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cerca de La Pesquera, Cantabria (España)

Un elemento característico del paisaje de la pejina playa Salvé es la presencia, a poco mas de un kilómetro de su comienzo en el puerto pesquero, de un arroyo que perpendicularmente la cruza hasta encontrar el mar. Este curso de agua dulce, de especial relevancia en los meses de invierno, constituye la desembocadura del río Mantilla, probablemente el más popular de los arroyos laredanos. Sus aguas circulan por un estrecho cauce que permanece soterrado bajo la contigua Plaza de Carlos V y vuelve a emerger en la confluencia de ésta con la calle Padre Ignacio Ellacuría. Aquí se encuentra la primera señal de dirección del itinerario, mientras que al otro lado de la carretera, en el césped, está ubicado el cartel general que describe la ruta.
La citada señal nos dirige por un camino de tierra paralelo al río que, siguiéndolo en sentido contrario a la corriente, nos guiará en el primer tramo de nuestro recorrido. Así seguiremos hasta llegar a un pequeño puente de piedra que cruza el arroyo. A partir de aquí el sendero se hace sensiblemente más estrecho. Nuestra proximidad al agua nos permite observar con detalle cómo el río ha perdido parte de su naturalidad al ser encauzado. De todas formas, ello no ha sido obstáculo para que en esta agua, poco profunda y de escasa corriente, se desarrollen plantas acuáticas como iris, espadañas y lentejas de agua. También podemos encontrar diversos animales, entre ellos peces como la anguila. Algunas especies, incluso, llegan a criar, tal es el caso de aves como gallinas y de diversos anfibios entre los que encontramos tritones, ranas y sapos. Sin embargo, quizás el animal más frecuentemente en esta agua sea una especie introducida, el cangrejo americano. Este crustáceo dotado de una gran capacidad de adaptación ha colonizado el cauce llegando a ser tan abundante que su presencia se hace evidente con sólo observar cualquier tramo del río.

La estrechez del sendero se mantiene hasta que, unos metros más adelante, pasando un moderno puentecito de hormigón, encontramos, a la sombra del gran eucalipto que allí crece, un cruce de caminos donde el trazado se hace mas ancho. Aquí se sitúa la segunda señal indicadora de dirección de la ruta, la cual nos dirigirá hacia la izquierda. Desde aquí el recorrido se separa unos metros del cauce, aunque el camino por el que discurre, dada la cercanía del agua y la elevada humedad del terreno, está rodeado por la típica vegetación de ribera que forma un característico bosquecillo de galería a nuestro paso. Alisos, sauces blancos y cenicientos, chopos, laureles y cornejos se acompañan de plátanos, aligustres y enredaderas, dando un fresco aspecto silvestre a este tramo de la ruta.
De esta manera llegamos al barrio de Las Casillas, cuya señal nos indica que hemos de tomar hacia la derecha el camino asfaltado que nos encontraremos para dirigirnos a La Pesquera. Pasando entre pequeños huertos familiares, el camino nos lleva a la carretera general, que cruzaremos por el paso cebra situado junto al semáforo cercano. Desde aquí, lugar que podemos considerar como centro neurálgico del barrio de La Pesquera, andaremos unos metros hasta llegar a la siguiente señal de la ruta. Ésta nos dirigirá por la derecha a través de una carretera asfaltada que, tras cruzar bajo la autovía por un túnel, llega al comienzo de la cuesta por la que se sube a Villante. Aquí encontraremos una nueva señal que nos indica el camino por el que hemos de iniciar la ascensión.

Los siguientes metros son los más duros del trayecto. A pesar de que seguimos por un buen firme asfaltado, la inclinación de la subida, sobre todo en su primera parte, es muy acusada. No obstante, el agreste entorno por el que pasamos, donde los predominantes eucaliptos han dejado crecer a su alrededor una abundante vegetación espontánea, herbácea y arbustiva, nos proporciona la relajante sensación de encontrarnos en plena naturaleza. Esta sensación, unida a la brevedad del tramo con fuerte desnivel, nos ayuda a remontar la cuesta sin ningún problema. Poco después de atravesar el eucaliptal, la pendiente se suaviza mucho y el resto de la ascensión a Villante transcurre entre prados o junto a otras repoblaciones de eucaliptos que bordean la carretera por la que transitamos.

Tras encontrar una nueva señal, y casi al llegar al final de la subida y mirando a la derecha, podemos ver, a cierta distancia, las ruinas del Convento de San Sebastián de Barrieta. Este antiguo edificio fue fundado por la orden franciscana en la primera mitad del siglo XV, aunque posiblemente hubo en este lugar un eremitorio anterior. Su lamentable estado de conservación, así como su ubicación en una propiedad privada, desaconsejan una visita más de cerca de estas históricas ruinas.

Aquí permanecieron los franciscanos durante casi un siglo y medio, antes de trasladarse a la calle de Los Cordoneros (actual calle de San Francisco), donde establecieron la iglesia y convento que, con este mismo nombre, ha llegado a nuestros días y cuya visita sí que es recomendable.

Al terminar la cuesta ya estamos en pleno barrio de Villante donde, evitando los árboles inmediatos al camino, la altura nos ofrece unas estupendas vistas de la villa pejina y sus alrededores. La señal que nos encontramos, además de ubicarnos en Villante, nos dirige a la izquierda encaminándonos ya hacia el Pico del Hacha. En esta dirección, todavía quedan unas decenas de metros más de asfalto que, en una ligera pendiente descendente entre setos y frutales, conectan, a la altura de una tradicional explotación agroganadera familiar, con un comino de tierra desde el que se divisa una despejada panorámica. Poco más adelante, este camino se sume bajo una densa cúpula de vegetación que nos conduce hasta las inmediaciones del cruce hacia La Baja. Aquí, podemos abandonar por unos momentos el camino principal del itinerario para dirigirnos, tomando la desviación de la derecha, a la que probablemente sea la mejor mancha de bosque mixto atlántico que se conserva en Laredo. Para llegar a ella hemos de recorrer un estrecho sendero descendente en el cual otro tipo de vegetación, la perennifolia del encinar cantábrico, se desarrolla a sus anchas. De esta manera, interesantes ejemplares de encina, aladierno, aligustre, laurel, labiérnago, rusco y madroño, dejarán paso a magníficos robles, acompañados de castaños, fresnos y avellanos que, en un entorno de vegetación exuberante, parecen trasladarnos a otros tiempos en los que la naturaleza virgen constituía el entorno vital de los humanos. Así llegamos al cartel de situación de La Baja, que nos indica que hemos de retornar al sendero principal para continuar el itinerario hacia el Pico del Hacha.
Por el camino pueden sorprendernos los gritos del ratonero común, la más abundante de nuestras rapaces, que frecuentemente sobrevuela estos prados y bosquetes alejados del entorno urbano. En esta área comparte territorio con el milano negro, otra rapaz cuya presencia, durante los meses de verano, es también habitual.

Al llegar a otra señal, comenzamos la corta ascensión hacia el Pico del Hacha, en la que tenemos la posibilidad de tomar un desvío a la derecha por donde llegaremos al cartel que, en plena falda del Pico, nos ubica en el punto desde el que podemos disfrutar de la más amplia panorámica de todo el recorrido. Volviendo hacia atrás podemos continuar la ascensión hasta la cumbre del Pico del Hacha por el sur, cuya coronación a unos 170 metros de altitud, supone el final del trayecto. Aquí es recomendable un pequeño descanso que nos permita, además de admirar el paisaje, reponer fuerzas para emprender el regreso a Laredo. En la vuelta, que será por el mismo camino, junto a la comodidad del descenso, nos acompañará la satisfacción de haber llegado a la cima de uno de los montes más emblemáticos de la villa pejina.

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