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cerca de San Miguel de Valero, Castilla y León (España)

Hemos llegado hasta aquí por el antiguo camino a Navarredonda y Tamames. Camino, por el que, en un viaje en el tiempo, bien pudiéramos ver la caza del oso por los antiguos hombres del Paleolítico; o las patrullas romanas escoltando los carros cargados del oro desde Las Cavenes; o los soldados de Don Rodrigo, defendiendo el último reducto visigodo de la Península; o los mulos cargados de cal morena que, provenientes de La Calería, buscaban el puente de Rando camino de Béjar; o los soldados heridos de la batalla de Tamames entre las tropas francesas y el ejército anglo-hispano….o los cabreros o los mieleros….Un camino de historia, de mitos y leyendas, jalonado por un espíritu y una naturaleza aún viva.
Un camino con restricciones de acceso en épocas de nidificación (de febrero a agosto), de la cigüeña negra y del buitre negro, aves que, en grave peligro de extinción, son la insignia de este territorio. La existencia de estas y otras especies ha supuesto la declaración de este territorio como “ZEPA” Zona de Especial Protección para las Aves; “LIC” Lugar de Interés Comunitario y “ENP” Espacio Natural Protegido.
Un Territorio con riscos, cortadas, barrancos y canchales, sobre los que crece una vegetación de carácter mediterráneo. Un paisaje para las plantas aromáticas, la jara, la encina y el brezo, ocupado antaño por ciervos, gamos, cabra montés, lobos y osos, según atestiguan las relaciones topográficas, en tiempos de Felipe II.
Hoy todavía podemos ver algún gamo o jabalí y el buitre nos vigilará desde lo alto. La abundancia de conejos y perdices nos indica la posible existencia del lince ibérico. Sus ríos y arroyos ofrecen a la dieta de la cigüeña negra y la garza gris, sabrosas truchas y barbos, además de cangrejos y otros crustáceos.
Según los historiadores, se ha encontrado uno de los restos de asentamientos humanos más antiguos de toda la comarca. Del Paleolítico Medio y una antigüedad de 5.000 años, varios grupos humanos habitaban estas montañas, protegidos del clima y de otros grupos humanos, gracias al escarpado terreno.
Estos grupos encontraron aquí la ubicación perfecta para sus formas de vida, basadas en la caza y la pesca, actividades que acompañaban con el pastoreo de animales. Pero también controlaban los pasos y veredas entre la meseta norte y sur, dominando los grupos que remontaban los cursos de los ríos Alagón y Quilamas, beneficiándose del comercio y el trueque, como atestiguan las cerámicas encontradas entre los restos de estos antiguos asentamientos.
Desde aquí podremos divisar el Pico Cervero, el Castillo, Las Palomas, el Valle de Quilamas, la Sierra de Béjar y la Sierra de Gredos. Allí en Castildecabras respiraremos profundo, inundados con una inmensa sensación de plenitud y de la magia de este lugar; final de un camino iniciático que nos ha llevado a la muerte; entendida como el despojo de lo material, de lo que no importa. Allí sólo importa la esencia, que bien merece nuestra admiración y respeto.

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