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cerca de Cañada de León, Oaxaca (Mexico)

Habían pasado meses desde que nos habíamos perdido en las montañas de los inicio de la Sierra Norte de Oaxaca donde sin el equipo necesario tuvimos que dormir a mitad de la montaña bajo al pie de la peña de San Felipe, desde entonces cada vez que veía la peña desde el andador Macedonio Alcalá, quería nuevamente caminar por los senderos y brechas de la montaña de la Sierra Juárez, aunque esta vez mi hermana Alheli no nos acompañaría, pues el domingo que tenía planeado hacer la caminata ella regresaría al D.F. por cuestiones de trabajo.

Así que la idea era hacer la caminata junto con mi hermano, a quien lo ando adentrando en este mundo de la montaña y contagiarlo para que se atreva a caminar por rutas donde la única meta es el siguiente paso, respirar, sentirse vivo al convivir con la naturaleza misma y si agarra condición quizá a finales de año subirlo a algunos de los picos de México como La Iztaccíhuatl o el Pico de Orizaba.

Tres días antes por el facebook animé a mi hermano para hacer la caminata, así que lancé una publicación en Facebook por si alguien más se animara a hacerla, algunos confirmaron, pero por la premura de la invitación, al final nadie se animó a realizar la caminata, pues ahí indicaba que sería de nivel medio pues la ruta trazada serían no menos de 20km y algunos no se sentían preparados. Así que después de viajar del D.F. a Oaxaca un día antes, todo estaba listo para la aventura.

El plan sería salir a temprana hora de Oaxaca, para estar en la cumbre a las 9.00 a.m. y desde ahí comenzar la caminata de montaña. No tenía previsto que mi hermano llevara a su novia, quien estaba animada después que una semana antes habían hecho una caminata tranquila de 10km por las faldas del cerro de Atzompa. También apuntada estaba mi otra hermana Militza, a quien le dije que no la llevaría, pues aún es menor de edad y no deseaba sentir la molestia de mi Madre, quien no está de acuerdo con cada aventura que llego a tener en la montaña, así que conociéndome no consentía en dejar a Mili y yo tampoco quería llevarla para no contradecir a mi Madre. Pero la juventud rebelde que hace caso omiso de la experiencia de sus mayores, animada por la aventura y de vivir su propia historia, ya tenía la mochila en mano y apurada ayudaba en la preparación de sandwiches que llevaríamos. Yo le decía que no estaba de acuerdo en que fuera, pero si iba yo la cuidaba y estaría al tanto de ella, pero que fuera consciente que no aceptaría ningún reclamo de cansancio, berrinche u otra situación que le incomodara, pues ella iría por propia decisión y estaría consciente de que sería algo complicado de hacer.

A las 8.00 a.m. estábamos en el entronque de la carr. Federal a Tuxtepec, frente al monumento de uno de los mejores gobernantes que ha tenido el país, Benito Juárez García, del otro lado la carretera que conduce al Istmo de Tehuantepec. Ahí esperaríamos hasta las 8.30 a.m. por si alguien se animaba a hacer la caminata con nosotros. Nadie llegó, así que nos enfilamos hacia la cumbre y a las 9.00 a.m. estábamos ahí.

Sin más detención, cruzamos la carretera, nos registramos en la caseta ecoturística de La Cumbre, ahí nos preguntaron si caminaríamos a las antenas, les dijimos que si, pero que el plan sería llegar hasta la comunidad de San Pablo Etla, el ejidatario se sorprendió y nos comentó que no aguantaríamos, pues está muy lejos caminar hasta San Pablo Etla, que nadie ha caminado hasta ahí en lo que lleva de comité ejidatario y si acaso solo van y vienen a las antenas, le comenté que si lo haríamos, pero no sería seguir la terracería si no que iríamos veredeando y por brechas que ya conocía, aún así me dijo que para las antenas no cortaríamos mucho camino, pues hasta las antenas son como 16km por la terracería y veredeando a lo mucho restaríamos apenas 2km.

La mañana comenzaba nublada, la neblina era intensa, el ladrido de los perros nos despedía de las últimas casas de La Cumbre, mientras nos adentrábamos en los primeros Km de terracería hacia las antenas, en el camino algunas camionetas y autos pasaban quienes iban de PicNic a la zona de campamento ubicada a 6 km de La Cumbre.

El paisaje de altos pinos con una neblina que difuminaba el camino, hacía parecer un pasaje de terror y de incógnito futuro, aunque la música que escuchaba en los audífonos distraía la mente y hacía seguir los pasos. Las risas contagiaban al grupo, el cansancio estaba lejos de nosotros y el ímpetu estaba al máximo. Los novios jugueteando, dejando huella de sus promesas de amor en los frondosos magueyales que había a la orilla de carretera, de tamaño que fácilmente doblaban la altura de cada uno de nosotros.

Después de 2.5km relajados subiendo por la terracería, llegamos a una vereda que conduce a los miradores del lugar, desde ahí se contemplaba un mágico paisaje de nubes al pie del horizonte cubriendo los cerros, dibujando camas de algodón. Después de las imperdibles fotos, seguimos por la vereda, la espesa neblina contrastaba con el rojizo camino de hojas caídas, el café de los palos de los árboles y la infinidad de telarañas que se cruzaban en el andar, fue un tramo de 800 metros hasta llegar nuevamente a la terracería donde comienza una brecha de desviación, la terracería continua hasta un campamento ecoturístico a unos 4 km y a unos 14km a las antenas, pero nuestra idea era seguir la brecha para caminar donde menos huellas humanas hubieran y sentir esa sensación pura de la naturaleza.

La mañana comenzaba a despejar el cielo de nubes, los rayos de sol se colaban entre la arboleda y dibujaban haces de luz sobre el lodo del camino, alcanzándose a ver claramente el contraste entre las sombras y los rayos de luz. Eran ya poco más de las diez de la mañana, los novios en su paraíso no sentían ningún apremio por llegar, más que juguetear sus sentidos e insinuarse el sentimiento que los mantiene juntos, aunque yo quería hacerles hincapié que aún faltaba mucho por recorrer, y cada minuto perdido, podríamos necesitarlo por si más tarde nos agarraba la noche en los últimos tramos del recorrido, pero su mente de rosas y caricias hacían caso omiso de mis serias palabras, por lo que a cada rato tenía que esperarlos, aquel caminar parecía más bien un día de campo por el jardín de una casa que una travesía. En su relajado andar, aprovechaba para tomar algunas fotos y hacer ese tipo de foto que me gusta “ser humano-naturaleza”, en lo personal la fotografía de paisajes que hago no me dice mucho si no hay un ser humano en alguna parte del encuadre fotográfico.

Cerca de las 11.30 a.m., estábamos llegando a un arroyo que desciende de la montaña y divide la montaña de la brecha, donde la brecha bordea hacia otro lado, ahí nosotros cruzaríamos el arroyo, sería subir en vertical atravesando aquella parte de la montaña, caminando entre los pinos, en una pendiente bastante pronunciada con 30-40 grados de inclinación, donde había que subir por ratos con manos y pies, la ventaja era que era en un terreno limpio cubierto por el tupido de hojas caídas de los oyameles sin un camino trazado más que la ubicación de seguir en línea recta y topar más arriba con la brecha. La humedad del lugar era muy notable por la descomposición de los árboles y ramas caídas, al igual por la gran cantidad de hongos y musgos que ahí había.

Después de 35 minutos subiendo en vertical atravesando la montaña llegamos a la brecha nuevamente, la neblina aparecía y notaba un paisaje que colaba un áurea de misterio entre los árboles. Siguiendo por la brecha, diez minutos más adelante paramos, la intención era comer algo, aquellos sandwiches que mi Madre había preparado en la mañana sabían a gloria, en la mochila llevaba 3 litros de agua y un refresco de 2 litros de Squirt, por lo que el sabor burbujeante de toronja recompensó aquella intensa subida que habíamos hecho minutos antes. Calculaba un par de horas a buen paso para llegar a las antenas.

Seguimos el andar, ya los novios con un ritmo más comprometido, y mi hermana sin chistar caminaba entre aquella brecha que no notaba huellas humanas desde hace mucho tiempo, solo una brecha trazada para algún motivo que rara vez era andada por fines de diversión. Flores, canto de los pájaros, el viento, los árboles, arroyos, insectos y la vida misma, eran la compañía que nos seguía en cada paso, así seguíamos por un tramo que no requería exigencia física, hasta que 40 minutos después llegamos a un tramo de pendiente, dónde mi hermana pequeña comenzaba ya a sentir los estragos de aquella caminata inusual, si por ella fuera desearía que aquella brecha de tierra y piedras fueran su cama acolchonada, y así lo imaginaba, pues sin decir nada se acostaba boca arriba sin temor a ensuciarse extendiendo sus manos y brazos, signo que notaba cansancio, quizá hartazgo y hasta arrepentimiento por unirse a la caminata, la solapaba y le daba un minuto para que descansara, luego apurándola para seguir pues aún faltaba mucho por caminar. A engaños la iba empujando, diciéndole que pronto aquel tramo de subida sería menor y llegaríamos a un tramo más plano, pero curva tras curva se daba cuenta que no era así y su reclamo no faltaba, pero le recordaba que ella había admitido que no haría berrinches. Así fuimos subiendo hasta rosar ya los 2,900 msnm donde la flora de tal altura era más notable, como las rosas de montaña donde esa belleza y rudeza se mezclan para generar a una flor de encanto y al mismo tiempo de dureza.

La neblina poco dejaba ver, cuando encontramos una brecha que en línea recta conducía hacia las antenas, pero la niebla apenas dejaba mostrarlas y las hacía parecer que estaban muy lejos, Militza y Sofía la novia de mi hermano, al ver tal efecto óptico, se mostraban desanimadas de pensar que aún faltaba mucho, pero en un suspiro la neblina se difuminó y claramente al voltear la antena se mostraba arriba, a vista de buen cubero parecía menos de un kilómetro en línea recta. Les pregunté si querían caminar en línea recta o seguir en caracol para llegar a la antena, emocionadas por la claridad de la distancia de las antenas, dijeron que siguiéramos en línea recta sobre la brecha, así seguimos pero la altura y el ritmo de la caminata a los doscientos metros las hizo desistir, pues la respiración y la exigencia física que implica caminar una pendiente en línea recta a una altura que no están acostumbradas las hizo sentir que no podrían, por lo que tomamos un camino de piedra que sube en caracol hacia la antena.

Mi hermana se notaba que le costaba hacer tal ascenso, poco acostumbrada a tales aventuras y también a tales alturas, que para cualquier montañista no representan mayor reto, pero para una niña en su primera experiencia de montaña si lo era. Iba con ella adelantado algunos pasos, esperándola y animándola a continuar. El andar de un gusano medidor fue buen respiro, entretenido y buena excusa para parar. Militza ya llevaba el suéter amarrado en la cintura, y cualquier árbol era un apoyo para su descanso, faltaban menos de 100 metros para llegar a la antena, por lo que les dije que ya no subiríamos por el camino de piedra y ascenderíamos por la brecha rodeada de rosas de montaña.

Eran ya las 14.38 p.m., desde que encontramos la brecha subiendo en vertical por la montaña habíamos caminado más de dos horas, poco más de las dos y media caminando llegábamos a las antenas, mis compañeros caminantes no perdieron más tiempo y se tendieron en el pasto, habíamos subido más de 14km. Les pregunté si querían subir a la antena, pero nadie dijo Si, decidieron acostarse y tratar de recuperar fuerzas. Sin perder tiempo, dejé mi mochila y comencé a subir los escalones para llegar a la mitad de la antena, 96 escalones de medio metro aproximadamente, cada escalón trepé para llegar a un barandal de la antena, donde se podía divisar el majestuoso horizonte de la Sierra Norte de Oaxaca, estábamos a 3,338 msnm, el segundo punto más alto de toda la sierra Norte de Oaxaca, pues el cerro del zempoaltepetl en la sierra Mixe se ubica a 3,370 msnm, como dato estadístico el punto más alto de Oaxaca es el cerro nube o Quiexhoba en Zapoteco en la Sierra Sur ubicado a 3,780 msnm .

Después de algunas fotos, bajé de la antena, mi hermano y su novia bien dormidos tendidos sobre el pasto, mi hermana Mili hablaba a la casa aprovechando que desde ahí hay señal de celular, comí un sandwich, bebí algo de refresco, les di cinco minutos más de descanso y los apuré para seguir el andar, pues estábamos apenas a menos de la mitad del camino y aún faltaba mucho por recorrer, en el horizonte las nubes se veían amenazadoras y había riesgo de que una tormenta nos agarrara a mitad de la montaña. Más tarde me dijeron que mi hermana habló por teléfono para ver si podían ir por ellos a las antenas, pues ya se sentían agotados para continuar el recorrido.

Les comenté que el recorrido ya sería pura bajada, ya eran más de las tres de la tarde, íbamos muy retrasados para seguir el plan de llegar hasta San Pablo Etla, por lo que les comenté que el plan sería seguir hacia San Felipe o hacia Huayapam, serían otros 14 Km hacia Huayapam o 16 km hacia San Felipe, decidieron seguir hacia San Huayapam.

El descanso parecía que les ayudó mucho, pues iban con mejores ánimos y mejor ritmo de caminata, cada vez que mi hermano paraba a hacer fotos, lo apuraba, pues sabía que tomaba mucho tiempo en hacer sus capturas gráficas y eso nos iba demorando más, aunque era imposible dejar de hacerlo, pues el paisaje de la sierra norte es magistralmente bello y desde sus nubes, sus montañas en el horizonte, hasta los bordes del camino rodeados de flores, árboles y hongos hacía que tal caminata fuera un buen pretexto fotográfico.

Pasamos por diversos cruces de caminos, por las mojoneras de San Felipe y Huayapan, y por el camino que conducía hacia San Felipe, tomando el que nos llevaba a Huayapam, pero aún faltaba mucho por caminar.

Siguiendo el descenso, al ver el mapa en el GPS, veía que había un tramo que seguía la brecha y era de mucha curva, por lo que les comenté que si cortábamos camino, más adelante encontraríamos nuevamente la brecha y eso nos acortaría el camino. Seguimos lo que parecía una vereda que bajaba entre el filo de la montaña, pero las bajadas eran pronunciadas lo que les costaba mucho trabajo a las chicas realizarlo y eso nos iba deteniendo mucho, poco a poco el camino se fue desvaneciendo, caminar por el filo era seguir como una ruta por el lomo de un camello, subiendo y bajando, entre árboles y hierbas, hasta que después de subir unas piedras llegamos a un camino donde pensé que ya no habría forma de bajar, pero al ver que había huellas de vacas, supuse que habría forma de seguir bajando, en el GPS veía que estábamos caminando ya paralelamente a la brecha, pero de un momento a otro la vereda se desdibujo y solo fui siguiendo rastros de lo que hubieran sido pisadas de algún tipo, pero no me daba cuenta que nos íbamos abriendo más y separándonos de la brecha, hasta que después de ver el GPS vi que ya nos habíamos separado mucho hacia el poniente, por lo que les comenté que habría que caminar en línea para tratar de llegar a la brecha, seguí lo que parecía un camino, pero por la palizada que había ahí mostraba que no había sido caminada desde hace ya mucho tiempo, por tramos había que ir a gatas para cruzar ramales y troncos, ya eran poco más de las cinco de la tarde, mi preocupación era que nuevamente se repitiera la situación que había vivido con mi hermana Alheli, que por el lento avance entre los matorrales la noche nos agarrara y ya no pudiéramos continuar, en ese momento sentía un nudo en la garganta y un dolor en el pecho de poner en riesgo a mis compañeros caminantes y por una vez más tomar un camino desconocido a mitad de la montaña, sentía esa responsabilidad que es como una carga muy pesada en el hombro, veía el GPS y sabía que íbamos en camino a la brecha, pero la ruta era muy difícil de seguirla al ser un tramo de muchas ramas, hierbas, troncos, la naturaleza salvaje en todo nuestro alrededor. Notaba ese miedo en la mirada de mis compañeros caminantes, esa sensación de no saber dónde estaban y sentirse perdidos, durante esa parte del recorrido me adelanta para tratar de encontrar lo que fuera transitable y decirles por donde seguir, yendo y viniendo para encontrar lo más fácil para caminar, mientras Rubiel iba en la retaguardia apoyando a mi hermana y a su novia para ir pasando aquellos tramos difíciles de montaña. Después de casi una hora caminando en lo que parecía la nada, del otro lado de la montaña pude ver lo que ya era la brecha, aunque no era fácil llegar ahí, habría que bajar 30 metros hacia un arroyo y luego subir esos 30 metros para llegar a la brecha, aunque la caída de aquella unión de montañas era muy pronunciada, temía que no pudiéramos hacerlo, por lo que bajamos en diagonal para hacer más fácil la bajada hasta cruzar el arroyo.

Al ver el cauce del arroyo pude ver que adelante había una caída de agua, que estaba seguro formaba una cascada en medio de una intransitable ruta de montaña, emocionado les comenté a mis acompañantes que ahí había una cascada y que siguiéramos el cauce del río para poder admirarla, la pequeña Militza no quiso hacerlos y nos espero, caminamos unos 20 metros por el borde del arroyo hasta poder encontrar aquella bella caída de agua que seguía los caprichos de la montaña y su andar se perdía en aquella pequeña peña producto de la unión de las montañas, era un momento mágico que decía que había valido la pena tal travesía y osadía de seguir caminos no andados.

Pero faltaba subir, y aquel tramo de 30 metros no serían nada fáciles, había que escalar con pies y manos entre hierbas, piedras y tierra húmeda, pero lo resbaloso de aquella pared de tierra hacía difícil el ascenso, sumándole que estaba repleta de chichicasle una hierba con pequeñas espinas que serían el último reto a vencer, después de unos minutos escalando llegaba a la brecha, desde ahí les gritaba dándoles ánimos, para que se aplicaran en esos últimos metros de la salvaje naturaleza. Mi hermana Militza fue la siguiente en salir, seguida de Sofía y por último de Rubiel. Veía lágrimas en el rostro de Militza, quien me recriminaba por hacerla pasar por esa parte complicada de la montaña y aludía sus lágrimas al picor del chichicasle, pero mi experiencia me decía que sus lágrimas no eran por eso, si no por ese sentimiento que todo montañista alguna vez hemos tenido después de un momento de pánico, de esos momentos donde sientes que todo está perdido y que esperarías un rescate milagroso, solo que en este caso fue ella misma quien salió de tan complicado momento y las lágrimas de sus ojos notaban ese sentimiento encontrado. Sofía también manifestaba tal emoción, aunque de manera diferente, sus lágrimas tenían una risa de confusión y no sabía si reír o llorar, pero su fuerza hizo que aquel momento lo convirtiera en risas de nerviosismo. Para ser honesto, he de admirarla fuerza psicológica y física con la que estas chicas enfrentaron esta parte del recorrido, pues on era nada fácil, ni siquiera lo seŕia para un experimentado montañista.

Estábamos ya en la brecha y ahora solo era seguir ese camino amplio y trazado hasta llegar a Huayapam, ya no importaba si la noche nos agarrara, pues la noche siguiendo en una brecha no presentaba mayor complicación sumándole que llevaba lámparas en la mochila.

Pero aún faltaba mucho para llegar a Huayapam, eran ya las seis de la tarde y aún faltaban más de 6 kilómetros por caminar. Por si fuera poco, por la extrema ruta y la bajada pronunciada de la ruta de descenso que íbamos haciendo, Sofía comenzaba a presentar dolores en su rodilla, y no era para menos, aquella bajada era intensa pues desde los 3,300 msnm teníamos que bajar hasta los 1,650 msnm, un desnivel bastante marcado. Tenía lonol en la mochila y Rubiel lo untó en la rodilla de su novia, pero no era suficiente, ni siquiera el uso del bastón parecía ayudarle y el andar se volvía muy lento. Aunque la vista desde aquella bajada hacia Huayapam hacía que valiera la pena el lento andar, pues desde ahí se divisaba el bello valle de Huaxyacac, donde se difuminaba la creciente ciudad colonial de Oaxaca mostrando un horizonte que seguro se vieron en los tiempos del rey zapoteca Cosijoeza.

Por tramos Sofía ya no podía más, con mi hermano la cargábamos por tramos, él tomándola de las piernas y yo de los brazos, en un tramo la cargue sobre mi espalda como quinientos metros de bajada, lo hice casi corriendo, un año antes no lo hubiera hecho por la lesión en mi espalda y ahora no sentía dolor ni en las rodillas. A lo lejos ya veíamos el pueblo de Huayapam, eso notaba mejoría en los ánimos de Militza, Sofía y Rubiel, pues ya las presas de Huayapam parecían verse muy cerca, aunque el horizonte de la tarde comenzaba a caerse y la noche comenzaba a ganar terreno. Aquella noche era especial, era una de esas pocas noches de lunas de sangre y en el horizonte la luna roja comenzaba a notarse sobre Monte Albán.

Mi hermano quien una hora antes había llamado a mi Padre para que fuera a recogernos a Huayapam, nuevamente le volvía a llamar, para ver si ya estaba en Huayapam y ver si era posible que subiera con el carro por la brecha para alcanzarnos y poder llevar a Sofía quien venía ya a paso muy lento, mi papá dijo que lo intentaría. Minutos después vimos que un carro subía, pero después le perdimos la pista, los ladridos de los perros nos anunciaban que ya estábamos en las orillas del pueblo, pasábamos a un costado de las presas y ya se escuchaba la algarabía del pueblo, las luces de las lámparas contrastaban con las sombras de los caminantes.

Los pasos siguieron sin parar hasta que cerca de las 8.20 p.m. estábamos ya en San Andrés Huayapam, las luces de un carro se aproximaban a nosotros, pesamos que era una camioneta, pero no, era mi Padre que ya venía por nosotros y ahí sin pensarlo más nos quitamos las mochilas y nos trepamos al carro, estábamos a salvo después de una travesía de más de 26 km por la montaña de la Sierra Juárez, una aventura que seguro Sofía, Rubiel y Militza nunca olvidarán, pues nunca se había enfrentado a un reto de montaña tan emocionante, que espero el gusto no se les haya ido después de tal extenuante caminar.

Pasamos por las calles del pueblo de San Andrés y nos enfilábamos ya hacia la Ciudad de Oaxaca, el hambre se hacía notar y en la casa ya nos esperaba un rico caldo de pollo con ese sabor único del sazón de mi Madre.

Admiro como mi hermana logró hacer esa ruta, una ruta nada fácil de más de 26 km sin experiencia previa, pasando por tramos agrestes. También la fuerza de Sofía que nunca se dio por vencida ni mostró rastros de desesperación como si lo he visto en caminantes experimentados al momento de sentirse perdidos. Caray, siempre lo he dicho que no hay músculo más fuerte que el corazón, ese músculo que trae una tracción que jala cualquier deseo para lograrse y que nunca permite rendirte a mitad del camino. Sin duda Brenda, Sofía y Rubiel tienen un corazón 4x4.

1 comentario

  • pacheco john 21-abr-2017

    Muy buena redacción y wow un aplauso para las chicas, Una historia increíble. Por si hay otra excursión me apunto si no te importa. Instagram pacheco john :) buenos días en las próximas caminatas.

Si quieres, puedes o esta ruta