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cerca de Taracena, Castilla-La Mancha (España)

Cualquiera que viaje por la A-2 podrá reparar, nada más pasar la ciudad de Guadalajara, en dos moles que flanquean la autovía y que, a modo de Columnas de Hércules de secano, marcan la frontera entre la zona humanizada e industrializada por la que discurre el trayecto desde que salimos de Madrid ("Corredor del Henares" es su definición moderna), y las soledades de la Iberia Interior que se extienden a partir de ese punto. De allí en adelante la autovía remonta el vallejo del Arroyo de la Vega y se encarama en el altiplano alcarreño, para adentrarse en la meseta silenciosa, sin encontrarse con asentamientos humanos de mediana entidad hasta llegar, muchos kilómetros más adelante, a la ciudad de Zaragoza.

Las dos moles en cuestión no son dos montañas como podría pensarse sino, como es costumbre de la zona, sendos escarpes o espolones de las laderas empinadas de la Alcarria, de manera que la parte de arriba es llana y bien llana. Sin embargo dan el pego, alzándose unos 200 metros por encima de la carretera. Sus nombres van en consonancia con su aspecto y son, a izquierdas de la carretera, Carravieja o Pico del Águila, y a derechas, la Peña Hueva, con lo cual es fácil imaginarse la forma que tiene. A ésta última nos dirigimos (hay que decir que la otra es bastante más dificultosa) dando un relajado paseo que se puede hacer en hora y pico entre subir y bajar, algo más si decidimos comernos el bocata arriba mientras disfrutamos de las vistas. Pues si de algo va bien servida la Alcarria, es de vistas.

Ni siquiera el comienzo tiene dificultad. Tomamos la salida 61 de la A-2, allá donde ésta empalma con la carretera de Jadraque, nada más pasar la gasolinera y el restaurante Las Galeras. En la rotonda tomamos el camino que sale a la derecha (vía de servicio) y allí mismo dejamos el coche. Echamos a andar y a los pocos cientos de metros encontraremos, a modo de rústica área recreativa, unas mesitas para la merienda y una caseta de forestales. Seguimos la pista, ancha y sin posibilidad de pérdida, que culebrea por la ladera a través de un frondoso bosque de pinos de repoblación, con mejor aspecto que la mayoría de bosques de pinos de repoblación que he conocido. A la fecha de la excursión (octubre de 2013), se encuentra perfectamente desbrozado y limpio. El hecho de que la ladera esté aterrazada para el asiento de los pinos nos permite múltiples alternativas, en función de nuestro estado de forma y de la meteorología, para cortar el zig-zag de la pista, tal es el caso de la más directa, que se indica con el waypoint A. Sin embargo dicho atajo es totalmente desaconsejable con terreno húmedo o con niños ya que ataca la cima de la forma más directa y por una arista peligrosa, por lo tanto y para curarnos en salud seguimos por la pista hasta el punto B en que una senda bien marcada hace un pequeño recorte y, tocando nuevamente la pista, vuelve a separarse de ella subiendo hasta el espolón de la Peña Hueva. Poco antes de llegar a ella, en el punto C, encontraremos el empalme con la alternativa "peligrosa" que se planteaba en el punto A y que vuelvo a desaconsejar tanto para la subida como para la bajada, un resbalón nos puede costar bien caro.

Se ha dicho y es verdad, que la Alcarria es un raro ejemplo de paisaje no montañoso que depara al caminante vistas espectaculares, por la alternancia de relieves tabulares que en ella hay, y aquí arriba tenemos un buen ejemplo de ello. Lástima que el día no acompañara, porque desde este mirador, como desde otros de la zona, tenemos a golpe de vista el valle del Henares, las montañas del Sistema Central y, al final del mosaico de cereales y tras las naves de los polígonos industriales, la silueta (hoy día inconfundible) de Madrid.

Se vuelve por el mismo sitio.

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