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cerca de Asón, Cantabria (España)

Lo primero que debo decir es que la ruta esta perfectamente señalizada, incluso en aquellos puntos donde el bosque es más cerrado y pudiera ser más sencillo perderse encontramos señales con muy pocos metros de diferencia, viendo la siguiente desde la anterior para que así no haya lugar a dudas. Chapeau por quien se ha encargado de ello. Hemos de seguir siempre el sendero PR S – 14 y las marcas blancas y amarillas.

Comenzamos tras el barrio de San Antonio, con sus características viviendas y la ermita. Poco después de las casas debemos cruzar el río por un puente, un puente que tiene unas vayas para impedir el paso del ganado y que es imprescindible dejar cerradas.

Caminamos por una senda que nos lleva entre cabañas de pastoreo, tan típicas de esta zona y pastizales. Si levantamos la cabeza apreciaremos el modelado Kárstico tan singular de este Parque Natural. Este proceso es debido a la acción del agua en las rocas durante miles de años.

Sin embargo, como habíamos comentado, la acción más espectacular de este complejo kárstico no es tan fácil de apreciar. Esa serie de cavidades subterráneas y simas en proceso de exploración tiene aquí sus entradas más conocidas.
Nos introducimos en una zona boscosa más cerrada donde predominan las hayas, aunque podemos ver abedules, encinas y alguna que otra especie más.

Después de unos minutos alejados del río nos volvemos a situar a su lado para que nos acompañe hasta el punto álgido de nuestra ruta, la Cascada.

Llegamos a una señal que nos indica el camino a seguir en dirección a la cascada y la senda comienza a empinarse, es el tramo más duro pero se hace bien. Ascendemos entre rocas y árboles que hacen más amena la subida, teniendo que cruzar el río en alguna ocasión con la única ayuda de las piedras que resisten su corriente. Además el ruido del agua al chocar contra en suelo en su salto suicida ya se deja notar, lo que acrecienta nuestras ansias de llegar y no detenernos.

Merece la pena; Una vez que llegamos el premio es mayúsculo. El agua cayendo virulentamente, salvando el desnivel que existe, una prueba más que la naturaleza le impone en su camino al Mar Cantábrico. Al pie de la imponente Cola de Caballo de aproximadamente 70 metros, conocida también como Cailagua, la sensación es indescriptible. El agua cae libre, acariciando la inmensa pared que la protege y mojándonos a quienes osamos ponernos a sus píes.

Para volver damos la vuelta y regresamos por donde hemos venido.

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