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cerca de Laredo, Cantabria (España)

El itinerario nos llevará hasta un paraje declarado Bien de Interés Cultural (BIC). La ruta da comienzo al final de la calle Menéndez Pelayo, dirección al túnel, a mano derecha, en un singular callejón. Adentrándonos en éste nos encontramos unas estrechas y empinadas escaleras que nos invitan a subir y que nos dirigirán a la calle “El Merenillo”. Esta peculiar calle, durante siglos fue el acceso habitual por el que los pescadores de la villa llegaban al puerto, situado por aquel entonces en la actual calle Menéndez Pelayo. En ella, nos percatamos del original pavimento con que cuenta en su primer tramo, cantos de la cercana playa rocosa de la Soledad, más conocida como “El Túnel”.

Después de un corto tramo, llegamos a una desviación a la izquierda señalizada, que constituye una de las fachadas de la denominada “Casa del Merino”, cuyo origen se sitúa en el siglo XVI. El nombre de la casa hace clara alusión a la residencia de este cargo municipal, vigente durante la Edad Media. Ascendemos por un estrecho y corto tramo que desemboca en las antiguas murallas (s. XIII) que durante el Medievo y la Edad Moderna defendieron a la villa. A la derecha el “Arco de San Marcial”, que, en aquella época, constituía una de las puertas de entrada a Laredo. Bordeando la muralla, comenzamos la ascensión hasta el entorno de La Atalaya.
Al final de las escaleras, la parada es obligada en la pequeña explanada que encontramos a pocos metros a la derecha. En este mirador natural contemplamos el paisaje costero, en el que se funde el azul del mar con el verde intenso de los prados, y que presenta una singular variedad de formas. Los escarpados acantilados de La Atalaya, El Secar y El Aila, suponen un brusco final a los ondulantes prados que, desde Valverde y Las Cárcobas, descienden en suave pendiente hacia el mar. Situados al borde de los acantilados de La Atalaya, de acusado relieve, y cuyo origen se encuentra en la acción conjunta del mar y el viento sobre las rocas de carácter volcánico, ofitas de gran dureza, observamos que la vegetación crece con profusión y que además de un tapiz de plantas herbáceas, estos empinados taludes aparecen poblados con arbustos como laureles, saúcos, sauces y encinas. También la genista abunda en los cantiles, siendo más llamativa su presencia en primavera cuando se llena de amarillas flores que imprimen un contrapunto colorista a los habituales tonos ocres y verdes.

Las repisas y prominencias rocosas que jalonan este abrupto relieve son aprovechadas por cernícalos, gaviotas y cormorantes que las utilizan como lugares de descanso y nidificación. Al pie de estos acantilados se extiende la playa de La Soledad, singular cala rocosa donde se hacen evidentes los restos del antiguo puerto (siglo XIX), de su mismo nombre, al cual se accedía cruzando el túnel situado al final de la calle Menéndez Pelayo. Sin cambiar de ubicación y con sólo girar la vista hacia el sur, se puede disfrutar de un paisaje predominantemente rural, aunque salpicado de elementos urbanos.
Desde los montes de Valverde, la Sierra de la Vida, el barrio de Las Cárcobas, el Pico del Hacha y el Barrio de Villante descienden aterciopeladas praderas salpicadas por bosquetes de árboles caducifolios y encinares entre los que aparecen dispersas algunas viviendas, más abundantes a medida que se desciende por la ladera. Estos montes constituyeron una barrera natural que rodea la villa pejina, en cuyo casco antiguo resaltan la majestuosidad de la iglesia y convento de San Francisco (siglos XVI y XVII) y la iglesia de Santa Maria de la Asunción (siglo XIII). Menos prominente, aunque también notable, podemos ver a nuestra izquierda la ermita de San Martín, cuya cronología se sitúa entre los siglos XIII y XV. En ella, destaca ante nuestra mirada su singular espadaña, la cual, con siete vanos, todos ellos diferentes, es la más monumental de esta época en Cantabria.
Retrocedemos el camino hacia el final de las escaleras, y subimos hacia el interior de La Atalaya, singular promontorio sobre el mar que alberga tres miradores naturales y un conjunto arquitectónico de defensa militar, fortificado con baterías y pabellones de acuertelamiento que aún hoy se pueden contemplar, construidos con el objeto de impedir la entrada de embarcaciones enemigas a la bahía (mediante fuego cruzado con las baterías de Santoña) y, proteger la villa de Laredo, dada su importancia política, social y económica basada en la pesca y el comercio, con la fachada atlántica europea, en el s. XVI. En sus inicios esta fortificación de pequeñas dimensiones se denominó Fuerte de La Rochela (1.582), ampliándose posteriormente sus instalaciones defensivas y pasando a denominarse Fuerte del Rastrillar o de los Franceses.
Una vez traspasada la gran cancela de forja, que da acceso al Parque Brigadier Diego del Barco, nos encontramos un panel que nos sitúa en el contexto del fuerte. Desviándonos a la izquierda, encontramos el “Mirador de la Caracola”, constituye un espléndido observatorio desde el que se domina toda la playa La Salvé, buena parte del casco urbano de Laredo, las montañas que lo circundan, la desembocadura del río Asón y una amplia porción de la bahía pejina en la cual se adentra el espigón del puerto pesquero, y las obras del nuevo puerto pesquero – deportivo.
Dejando atrás el mirador, seguimos el sendero marcado a partir de este punto sin abandonarle, dada la peligrosidad de los cantiles que bordean este entorno, y nos adentramos en el fuerte. Siguiendo el camino, rebasamos las primeras construcciones restauradas: Cuartel del Rastrillar; Pabellón del Comandante Militar; Pabellón del Jefe de Destacamento; y el Cuerpo de Guardia de los Oficiales. A medida que avanzamos por este tramo, en el que la visión sobre la bahía se hace cada vez más amplia, probablemente podremos disfrutar del sereno majestuoso vuelo de las gaviotas patiamarillas.
Unas decenas de metros más adelante nos encontramos, con el “Mirador Rosa de los Vientos”. Un balcón al mar cantábrico, desde donde observar los acantilados de El Secar, Irío y Valverde, que se desploman verticales desde los prados, y que dejan al descubierto, durante las grandes bajamares, pequeñas calas de difícil acceso como la del Aila. Al fondo, destaca por su altura y peculiar geología caliza, el Monte Candina, y en días despejados se puede llegar a ver la el Cabo Cebollero, conocido como “la ballena”, por su silueta semejante a la de este cetáceo.

Volvemos al camino de lajas que nos llevará hasta los restos de dos de las baterías de costa con que contaba este importante enclave militar. En primer lugar encontramos, en una desviación a la izquierda del camino, la entrada de la Batería de Santo Tomás, cuyo emplazamiento sobre un terreno excavado de unos 56 metros, queda patente en sus muros, que no sobresalen del perfil original del terreno, que se repartía entre el repuesto de pólvora al fondo y el cuerpo de guardia. Contaba con 9 cañones, y aunque estaba enlosada no tenía cubierto para las cureñas.

Retrocedemos al acceso de la batería, y retomamos el camino principal siguiendo la ruta hacia la Batería de San Carlos. A medida que avanzamos por el camino pasaremos junto a las ruinas de otras construcciones de este valioso conjunto histórico, aún sin rehabilitar. Alcanzaremos el extremo norte de La Atalaya, a la izquierda de la senda el “Mirador del Pozo”, donde es posible observar el trasiego de los cormoranes que, volando a ras de agua, se dirigen hacia su posadero favorito en la Peña del Buey, majestuosa roca que emerge junto a la Atalaya en su punto más septentrional. Al frente, la Batería de San Carlos, antes conocida como de San Gil, compuesta por: una explanada de losas para albergar 6 cañones; un edificio para la guardia y almacén de pertrechos (mirador); y, como novedad, un repuesto para la pólvora de unos 13 m cuadrados (a mano izquierda), separado de la estructura anterior, perfectamente camuflado en el terreno y estratégicamente situado para protegerse de fuego enemigo. Junto al muro de la batería, desciende encajada entre las paredes de sillería, una estrecha y empinada escalera de piedra, que va a dar al mismo borde del acantilado, cuyo acceso está prohibido.
Reposando de nuestro itinerario en el Mirador del Pozo, deberemos volver sobre nuestros pasos hasta el “Mirador Rosa de los Vientos”, punto en el cual decidir una de las dos opciones que les proponemos para llegar a la entrada del Rastrillar: regresar por la misma ruta o ascender por la senda de tierra que parte desde este mirador y que atravesará un campo de vistosas flores, como las olorosas clavelinas, las coloristas vibóreas o las grandes margaritas, además de descubrir mas restos de la fortificación.
Una vez recorrido el Fuerte, tan sólo queda descender por el mismo camino que llegamos a él, que nos llevará a la Puebla Vieja (Conjunto Histórico Artístico, 1970). Les recomendamos que aprovechando el descanso de bajada, contemplen la excepcional panorámica general de la villa pejina a medida que nos acercamos a ella.

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