Tiempo  6 horas 11 minutos

Coordenadas 1193

Fecha de subida 2 de febrero de 2014

Fecha de realización febrero 2014

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1.739 m
1.076 m
0
5,2
10
20,7 km

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cerca de Alameda del Valle, Madrid (España)



Marcha realizada el sábado 1 de febrero de 2014
La semana pasada no pudimos completar la marcha prevista, y aunque la previsión del tiempo para este sábado tampoco es muy buena que digamos; eso no va a ser motivo suficiente para quedarse en casa.

Hemos aparcado en la plaza del pueblo de Alameda del Valle, con una temperatura, que poco antes de las once apenas si supera los cero grados. La cuerda de los Hontanares, a la que nos dirigimos, se encuentra prácticamente cubierta, pero las nubes por el momento pasan, con más prisa que otra cosa, empujadas por el fuerte viento en altura. Nada más iniciar la marcha, tomamos la calle de la Iglesia, con rumbo hacia un río Lozoya, que por cierto pocas veces hemos visto tan crecido. Medio kilómetro hasta llegar al puente que lo cruza, y con el mismo rumbo sureste, un par de kilómetros y medio, entre fincas de ganado vacuno, antes de llegar a un desvío, que por la derecha nos llevaría hasta la ermita de Santa Ana, lo que podría constituir un bonito paseo con niños. Nosotros vamos a continuar de frente con el mismo rumbo y sin dejar esta misma pista, que en poco más de cuatro kilómetros nos llevará hasta el refugio de la Majada del Cojo. Aunque el robledal ha hecho acto de presencia por encima de los mil doscientos metros, sin embargo la nieve no ha empezado a tapar el camino hasta subir otros doscientos metros de cota, ya muy cerca del pinar. Desde el refugio se podría seguir por la misma pista y llegar hasta el puerto de la Morcuera, pero nosotros haremos un brusco cambio de rumbo, durante el primer kilómetro a este, hasta llegar a la cuerda, y pasar el límite municipal y su correspondiente valla de espino, por un portón metálico, que nos da acceso al otro lado de la cuerda, y que ya no dejaremos hasta que lleguemos al portachuelo de Canencia. Cuando llegamos a la cumbre del Espartal, un grupito de cinco personas que han subido hasta aquí paralelos a nosotros, por el cortafuegos que hay al otro lado del zarzo de espino, nos cuentan su punto de partida y sus intenciones, algo más modestas que las nuestras. Desde aquí las vistas, cuando las nubes lo permiten, de toda la Cuerda Larga y de los Montes Carpetanos son impresionantes. El manto de nieve ha cubierto con un buen espesor unos cuantos cientos de metros desde las respectivas cuerdas para abajo. Llevamos un buen tramo de cuerda con un buen claro por encima de nosotros, pero nuestra suerte cambia nada más pasar por el Collado de las Fuentes y cuando ya estamos muy cerca del Cerro del Águila. Y es que un viento racheado de componente norte hace acto de presencia, con rachas que nos desestabilizan en nuestra progresión. Al poco tiempo, al viento se le unirá un granizo pequeño, que nos golpeará con fuerza en las pocas zonas de nuestra cara que no nos tapa el cortavientos y la capucha. Nuestra intención es llegar hasta la Cachiporrilla, pero según bajamos desde el Cerro del Águila hacia el portachuelo, las condiciones empeoran aún más, con una visibilidad que se va reduciendo y un viento y granizo que van aumentando en tamaño y velocidad. Así es que, una vez más en lo que va de invierno, nos damos cuenta de que las condiciones no son las mejores para hacer los cinco kilómetros de ida y vuelta que nos restarían hasta dicha cumbre. Hemos hecho cuatro kilómetros de cuerda hasta aquí, y no nos apetece pasar un mal rato, si las condiciones siguen evolucionando como parece ser. Por ello, decidimos bajar desde el portachuelo, cambiando nuevamente el rumbo noreste, que traíamos por la cuerda hasta aquí, para dirigirnos con rumbo noroeste hacia el pueblo de Pinilla del Valle. En cuanto que perdemos unos doscientos metros de cota, la cosa empieza a cambiar, haciéndonos dudar de que hayamos tomado la mejor decisión. Una hora más adelante nos daremos cuenta de que así ha sido, pero antes habremos parado a comer, muy cerca ya del embalse de Pinilla, con un rato de sol que nos acaricia y recupera del frío pasado en el último tramo de cuerda. Nada más cruzar, por segunda vez en lo que va de día, el río Lozoya por el puente que marca la cabecera del embalse, un grupito de personas se hace fotos, mientras el tiempo empieza a cambiar. Primero y una vez más, un granizo pequeño, que cada vez cae con mayor fuerza y que devuelve el protagonismo a un viento que creíamos haber dejado en la cuerda; pero inmediatamente y en pocos minutos el cielo de todo el valle del Lozoya se cubre por completo. La visibilidad se reduce considerablemente y la nieve en estado puro ocupa el lugar de un granizo, que pareciera nos arrojaran a la cara (con muy mala leche, por cierto). El corto tramo, de poco más de dos kilómetros que separa los pueblos de Pinilla y Alameda, es suficiente para cubrirnos de blanco, y empezar a cuajar en el suelo. Ahora, que acabamos de llegar al coche, y que nos estamos cambiando para partir, nos planteamos que la decisión que tomamos un par de horas antes era la correcta. Si las condiciones aquí abajo han empeorado tanto y tan rápidamente, no hace falta echarle mucha imaginación para saber cómo deben estar seiscientos metros más arriba. Cuánta gente, que rápidamente se aburre y deja la montaña, ve las caminatas como algo repetitivo y con pocos alicientes. Por el contrario, a nosotros no nos parece una marcha igual a otra, aunque sea por el mismo sitio. De hecho, una marcha muy parecida a esta, la hice solo cuatro años antes, y el parecido y las vivencias nada tuvieron que ver; pero sobre todo los aprendizajes que se pueden extraer (si uno está abierto a aprender) siempre son enriquecedores y un estímulo más para seguir disfrutando de la naturaleza “en estado puro”. Tal vez por ello, uno de nuestros mejores montañeros Iñaki Ochoa de Olza, triste y prematuramente desaparecido, gritaba cada vez que llega a la cumbre “Pura Vida”, lo que a su vez se convirtió en el título de un bonito documental homenaje que se le hizo, y que nadie debería perderse: “una joya” y una gran persona, además de buen alpinista.
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