que sube hacia la pradera de Navarrulaque y el puerto de la Fuenfría– y enfilar, poco más arriba, el tramo más bello del regato. Vetustos tejos y musgosos canchos resudados se suceden hasta la Ducha de los Alemanes, chorro vertical de la altura de un hombretón que, incluso en pleno estío, exige un disciplina teutónica para zambullirse sin aspavientos bajo su gélido envión. Llámasele también salto del Árbol Viejo por el tejo que crece a su arrimo. Por encima de la cascada, un puente de madera invita a cruzar el arroyo para continuar en lo sucesivo por su margen derecha, siguiendo una pina vereda que vuelve a atravesar más arriba la carretera de la República y corona el collado Ventoso como a una hora y media del inicio. En esta encrucijada de montes y caminos, veremos alzarse a poniente el verde lomazo del cerro Ventoso (1.965 metros); a naciente, la mole pétrea del segundo de los Siete Picos (2.093 metros); y al mediodía, el pico Majalasna, que es el primero y más bajito (1.933 metros) de los siete que integran el macizo. Hacia este último dirigiremos nuestros pasos por la senda de los Alevines, que sale a mano derecha según se arriba al collado Ventoso. Marcada con señales para todos los gustos –trazos blancos y gualdas del sendero PR 7 y círculos amarillos de la ruta verde número 2 del valle de la Fuenfría–, la senda nos llevará en media hora a la pradera de Majalasna, y en media más de descenso, a la de Navarrulaque, inconfundible por sus mástiles, monumentos y empalizadas decorativas. Bajando desde aquí por la carretera de la República, doblaremos en otra media por la vereda de Enmedio –señalizada con un horripilante letrero metálico marrón y con marcas naranjas en los pinos–, que nos devolverá al punto de partida
Una de las mayores amenazas para la naturaleza madrileña es ese prurito hortera que tienen nuestros gobernantes de poner mono el campo para agradar a la masa de votantes. Así sucede que el valle de la Fuenfría (Cercedilla), cada año que pasa, es menos natural: hay 56 kilómetros de sendas señalizadas con marcas de vivos colores; hay paneles informativos y letreros metálicos por doquier; hay miradores, monumentos, flamantes merenderos, empalizadas ornamentales e incluso se colocan mástiles para celebrar con gran despliegue de banderas el Aurrulaque, que en teoría es una fiesta montañera. Ya sólo falta alicatar las fuentes e instalar hilo musical en las praderas. Por suerte, no todo el valle está lleno de detalles charros, y en algún escondido rincón aún puede pasearse sin esa sensación agobiante de jardín decorado con macetones en forma de gnomo. El arroyo de la Navazuela, que nace a casi 1.900 metros en los fresquedales del collado Ventoso y baja brincando alocadamente hasta el fondo del valle por una umbría pinariega salpicada de acebos y tejos seculares, es uno de esos pocos lugares que no han sido acondicionados al gusto de la autoridad. Remontar su curso salvaje en verano, mientras la masa se disputa a codazos una mesa a la sombra en los merenderos de las Dehesas, es un placer solitario, sensual, genial. Desde el aparcamiento de Majavilán, al final de la carretera de las Dehesas, nos echaremos a andar por detrás de la barrera que corta el tráfico hasta dar en cinco minutos con la calzada y el puente del Descalzo, ambos de origen romano aunque totalmente reconstruidos por Felipe V. Cien metros más adelante, se desvía a la derecha el camino Agromán, una ancha pista de tierra y guijo que nos va a conducir en otros cinco minutos hasta el puente sobre la Navazuela. Aquí dejaremos la pista para remontar el arroyo por un nítido sendero que pronto brinda la primera sorpresa de la jornada: un precioso salto de agua semioculto entre peñas, helechos y avellanos. Nuestro sendero, tras cambiar varias veces de orilla, se decide al fin por la izquierda para enseguida rebasar una espléndida pradera, atravesar después la carretera de la República –pista archifamosa que sube hacia la pradera de Navarrulaque y el puerto de la Fuenfría– y enfilar, poco más arriba, el tramo más bello del regato. Vetustos tejos y musgosos canchos resudados se suceden hasta la Ducha de los Alemanes, chorro vertical de la altura de un hombretón que, incluso en pleno estío, exige un disciplina teutónica para zambullirse sin aspavientos bajo su gélido envión. Llámasele también salto del Árbol Viejo por el tejo que crece a su arrimo. Por encima de la cascada, un puente de madera invita a cruzar el arroyo para continuar en lo sucesivo por su margen derecha, siguiendo una pina vereda que vuelve a atravesar más arriba la carretera de la República y corona el collado Ventoso como a una hora y media del inicio. En esta encrucijada de montes y caminos, veremos alzarse a poniente el verde lomazo del cerro Ventoso (1.965 metros); a naciente, la mole pétrea del segundo de los Siete Picos (2.093 metros); y al mediodía, el pico Majalasna, que es el primero y más bajito (1.933 metros) de los siete que integran el macizo. Hacia este último dirigiremos nuestros pasos por la senda de los Alevines, que sale a mano derecha según se arriba al collado Ventoso. Marcada con señales para todos los gustos –trazos blancos y gualdas del sendero PR 7 y círculos amarillos de la ruta verde número 2 del valle de la Fuenfría–, la senda nos llevará en media hora a la pradera de Majalasna, y en media más de descenso, a la de Navarrulaque, inconfundible por sus mástiles, monumentos y empalizadas decorativas. Bajando desde aquí por la carretera de la República, doblaremos en otra media por la vereda de Enmedio –señalizada con un horripilante letrero metálico marrón y con marcas naranjas en los pinos–, que nos devolverá al punto de partida
Una de las mayores amenazas para la naturaleza madrileña es ese prurito hortera que tienen nuestros gobernantes de poner mono el campo para agradar a la masa de votantes. Así sucede que el valle de la Fuenfría (Cercedilla), cada año que pasa, es menos natural: hay 56 kilómetros de sendas señalizadas con marcas de vivos colores; hay paneles informativos y letreros metálicos por doquier; hay miradores, monumentos, flamantes merenderos, empalizadas ornamentales e incluso se colocan mástiles para celebrar con gran despliegue de banderas el Aurrulaque, que en teoría es una fiesta montañera. Ya sólo falta alicatar las fuentes e instalar hilo musical en las praderas. Por suerte, no todo el valle está lleno de detalles charros, y en algún escondido rincón aún puede pasearse sin esa sensación agobiante de jardín decorado con macetones en forma de gnomo. El arroyo de la Navazuela, que nace a casi 1.900 metros en los fresquedales del collado Ventoso y baja brincando alocadamente hasta el fondo del valle por una umbría pinariega salpicada de acebos y tejos seculares, es uno de esos pocos lugares que no han sido acondicionados al gusto de la autoridad. Remontar su curso salvaje en verano, mientras la masa se disputa a codazos una mesa a la sombra en los merenderos de las Dehesas, es un placer solitario, sensual, genial. Desde el aparcamiento de Majavilán, al final de la carretera de las Dehesas, nos echaremos a andar por detrás de la barrera que corta el tráfico hasta dar en cinco minutos con la calzada y el puente del Descalzo, ambos de origen romano aunque totalmente reconstruidos por Felipe V. Cien metros más adelante, se desvía a la derecha el camino Agromán, una ancha pista de tierra y guijo que nos va a conducir en otros cinco minutos hasta el puente sobre la Navazuela. Aquí dejaremos la pista para remontar el arroyo por un nítido sendero que pronto brinda la primera sorpresa de la jornada: un precioso salto de agua semioculto entre peñas, helechos y avellanos. Nuestro sendero, tras cambiar varias veces de orilla, se decide al fin por la izquierda para enseguida rebasar una espléndida pradera, atravesar después la carretera de la República –pista archifamosa que sube hacia la pradera de Navarrulaque y el puerto de la Fuenfría– y enfilar, poco más arriba, el tramo más bello del regato. Vetustos tejos y musgosos canchos resudados se suceden hasta la Ducha de los Alemanes, chorro vertical de la altura de un hombretón que, incluso en pleno estío, exige un disciplina teutónica para zambullirse sin aspavientos bajo su gélido envión. Llámasele también salto del Árbol Viejo por el tejo que crece a su arrimo. Por encima de la cascada, un puente de madera invita a cruzar el arroyo para continuar en lo sucesivo por su margen derecha, siguiendo una pina vereda que vuelve a atravesar más arriba la carretera de la República y corona el collado Ventoso como a una hora y media del inicio. En esta encrucijada de montes y caminos, veremos alzarse a poniente el verde lomazo del cerro Ventoso (1.965 metros); a naciente, la mole pétrea del segundo de los Siete Picos (2.093 metros); y al mediodía, el pico Majalasna, que es el primero y más bajito (1.933 metros) de los siete que integran el macizo. Hacia este último dirigiremos nuestros pasos por la senda de los Alevines, que sale a mano derecha según se arriba al collado Ventoso. Marcada con señales para todos los gustos –trazos blancos y gualdas del sendero PR 7 y círculos amarillos de la ruta verde número 2 del valle de la Fuenfría–, la senda nos llevará en media hora a la pradera de Majalasna, y en media más de descenso, a la de Navarrulaque, inconfundible por sus mástiles, monumentos y empalizadas decorativas. Bajando desde aquí por la carretera de la República, doblaremos en otra media por la vereda de Enmedio –señalizada con un horripilante letrero metálico marrón y con marcas naranjas en los pinos–, que nos devolverá al punto de partida

Comentarios

    Si quieres, puedes o esta ruta